Bululú, ñaque, gangarilla… (I parte)

 

RAMÍREZ. ¿Qué es gangarilla?

SOLANO. Bien parece que no habéis vos gozado de la farándula, pues preguntáis por una cosa tan conocida.

RÍOS. Yo tengo más de treinta años de comedia y llega ahora a mi noticia.

SOLANO. Pues sabed que hay ocho maneras de compañías y representantes, y todas diferentes.

RAMÍREZ. Para mí es tanta novedad ésa como esotra.

ROJAS. Por vida de Solano que nos la digáis.

SOLANO. Habéis de saber que hay bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía.

 

Y aquí es cuando Agustín de Rojas Villandrando se dispone a iniciar, por boca de Solano, el mítico repaso detallado de los distintos grupos de representantes que se movían por los pueblos y ciudades españolas en la segunda parte del siglo XVI. Este largo parlamento, localizado en el interior de El Viaje entretenido, exactamente tras la loa VIII dedicada a la comedia, representa uno de los principales testimonios directos acerca de la vida teatral en el siglo clave para el desarrollo del teatro profesional español.

Del texto en cuestión extraemos múltiples tipos de información sobre las diferentes formaciones de actores, empezando por la menos numerosa (un solo actor) y acabando con la veintena de actores en las compañías de título. En la descripción de la mayoría de las agrupaciones hay una serie de constantes que se repiten, de modo que se ven contestadas (en la mayoría de los casos) las siguientes preguntas: ¿cuántos actores forman el grupo?, ¿qué repertorio de obras poseen?, ¿cuáles son sus haberes materiales?, ¿cómo se desplazan de un lugar a otro?, ¿dónde llevan a cabo la representación?, ¿qué beneficio obtienen tras su trabajo?, ¿hay mujeres en la compañía?, ¿con qué comida se sustentan?, ¿dónde duermen? y ¿cuánto tiempo permanecen en los lugares donde actúan?. Un aspecto que no debe pasarnos inadvertido es el aumento de su miseria según descendemos hacia la menor agrupación, pues las alusiones al hambre o el frío sufridos por sus componentes no dejan lugar a dudas. Pero mejor será dar paso a un análisis más pormenorizado de las características de cada grupo.

El bululú es un solo actor que va a pie de pueblo en pueblo. Para llevar a cabo su trabajo necesita la ayuda del cura de la población, el cual recolectará las monedas que el publico esté dispuesto a donar al cómico. Este público, reunido gracias al sacerdote, lo forman el barbero y el sacristán, hipérbole de Rojas (aficionado a esta figura retórica) para hacernos comprender que no estamos ante un número de espectadores muy numeroso. Suponemos que la representación de sus loas o de esa única comedia que domina el bululú se produce en una plaza o calle del pueblo, eso sí, sobre un arca, y realmente se tratará de una representación un tanto especial puesto que, como el propio texto indica, el cómico ha de ir presentando la aparición de los personajes cuyo papel ha de interpretar él mismo. “Va diciendo: “agora sale la dama”, y dice esto y esto; y va representando”, es decir, el bululú tiene una doble función la de presentador (especie de narrador omnipotente o de visible voz en off, con lo que conlleva de paradójico) y la de actor de los posibles papeles en la comedia. Este doblete del cómico supone un esfuerzo tanto para él como para los espectadores, que han de poner en juego su imaginación para amoldarse a las características de una obra representada por un solo actor.

Menos dificultosa resulta la representación llevada a cabo por el minúsculo grupo del ñaque, donde ya aparece la posibilidad de que su limitado repertorio pueda ser interpretado por los dos representantes en forma de diálogo. Poseen precarios elementos de caracterización (una barba de zamarro, es decir, muy poblada y crespa), y se acompañan musicalmente con un simple tamborino. En relación con la barba de zamarro resulta interesante destacar la idea de Sito Alba: “Hay que pensar que cuando tanto Cervantes como Rojas señalan el abandono de la barba, se refieren como es lógico, a los representantes innovadores, con los cuales, sin duda, siguen conviviendo los más tradicionales que conservan sus usos habituales” (Díez Borque, 1990: 389), y el ñaque seguiría la estela de este uso tradicional de la barba. En cuanto al tipo de vida que llevan los dos hombres, se nos dice que son felices pese a las inclemencias climatológicas, los parásitos que los habitan y el hambre. La divertida antítesis “duermen vestidos, caminan desnudos” expresa por sí misma la vida que arrastraban por los caminos los actores del ñaque.

Tres o cuatro hombres, de los cuales uno es un muchacho que hace las veces de mujer en los papeles femeninos, componen la gangarilla. Su repertorio se compone de dos entremeses de bobo y el auto de La oveja perdida, estrenado por su autor, Timoneda, en 1557 y editado en su Ternario en 1558; el hecho de que modestos comediantes de gangarilla lo representasen es síntoma de su difusión en la época (Díez Borque, 1990: 390). El grupo que nos ocupa muestra una mayor preocupación por los elementos de caracterización (barba, cabellera) y vestuario, pues toman prestadas en cada pueblo una saya y una toca (¿se olvidan de devolverla o, deliberadamente, la hurtan? Recordemos que estos cómicos siempre llevan los brazos cruzados a causa del  frío…). La gangarilla también se desplaza andando pero Rojas ya nos indica que, además de las actuaciones en la calle, también los cortijos la acogen, y suponemos que los dueños son los que les dan los huevos, sardinas y diversas zarandajas que meten en su talega para el viaje.

Purificació Mascarell // Universitat de València

4 comentarios en “Bululú, ñaque, gangarilla… (I parte)

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