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De clásicos y estrenos

—Me divierte mucho ir, de vez en cuando, al cinefórum que organiza el Aula de Cinema de la Universitat de València cada semana en el Palau de Cerveró y en el Rector Peset.

—A mí es que ver cine en grupo no me va… Prefiero hacerlo cómodamente en casa, con mi mantita y mi sofá.

—¡Dios, “mantita y sofá”! No digas eso, por favor, que se ha convertido en un leitmotiv de la tontería reinante.

—Quiero decir que, como ante tu tele e instalado en tu salón, como en ningún sitio.

—Pues no estoy de acuerdo. Lo del cinefórum es muy entretenido. No tiene nada que ver con el canje comercial de ir a un multicine a ver el último estreno hiperpromocionado. Esto es como una gran familia (algo friki, si quieres) que tiene interés en disfrutar de buenas películas, la mayoría de las veces rescatas del olvido. Yo, que no soy especialmente cinéfila, aprendo un montón. Con la selección de títulos que realizan los organizadores de los ciclos y con los comentarios posteriores de la gente, que siempre enriquecen mi interpretación del film.

—Pero ahí habrá mucha impostura, ¿no? Como entre los que van a oír jazz, venga a mover la cabeza y a cerrar los ojos como si entraran en trance…

—¡Ah, no! Los del jazz están en otra división, merecerían un diálogo aparte. Estos del cine son más normalitos, al menos a priori.

—Alguna rara avis habrá…

—Bueno, la verdad es que suele asistir mucho un viejo crítico de cine que siempre sabe más que el resto de los asistentes. Invariablemente y tras cada visionado, nos administra su lección de sapiencia de la historia del cine, de su recepción y de su anecdotario, mientras algunas chicas jóvenes, estudiantes de Comunicación Audiovisual imagino, resoplan de forma discreta, o no tanto…

—Claro, el hombre os largará sus batallitas cinéfilas y rememorará las críticas que publicó en los años 70. Como si lo estuviera escuchando…

—La verdad es que el tío domina un montón el tema, eso resulta innegable. Pero las chicas no lo aguantan. Se miran entre sí con gesto irado y murmuran: “Ya está otra vez con sus rollos… Madre mía, qué ego… Es insoportable… Como si solo él supiera de cine… Si se calla, podremos hablar los demás”. Y percibo que hay algo de pique generacional: la orgullosa reivindicación de sí mismo que hace el jubilado experto frente a la displicencia con que reciben sus palabras los críticos en ciernes. No sé si me explico.

—Sí, te entiendo, porque he podido comprobar que a muchos viejos culturetas les encanta restregar por la cara a los jóvenes que ellos ya lo hicieron todo hace treinta años y que nihil novi sub sole.

—Lo ideal sería que los viejos sabios aportaran sin aleccionar y que los jóvenes asumieran ese legado para ir más allá. Pero, bueno, me parece que este pique generacional es connatural a la historia de la humanidad. En cualquier caso, me parece ridícula la actual conversión de lo joven en un valor per se

—Bueno, así es como nos lo quieren vender. Pero en el fondo, nada. Fíjate: mucho botellín de cerveza arriba y abajo con Alberto Garzón, pero lo que hizo llorar como un crío a Pablo Iglesias fue la visita del abuelo Julio Anguita…

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Gulags

—Me preocupa. Me preocupa mucho que los alumnos de último curso de carrera, de cualquier carrera, no sepan qué es un gulag. Porque allí se encerró tanto a poetas como a ingenieros.

—Es preocupante, sí. ¿Lo has podido comprobar?

—Así es. Y eso quiere decir muchas cosas. La primera es que han podido llegar hasta ese último curso sin saberlo. La segunda es que el título que van a obtener encubre serias taras. La tercera es un tanto shakesperiana: algo huele a podrido en la enseñanza. La cuarta ha de ver con el nulo autodidactismo que reina entre los más jóvenes, frente al frecuente en generaciones anteriores que no pudieron estudiar…

—Bueno, ahora también son muy autodidactas. Todas las cuestiones tecnológicas las aprenden solitos y rápidamente…

—En este país nunca se ha sabido qué hacer exactamente con la educación. Siempre se ha jugado a lanzar las culpas del fracaso colectivo: los padres y el contexto familiar, los propios niños, los profesores, el sistema educativo, la sociedad, la televisión, qué sé yo, ¿dónde está la clave del desbarajuste? ¿En qué punto sale uno de la universidad sin saber qué es un gulag?

—Oye, ¿has visto una serie nueva en La Sexta, Merlí? La protagoniza un profesor de filosofía de instituto. El tío atrapa a los chavales con su particular carisma e impartiendo una clases transgresoras y participativas. Pretende que, más allá de los contenidos, aprendan a pensar por sí mismos, a ser autónomos, a tener interés y a superarse.

Sí, he visto la serie. Y creo que fuerza demasiado el tópico del profesor “especial” versus el profesor “ladrillo”. Además, la realidad en las aulas tiene más matices, es más compleja…

—La ficción televisiva tiende a simplificar, sí, pero a mí me parece pertinente el cuestionamiento que realiza Merlí de los docentes acomodados y sin personalidad.

—Pues entonces te interesará el último libro de Ricardo Moreno Castillo, titulado La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza (Pasos Perdidos). En él se disecciona el lenguaje hueco de la pedagogía, esa cháchara teórica…

—… ese humo terminológico que de nada sirve para, pongamos por caso, fascinar a treinta adolescentes una mañana de febrero con los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, y su tenebrosa experiencia en los gulags soviéticos: una maquinaria de asesinar y torturar bajo la égida del comunismo que, incuestionada durante décadas por la gauche divine europea, nunca cobró el relieve público de los campos de exterminio nazis, con víctimas que han tenido mejor gabinete de prensa. Pero volvamos a los docentes…

—Moreno Castillo, en su libro, también realiza una defensa del docente clásico: con talento, profesionalidad, ganas de trabajar y espíritu crítico.

—Fantástico. Ese es el maestro ideal. Pero estamos hablando de características que no se mesuran en unas simples oposiciones…

—En las oposiciones saca plaza el loro que mejor repite los temas memorizados en cualquier academia… Es absurdo que el sistema público no capte a los mejores de cada promoción para dar clase. Pero, bueno, no nos pongamos tan exquisitos. ¿Existe el “docente ideal”? No, es una falacia. Sería una especie de Frankestein costruido con cientos de fragmentos distintos y cambiantes. Y, como mucho, hay aproximaciones más o menos buenas. Porque se trata de un oficio que no se aprende en los libros de pedagogía, sino a base de mucha práctica sumada a aptitudes que se tienen de serie.

—¿Sabes qué otros presos fueron célebres en los gulags? Los profesores.

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Letradicción

[Sirva como homenaje a los libreros valencianos y su resistencia]

—Cuando tienes el mono, ¿dónde pillas?

—¿Qué?

—¿Nunca te han entrado unas ganas terribles de pillar a las once de la noche de un miércoles, cuando todas están cerradas, y has tenido que ir hasta Ubik como el peor de los drogadictos?

—Jajaja, bueno, creo que ahora te entiendo… ¿Te refieres a comprar libros?

—Sí, porque lo de menos es leerlos; la locura viene del pico que produce adquirirlos y del placer evanescente que da el poseerlos. Una vez entras en el rollo, adoptas conductas como las de cualquier adicto.

—Ya, y el supermercado de la droga sería la Casa del Libro o la Fnac, ¿no?

—Sí, pero como supermercados que son, hay de todo y en grandes cantidades, pero poca selección. Para droga de primera clase yo prefiero visitar Leo o Bartleby.

—A mí me va más la droga sorpresa que te puedes encontrar en cualquier París-Valencia.

—Yo creía que lo tuyo era la droga caducada, que siempre produce efectos imprevisibles, como la que pueden proporcionarte en las librerías de viejo…

—¡Ay, sí! Me encanta husmear por La Guarida de las maravillas, El asilo del libro o la de Rafael Solaz.

—¿Y qué me dices de los camellos con personalidad, como el dueño de Railowsky? Fue una pena que el de Valdeska desapareciera…

—Menos mal que ahora podemos agenciarnos buena droga de diseño en las librerías Dadá.

—Y también tienes la droga autóctona en 3i4, la de iniación en Abacus, la de barrio en La Traca, la académica en Tirant lo Blanc, la viajera en Patagonia, la idiomática en Babel, la anarquista en Primado, la femenina en La Rossa…

—Y para picos playeros, si estás por la Costa Blanca, 80 mundos, en Alicante.

—Sí, porque el ansia puede asaltarnos en cualquier instante. Y lo peor es caer en momentos de bajón, mirando las portadas en un Eroski, que es como esnifar tiza o tragarse el alcohol de un botiquín…

—Tío, eso ya es tocar fondo… ¿Qué opinas de la metadona del libro electrónico?

—Pues eso, que es metadona. Que un sustitutivo nunca podrá suplantar al original.

—Ya es un tópico eso de que gana adeptos. Me parece que a los auténticos amantes del libro nunca los va a seducir. El cigarrillo electrónico no ha podido con la adicción a la nicotina.

—Cierto. Y, pese a que las librerías en España cierran a un ritmo de dos por día, el libro en papel sobrevive bien: nunca tantas editoriales habían traducido tantos títulos interesantes ni diseñado colecciones tan atractivas.

—Mañana es el día de la droga dura de las letras. El consumo se disparará. Pero lo importante es crear adictos a los libros. La única droga que, en vez de matar, te da vidas extra.

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Nostalgia

—¿Qué haces esta tarde?

—Pues quiero pasarme por la casa de mis padres para revisar álbumes de fotos. Mi cole celebra los 50 años y ha pedido a los antiguos alumnos que enviemos recuerdos para hacer una exposición colectiva. Se avecina un festival de nostalgia.

—¡Ah, la infancia! Justo estos días estoy viviendo una fase regresiva…

—No me digas que has sacado los PinyPons del cuarto trastero y te has puesto a peinar a los Ponys.

—Pues casi. Me he comprado por Internet un viejo anuncio de Michelin. Tú dirás, ¿y eso? Pues por esa palabreja que has mencionado, por pura nostalgia. Nostalgia cara, no creas.

—Pero, ¿de Bibendum, del muñecote gordo y blanco de los neumáticos?

—Del mismo. Resulta que estaba en la entrada de mi pueblo en un taller y, siempre que pasaba de pequeña en el asiento de atrás del coche, le decía adiós. Luego tiraron abajo el taller e hicieron pisos. Del anuncio metálico nunca más se supo. Ahora he encontrado a mi amigo Bibendum en una tienda on line especializada en vintage. Tenerlo en casa será como volver a viajar en el viejo coche familiar.

—Los jóvenes cada vez empezamos antes a añorar nuestra infancia. Y eso que cada vez salimos más tarde de ella. Es un poco raro.

—Es un poco de sociedades que se pueden permitir ese lujo, el lujo de recrearse en el regreso al pasado porque el presente le da pocos problemas.

—Pues yo pienso al contrario. Creo que es un fenómeno que se produce, precisamente, en una generación que ha ido a peor respecto a su infancia. Las anteriores generaciones experimentaron un progreso. A nosotros nos ha tocado vivir un retroceso, con ruptura de expectativas incluida.

—La cuestión es que ya hay quien atesora clicks de Playmobil en su estantería del salón o quien decora su piso con las siete bolas del “drac Sharon”. Por no hablar del fenómeno del retro-fútbol entre los que leen y hacen la revista Panenka, nostálgicos del deporte que veían y admiraban de niños.

—Pues yo estoy viviendo un segundo enamoramiento por las aventuras de Celia, de Elena Fortún, y las de Sherlock Holmes, de Conan Doyle. Como cuando tenía diez años.

—¿Conoces la etimología griega de “nostalgia”? Viene de “nostos”, regreso, y de “algos”, dolor. Fue un neologismo acuñado por el suizo Johannes Hofer. En su tesis médica, a finales del XVII, la empleó para describir la depresión que sufría un joven estudiante. Se curó milagrosamente al regresar a su casa familiar.

—Muy curioso. A mí siempre me ha parecido una parida eso de “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. ¿Qué es la vida adulta si no ese regreso permanente al pasado? Aunque te hago una reflexión.

—¿Cuál?

—En esa tienda on line, ¿tendrán algo de pan negro, “garrofes” como sustituto del inalcanzable chocolate y una vieja regla de madera para azotar a los alumnos? Es para regalarle a mi abuelo un poco de su “nostalgia”. Me pillas, ¿no?

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Esperando el retuit

—La tiene que reescribir alguien, es absolutamente necesario.

—Ah…

—Alguien debe meterle mano a la obra de Beckett, a Esperando a Godot, para adaptarla al presente.

—Umh…

—¡Hay tanta gente que llena el vacío de sus absurdas existencias esperando, esperando y esperando!

—Ajá…

—¿Me estás escuchando? ¡Oye! ¿Entiendes lo que digo? Nada, no hay manera, no me escucha… Es como los zombis que van en el tren donde ya nadie dice “bon dia” al sentarse, donde ya nadie reposa su mirada en el paisaje y reflexiona. Es uno más de los alienados que esperan, los ojos fijos en la pantalla, los dedos prestos. Todos esperan. Son los fanáticos del retuit, los que se desmoralizan si al colgar una foto solo obtienen tres tristes “me gusta”, los de subir al instagram fragmentos de vida que pretenden componer un relato de plenitud, de gozo, de complacencia, y solo son radiografías de espectros, rastrojos de la vida auténtica que se están perdiendo. Los hay quienes propagan su cháchara baldía a los cuatro vientos digitales a la espera de hallar un eco que les insufle autoestima; los hay quienes vigilan y viven a través de esos retazos que sustituye la vida verdadera de los demás; los hay semióticos vertiginosos de la imagen y de la palabra, que consumen y emiten significantes sin cesar. ¿Para qué? Nadie lo sabe bien. Pero llenan el vacío. Y el vacío es enorme, negro, no tiene fondo y da mucho miedo. Así se consigue llenarlo por un instante. Solo por un instante. De ahí los ojos fijos, sin pestañear; los dedos ágiles, sin descanso. Hay que seguir llenándolo. Si te detienes, caes en el vacío. Y el vacío hace que dejes de existir. Solo unos pocos saben que esto es una falacia interesada que llena los bolsillos de algunas mentes privilegiadas. Pero es complicado convencer de ello a los alienados. Que siguen esperando el tuit. El comentario. El whatsapp. Ya casi ni el mail. Esperando eso que da sentido a la vida y nunca llega y, si llega, nunca acaba de darle el sentido esperado. Quizá porque no hay sentido alguno. Quizá porque debemos aprender a vivir sin ese sentido. Pero no. No desistimos, no nos resignamos a aceptar que no hay sentido. El Dios de la pantalla parece tener una respuesta, la Respuesta. Y a Él se consagran miles, millones de personas, todos los días, durante fugaces horas que escapan entre los dedos en perpetuo movimiento. ¡Ay! Por nuestra condición efímera solo poseemos tiempo. Y han logrado que lo dilapidemos en este nuevo opio… ¿Me escuchas? ¡Oye! ¿Me has comprendido?

—Ajá… Umh… Ah…

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El pacto existencial

—Bueno, ¿éstos pactan ya o qué?

—¿Tú crees que en algún momento se acuerdan del pensionista, del estudiante, del enfermo, del parado, del explotado, del mendigo, del desesperado?

—Creo que están en un bucle donde solo resuenan sus tuits y la metralla constante de los platós de televisión. Porque, de lo contrario, no se explica tanta incompetencia, tanto ego y tan poco sentido común.

—El otro día escuché, al vuelo, una conversación entre dos estudiantes de mi universidad. Uno le decía al otro: “Oye, llevas toda la mañana muy callado, ¿va todo bien?”. Y el otro replicaba: “Es que el panorama de mi casa me tiene preocupado… Mis padres no encuentran nada y yo estoy echando el currículum por todos lados y nadie llama; ya no nos queda un duro, esa es la verdad”.

—¡Joder, qué triste! Hay muchos grados antes del menos cero de la cola de Cáritas. Y no por ser casos menos extremos resultan menos desoladores.

—Tengo una alumna que me golpea en la cara cada vez que la miro. Es una inmigrante peruana de unos 50 años. Madruga cada día para trabajar como limpiadora durante toda la mañana y, por la tarde, cursa algunas asignaturas, las que puede por tiempo y dinero.

—Uau. Todo un ejemplo para los que llenan las aulas sin vocación.

—Imagínatela. Siempre en primera fila y aprovechando cada fracción de segundo de las clases. Para mí, la lección la imparte ella.

—Desde luego.

—Porque, ¿cómo explicar la novela existencial a una limpiadora peruana que estudia Filología por las tardes?

—Suena al poema de César Vallejo: “Un paria duerme con el pie a la espalda. / ¿Hablar, después, a nadie de Picasso?… Otro busca en el fango, huesos, cáscaras. / ¿Cómo escribir, después, del infinito?”.

—Todavía podríamos añadir algunos versos más, ¿verdad?

—Uno de tu cosecha: “Un estudiante sufre por su familia. / ¿Por qué tardar meses en formar gobierno?”.

—Si la posguerra europea parió el existencialismo en los años 40, ¿qué corriente de pensamiento alumbrará este desconcierto al que asistimos?

—No hay tiempo para el pensamiento, todavía hay que responder muchos whatsapps.

—Si hoy se escribiera Luces de bohemia, don Latino de Hispalis debería decir una frase así.

—Y, mientras, los parias de Vallejo, esos nadies de Eduardo Galeano, siguen ahí.

—Algunos incluso llegaron a creer en la panacea de “los de la gente”.

—Algunas leen La colmena de Cela mientras esperan a que se seque el piso que han fregado y entienden que las cosas cambian para que todo continúe igual.

—¡Cráneo previlegiado!

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¿Bruma o Islero?

—¿Sabes qué es esto?

—Esto es un… Pues… ¿Es eso que se le pone a los toros, no?

—Sí, señora, es una divisa.

—Ah, sí, la verdad es que no sabía cómo…

—Trae a Bruma.

—¿Qué?

—Que traigas aquí a tu perrito Bruma.

—¿Para qué?

—Para engancharle la divisa en el lomo.

—¿Tú estás loca o qué te pasa?

—Uy, ¿pero no decías que la polémica de los toros era una tontería?

—Decía que si dejamos de prestar atención a los taurinos, las corridas acabarán desapareciendo en unos años. Que ir a la contra está avivándolas. Y que a mí no me gustan los toros, pero me parece que prohibirlos no es la mejor solución. No decía que le metas ese harpón a mi pobre cachorro.

—Y yo me pregunto, ¿por qué alargar violentamente la agonía de un toro está permitido y hacer lo mismo con un perro nos puede llevar a la cárcel? ¿Hay animales de primera división y otros de quinta, o cómo va esto?

—Guapa, no me puedes comparar al pequeño Bruma con esas bestias. La ley de protección animal me avala.

—Cierto, los toros son la excepción. ¿Te has fijado en que los taurinos abusan de grandes palabras para defender la violencia y la muerte? Libertad, cultura, arte…

—Bueno, se trata de una tradición con hondas raíces, que bebe de la antigüedad clásica…

—Golpear a mujeres y niños también ha sido frecuente hasta hace poco, pero la humanidad ha avanzado y ha prohibido ciertas prácticas sociales establecidas, ciertas costumbre y tradiciones que causaban daño a otro ser.

—Una comparación imposible: maltratar a un humano no es lo mismo que el toreo, que además comporta todo un universo cultural.

—La cultura per se no es algo bueno. Los nazis eran cultísimos. Y mira lo que hicieron. Que los toros sean cultura (un cajón de sastre en el que ya entra cualquier cosa) no los convierte en un referente moral. Una cosa es la ética, lo que está bien y está mal, y otra cosa es la cultura.

—Según tú, ¿tampoco tendrían categoría de espectáculo?

—Sí, claro que la tienen. Como el circo romano y sus fieras devorando a los condenados a muerte; como las ejecuciones públicas de la Inquisión…

—De nuevo, te pasas tres pueblos con las comparaciones.

—¿Sabes qué ocurre? Que hay una serie de personas que disfrutan con esta “fiesta”, cuyo protocolo posee una innegable poesía, pero que se resume crudamente, más allá de Lorca, Romero de Torres y Manolete, en maltratar a un animal hasta su muerte. Se le pueden poner clarines, timbales, sombreros, famosos, banderas y olés, pero no deja de ser una apología de la violencia.

—De verdad que no creo que los aficionados tengan esa vena tan gore

—Entonces, ¿qué? ¿Le enganchamos esto en el pescuezo a Bruma? ¿O se lo ponemos a Bragao, a Gallardo, a Perdigón, a Ramillete, a Islero…?