Pedro Crespo, el Justiciero

A diferencia de otros dramas de Calderón fundados en conflictos metafísicos y/o religiosos, El alcalde de Zalamea quizá sea el más humano de toda su obra. Es un Calderón “popular”, muy cercano a Lope, al Lope de Peribáñez o Fuenteovejuna. El honor, por descontado, sigue siendo la piedra angular, pero el personaje de Pedro Crespo, sabio como un campesino griego y astuto como un zorro viejo, es mucho más complejo, más cercano y más “simpático”, que los mostruosos, obsesivos protagonistas de El médico de su honra o El pintor de su deshonra. A fin de cuentas, el único personaje de El alcalde dispuesto a llevar hasta el final su concepto del honor (matar a su hermana para “lavar la deshonra”) no es Crespo sino su hijo Juan. La singularísima relación que Crespo establece con el hidalgo don Lope –y con el mismo rey– es igualmente ilustrativa de que estamos ante una moral feudal, un sentido de la justicia que no requiere la parafernalia legalista de un reino unificado y “moderno”. Pedro Crespo desprecia la ley “escrita” como desprecia la nobleza por decreto, pero decide utilizar las mismas armas “jurídicas” del Capitán, que puede salir indemne de la violación de Isabel por un conflicto de competencias: poder militar frente a poder civil. En este sentido, no sería difícil imaginar una transposición al western: Crespo hace pensar en el juez Roy Bean, “el juez de la horca”, interpretado por Walter Brennan. O, de juez a juez, el contradictorio y marrullero Azdak de El círculo de tiza de Brecht.

Marcos Ordóñez, Escritos a pie de obra

Joaquín Notario (Pedro Crespo) y José Luis Alonso (don Lope) en "El alcalde de Zalamea" de la CNTC (2010)

 

Precisamente, una tremenda humanidad y dosis ingentes de simpatía se desprenden del último Pedro Crespo que se ha visto sobre las tablas: el interpretado por Joaquín Notario en la tercera puesta en escena de esta obra calderoniana por la Compañía Nacional de Teatro Clásico (la primera fue en 1988, bajo la dirección de José Luis Alonso; y la segunda, en el año 2000, por Sergi Belbel).

Joaquín Notario, actor soberbio que se mueve en el clásico como pez en el agua, sabe jugar con la ironía y la fina inteligencia campesina para proporcionarnos un personaje cercano y entrañable que se mete a los espectadores en el bolsillo. Destacan los hilarantes diálogos con don Lope (José Luis Santos, el partenaire perfecto): Crespo imita el tono y contenido de los parlamentos de don Lope tratando de ponerse a la altura del hidalgo, en un implícito “ojo, que yo también tengo dignidad y honra, ¿eh?”, logrando desquiciar al noble y provocar la carcajada en el auditorio. La dirección de Eduardo Vasco, en un montaje impecable y elegante que atrapa al público desde el primer segundo hasta los aplausos, consigue crear un clima mágico de recepción para el teatro clásico. Excelente. A mí me entusiasmó, vaya.

Pero hay otro motivo para acercarse al teatro Pavón de Madrid hasta el 19 de diciembre o a cualquier representación de su gira por España: lo contemporáneo del tema de El alcalde de Zalamea, que no es otro que el abuso de poder y la función de la justicia. Tal como resalta el crítico teatral Marcos Ordóñez, Pedro Crespo no desea castigar a su hija Isabel por su “deshonra” (una violación en toda regla. Nunca entenderemos por qué lo llaman deshonra cuando quiere decir violación). Así, la obra se aleja de las sangrías hipócritas de El médico de su honra a favor de una postura moderna: un ser inocente ha sufrido un abuso sexual por su condición subalterna, y el culpable debe pagar por el crimen. Calderón en el siglo XXI, ni más ni menos.

Purificació Mascarell // Universitat de València

5 comentarios en “Pedro Crespo, el Justiciero

  1. No me extraña que te entusiasmase el montaje de Eduardo Vasco. Yo no he tenido ocasión de verlo, pero recuerdo como una de las jornadas más interesantes de Olmedo Clásico, este mismo año, la presencia de Joaquín Notario y José Luis Santos. Después de una polémica charla del director de la CNTC, que también estuvo presente, y digo polémica porque entre el público asistente se encontraba José Luis Alonso y tuvieron sus más y sus menos, pues después de la conferencia, como decía, el director llevó a cabo un experimento con los dos actores “dirigiéndolos” para nosotros. Estos interpretaron la misma escena, pero con registro y tono diferente. El resultado: comprobar una vez más, y quizá en algunos casos recordar, lo fundamental que es la puesta en escena (actores, director, etc.) –a veces pecamos de un exceso de apego al texto–, apreciar cómo el trabajo actoral puede atravesar con nuevas lanzas semánticas el texto sin necesidad de modificarlo y, por último, constatar el buen saber hacer de estos magníficos actores.

  2. Es una lástima no poder haber visto esta representación, porque la CNTC nunca suele defraudar, y más estos dos insignes actores.
    Sí hay una cosa que me gustaría puntualizar y ver qué pensáis vosotros. En el argumento de “El alcade de Zalamea” Pedro Crespo lucha para que los violadores sean ajusticiados. Pero en mi opinión, no por por el hecho de castigar lo que han hecho teniendo como referente el sufrimiento de su hija, sino teniendo en cuenta de manera persistente la mácula que dicho acto ha producido en su honor. Ya sabemos que en el teatro del Siglo de Oro, el honor es uno de los principales motores argumentales que llevan a padres y hermanos de las damas protagonistas a enzarzarse en duelos, verbales o metálicos, que tienen como único fin resarcir su buen nombre. En este caso, creo que nos encontramos con lo mismo.
    A modo de P.D., muchas gracias por esta entrada y por dar a conocer el libro de Marcos Ordóñez, cuya lectura creo que será muy interesante.

  3. Alberto, sí, es cierto; lógicamente, no estaríamos hablando de teatro de los Siglos de Oro si las leyes del honor no estuvieran presentes y condicionando el desarrollo de la acción. Pero, fíjate, resulta curioso (y quizá es una sensación que se desprende más del montaje al que me refiero que del texto en sí…), yo creo que aquí Crespo lucha, sí, por la fama, la honra o cómo queramos llamarlo (que no es otra cosa que orgullo herido de propietario, de propietario de una mujer), pero también porque ama con locura a su hija y sabe el dolor que supone para ella el ultraje físico y moral de la violación y la consecuente consideración social que acarrea. Se trata un poco de un “padre coraje” (salvando las distancias) que quiere vengar el crimen que se ha cometido en su hija, inocente por lo demás (y esto es importante: él jamás ve en Isabel una mínima culpa, como si ve culpas maximizadas don Gutierre en doña Mencía en “El médico de su honra”). Al fin y al cabo, el violador del honor muere, y la violada y deshonrada, vive y vive vengada. Dentro del marco de las constreñidoras leyes del honor, al menos en esta obra hay justicia para la mujer, ¿no?

    Rosa, ¡qué gran suerte escuchar a estos dos actorazos en el marco de las Jornadas de Olmedo! Muchas gracias por compartir con nosotros esa charla que tuvo lugar el pasado mes de julio. Cuando en las jornadas o congresos de teatro intervienen directores y actores, a los filólogos siempre nos beneficia infinitamente.

  4. Buena observación de ambos. El texto tiene un concepto de honra muy XVII; sin embargo, la actualización precisamente pasa por rediseñar ese concepto: de “propiedad” o de “vergüenza familiar y social” por el de “dignidad”. En ese sentido es muy actual y muy humano.

    Y estoy completamente de acuerdo con Rosa: los filólogos necesitamos ver más allá del texto, y las aportaciones de los teatreros (las BUENAS aportaciones -¿lo pongo en mayúsculas?-) enriquecen infinitamente nuestra corta visión.

  5. El propio Rivas Cherif (Cómo hacer teatro; apuntes de orientación profesional en las artes y oficios del teatro español, ed. de Enrique Rivas, Valencia, Pretextos, 1991) insistía en esa humanidad del personaje, y se quejaba de aquellos que lo representaban con solemnidad y magnificencia… os acordáis de esos versos de “al rey la hacienda y la vida se ha de dar”, y él se quejaba de que hacían: “al rrrrey [pausa] la haciendaaaa y la vidaaaaaa…”

    Una vez alguien nos explicó (magistralmente) que Fernando Fernán Gómez representó esa escena sentado, triste y como si nada.

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