¡Mal, Polonia, recibes a un extranjero!

Hipogrifo violento
que corriste parejas con el viento,
¿dónde, rayo sin llama?
pájaro sin matiz, pez sin escama,
y bruto sin instinto
natural, al confuso laberinto
de esas desnudas peñas
te desbocas, te arrastras y despeñas?
Quédate en este monte,
donde tengan los brutos su Faetonte;
que yo, sin más camino
que el que me dan las leyes del destino,
ciega y desesperada
bajaré la cabeza enmarañada
deste monte eminente
que arruga al sol el ceño de su frente.
Mal, Polonia, recibes
a un extranjero, pues con sangre escribes
su entrada en tus arenas,
y apenas llega, cuando llega a penas.
Bien mi suerte lo dice;
mas ¿dónde halló piedad un infelice?

PRIMERA JORNADA, y sale Rosaura [de camino] declamando con gracia, con los brazos al viento, con el gesto arrebatado… desgranando a gritos su lamento de dama deshonrada mientras se va cayendo poquito a poco de un caballo mítico y violento.

¡Mal, Polonia, recibes a un extranjero! De otro modo: ¡Pues empezamos bien…! No existe una escena mejor para abrir fuego en este patio de comedias de becarios áureos que ésta (permitidme la tilde, académicos panhispánicos -de dudas-) de Calderón (de la Barca). Rosaura cabalga desde Moscovia hacia Polonia en busca de Astolfo, ese hombre que huye de su compromiso matrimonial dejando triste y sola a su prometida; sin embargo, Rosaura, dama donaire donde las haya, asumiendo el agravio, recoge su dignidad, se monta en su hipogrifo violento y emprende un viaje imposible para recuperar su honra.

El viaje de la dignidad, diría yo, y sin embargo es un viaje lleno de torpezas y de fatalidades, como esta primera escena. Así podría ser nuestro patio, un patio donde se hable de lo más excelso del hombre (y de la mujer), pero también donde en la primera escena uno lamente sus limitaciones y exponga sus dificultades. Me toca hacerlo a mí, compañeros.

Además, es conocida la complejidad de esta primera escena a la hora de representarla (es el ejemplo preferido de dramaturgos y escenógrafos para deslumbrar a sus alumnos pre-dramaturgos y pre-escenógrafos): una mujer y 22 versos que se deben recitar al tiempo que representa una caída por un precipicio polaco. ¿Cómo se hace esto? [De nuevo piensen en un becario áureo escribiendo una primera entrada de blog común, serio y académico, y reflexionando sobre la condición trágica del investigador… ¿cómo se hace esto?].

El último montaje a nivel nacional de La vida es sueño (Compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid, 2009), que dirigió Juan Carlos Pérez de la Fuente, con la adaptación de Pedro Manuel Villora y con un Fernando Cayo soberbio en el papel de Segismundo (imagen), resolvía esta primera escena con una Rosaura (Ana Caleya) en danza con cuatro mozos de torsos desnudos, bajando desde los aires hasta las tablas con exageradas contorsiones y dejando absorto a un público que nunca se hubiera imaginado una caída trágica tan sugerente. Para mi gusto, muy buena solución y sin embargo no pude dejar de cuestionar eso de “¡mal Polonia recibes a un extranjero!”, hombre, ¿mal?, ¿mal?…

Ojalá el discreto lector de este torpe comienzo se plantee la misma cuestión al leer esta entrada: “hombre, ¿mal?, ¿mal?”… Y si no, siempre puede volver directamente sobre los versos de Calderón y ensayar un mejor comienzo (de escena y de post, claro), aunque le advierto de que tenga cuidado con la escarpada Polonia que es este mundillo de actores, directores, escritores, críticos y becarios del teatro clásico español.

José Martínez Rubio // Universitat de València

3 comentarios en “¡Mal, Polonia, recibes a un extranjero!

  1. Otro “Mal Polonia recibe a un extranjero” mítico en la historia del teatro es el de Luces de Bohemia: el saludo calderoniano de Max Estrella al entrar en la tienda de Zaratustra para mal vender sus libracos y gastárselo todo a posteriori en la taberna de Pica Lagartos. ¡Viva la bohemia!

  2. «¡Usted es un bohemio, caballero! ¡Sólo los bohemios salen a pasear de noche por las calles! […] Usted tendrá que ser ordenado… ¡Usted vivirá en mi casa, y mi casa es una casa honrada! ¡Usted no podrá salir por las noches a pasear bajo la lluvia! Usted, además, tendrá que levantarse a las seis y cuarto para desayunar a las seis y media un huevo frito con pan… […] ¡A las personas honorables les tienen que gustar los huevos fritos, señor mío! Toda mi familia ha tomado siempre huevos fritos para desayunar… Sólo los bohemios toman café con leche y pan con manteca. […] Nada de cines, ¿eh?… Nada de teatros. Nada de bohemia. A las siete, la cena…»

    (Tres sombreros de copa, Miguel Mihura)

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