Estaba deseando que viniera usted por acá

No me canso de ver una y otra vez esta escena delirante de Fernán-Gómez. No sólo eso, sino que consigue divertime más cuando pasa un tiempo y la rescato de nuevo. Y no sólo eso, sino que en alguna ocasión me han entrado ganas de largar ese texto, que conozco de memoria, con esas inflexiones de la voz y esos giros de cuello a lo Raffaella Carrá. Sólo diré que no me he atrevido nunca.

Insisto: nunca.

Pero repito mentalmente el señoriiiiiito de Galván, pa’ decirle a usté una cosa un tantoooo // delicá! Es como el placer inocente de rascarse, o el placer de pasarse toda una tarde con el estribillo de una canción en la cabeza. El Blaaaas // es una mala persoooona…

Insisto: nunca.

El viaje a ninguna parte (1986) sigue siendo una de las grandes películas del cine español; esto es decir poco porque no se puede argumentar; el único criterio que encuentro es el número de reposiciones que, de esta película, se ha hecho en TVE, (TVE, ese lugar donde confluyen Cayetana Guillén Cuervo y Carmen Sevilla, el agua y el aceite de nuestra cultura patria, es decir, el agua del moderneo de la técnica y el back stage con el aceite de la cutrez de Sor Citroen y Paco Martínez Soria, el agua del debate somnoliento sobre el plano-secuencia o las reminiscencias de Godard con el aceite del debate-lamento por la pérdida de la más grande: Rocío Jurado…).

Es una de las más grandes, decía. No sólo por un elenco que hoy nos parece insuperable: Fernán-Gómez, José Sacristán, Juan Diego, Maria Luisa Ponte, Agustín González, Gabino Diego… ¿alguien da más? También por un tema muy bien trabajado: el de la memoria de los actores.

El cómico Galván, ya retirado al final de sus días, rememora las andanzas de una compañía ambulante por los pueblos de una España anacrónica. Recuerda el sufrimiento de la lluvia por los caminos, el cansancio de vagar, la hostilidad de los lugareños, la intromisión inevitable y cruel del cine y la modernidad: en definitiva, recorre los últimos pasos de un estilo de vida, retrata la desaparición progresiva de una manera de ser actor, cómico.

Frente a esa elegía, encontramos las aventuras sin rutina, los encuentros furtivos de la noche y las muchachas, las juergas de vino y de Asturias, patria querida, la libertad, el arte y la alegría.

El viaje a ninguna parte es la crónica de esas sagas de cómicos que aprendían el arte de unos a otros, que vivían el teatro desde la infancia y que hacían de él una forma de vida.

Cuando Javier Bardem recogió el Óscar al mejor actor de reparto por No es país para viejos (2007), se acordó de esos Galvanes de la historia del teatro español, de esa estirpe antigua que contenía la memoria de un arte maravilloso. Y le dedicó el premio a todos ellos, «a los cómicos de España, que han traído la dignidad y el orgullo a nuestro oficio».

José Martínez Rubio // Universitat de València

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