El valor agraviado de una mujer… escritora

Cartel de la obra. Teatro Gala. 2006

Hombres  necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis (…)

Combatís su resistencia,

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la resistencia.

Así rezan los primeros versos de una de las composiciones más antologadas de Sor Juana Inés de la Cruz, escritora y dramaturga cuyos ecos se dejan oír desde los muros del convento en que vivió.

Mujer y escritora también, Ana Caro constituye una ejemplar muestra de las escasísimas dramaturgas de las que tenemos noticia en nuestro siglo áureo, y a las que no se ha reivindicado hasta hace relativamente bien poco, lo que en cierto modo no deja de ser un agravio intelectual hacia mujeres que con su práctica se salían de un camino marcado cuya meta solo podía ser el domicilio paterno, el conyugal o el conventual.

En la comedia Valor, agravio y mujer, Ana Caro sigue el esquema del género y busca el agrado del público, siguiendo la recomendación lopesca sin que podamos hablar en puridad de un discurso alternativo al dominante: Lisarda, una dama ultrajada por don Juan, abandona la seguridad de su casa y cruza el océano vestida de hombre para satisfacer su deshonor, consiguiendo al final su objetivo. Solo con el disfraz varonil puede cruzar los muros de su casa y adentrarse en el vedado ámbito público. Hasta aquí nada nuevo, sin embargo Lisarda es todo un hombre. Como Lisardo, no duda en batirse en duelo, rondar  a la dama que pretende su galán e incluso enamorarla, ganándole la partida en el cortejo y demostrando así lo que puede una mujer.  Es más, como mujer amagada tras el vestido de hombre, se apropia del discurso de este y se permite acusar a don Juan con palabras que bien podrían estar en boca de un galán despechado que reprocha a su dama: aleve, ingrato, mudable, injusto, engañador, falso, perjuro, bárbaro y fácil, son algunas de las perlas con las que Leonor se dirige a don Juan y con las que la dramaturga contesta desde el escenario a algunos de los tópicos que sobre la naturaleza femenina circulaban en su tiempo.

¿Quiere esto decir que debemos entender el juego escénico que plantea Ana Caro como una estrategia discursiva enfocada a denunciar el ostracismo al que la mujer estaba condenada o como un intento de subversión de las estructuras sociales y mentales de su tiempo? Evidentemente, no. Y es que por más que la dama se perfile como uno de los más arrojados, descarados y audaces galanes de la comedia clásica, la obra concluye como es de rigor, con el característico happy end que restituye el orden y con los anuncios de boda que ponen a cada uno en su lugar.  Entre las pautas ideológicas marcadas y los tópicos del género se encuentran versos como estos:

¿Qué hay en el lugar de nuevo?

Ya es todo muy viejo allá;

sólo en esto de poetas

hay notable novedad

por innumerables, tanto

que aún quieren poetizar

las mujeres, y se atreven

a hacer comedias ya.

¡Válgame Dios! Pues, ¿no fuera

mejor coser e hilar?

¡Mujeres poetas!

Teniendo en cuenta que quedaban siglos para que las mujeres empezaran a quemar sus sujetadores, Ana Caro tuvo el valor de llevar a las tablas del corral una voz dramática, la suya, que se atrevía a contravenir con ese mismo gesto escénico-discursivo los corsés de la moral dominante que exigía silencio a la mujer. Lo que a mi parecer  no es poco.

Rosa Durá // Universitat de València

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