Vidas (no tan) privadas

Como otras veces, leía el este domingo pasado la columna semanal de Javier Marías en el suplemento del diario El País. En ella, el escritor retomaba uno de sus temas favoritos, que trabajó por extenso en su novela en tres partes Tu rostro mañana: el de la traición, la delación, la inquina que lleva a unas personas a utilizar las palabras de los demás para hacerlos caer en desgracia. Decía Marías que en en nuestra época la tendencia natural del ser humano a la delación y el chivatazo se ha visto exponencialmente multiplicada por la asistencia que al soplón en potencia le prestan los ingenios tecnológicos que llenan nuestras vidas: hoy, cualquiera puede grabar con un móvil el momento de desahogo de un compañero de trabajo contra el jefe y correr a mostrárselo a este, o las opiniones políticamente incorrectas pronunciadas en momentos de embriaguez y que pueden acabar al alcance de todo el mundo en Youtube -y si no, que se lo pregunten a John Galliano. Contraponía el escritor este desvanecerse del ámbito de lo privado con la, según él, discreción y recogimiento en que podían vivir sus vidas privadas las figuras públicas (reyes, gobernantes y otro tipo de personas célebres) en tiempos pasados. Según el novelista, «antes aparecían en público de vez en cuando y disponían para sí de tiempo no expuesto y protegido por la privacidad», y añade que «los reyes, y las reinas, tenían antiguamente sus amantes y sus pequeños vicios, y era sumamente improbable que nada de ello trascendiera».

Si menciono todo esto es porque estas afirmaciones de Marías acerca de la vida de reyes, reinas y otras especies en los good old times anteriores a la explosión tecnológica contemporánea me chocaron, puesto que contradecían lo poco que creo saber sobre la vida privada de estos personajes en el Antiguo Régimen. Dice Marías que antiguamente los potentados disponían de un tiempo protegido por la privacidad, netamente separado del ámbito de lo público. Sin embargo, no es eso lo que sabemos sobre la presencia pública de los reyes en los siglos que a nosotros los que estudiamos el teatro clásico español nos interesan fundamentalmente (XVI y XVII). Por poner el ejemplo más conocido, de todos es sabido que la vida de Luis XIV de Francia transcurría bajo una constante luz pública y que hasta los que hoy consideraríamos momentos más privados de la existencia contaban, en el caso del monarca francés, con un público formado por elementos de la corte regia. Los famosos lever et coucher du roi que ponían en relación el levantarse y acostarse del monarca con la salida y la puesta del sol, es decir, del astro rey con el rey-astro, eran un espectáculo público al que los cortesanos asistían cotidianamente. Incluso los aspectos más íntimos de la convivencia entre el rey y la reina entraban en el dominio de la etiqueta y el ceremonial de palacio. En otras palabras, la vida privada de los monarcas del Antiguo Régimen se caracterizaba por un alto grado de teatralidad -y es aquí cuando traemos estas líneas al agua de nuestro molino teatral- en virtud del cual lo que para nosotros hoy quedaría dentro del círculo de lo privado estaba sometido a un guión y una puesta en escena, encarnado por unos actores de sus propias vidas y contemplado y sancionado por unos espectadores que formaban la llamada sociedad cortesana.

 

Le lever du roi Louis XIV

Lo mismo cabría decir del otro aspecto mencionado por Marías, el de las y los «amantes y pequeños vicios» de reyes y reinas que, según el columnista, no trascendían al espacio público. Y sin embargo, ¿acaso no conocemos perfectamente el nombre y las circunstancias de algunas de las más famosas amantes de reyes de estos siglos? Por ceñirnos a España y al ámbito de lo teatral que aquí nos interesa, el caso más célebre es el de María Calderón,  alias La Calderona, famosa actriz en los corrales de la Villa y Corte y amante del rey Felipe IV, del que tuvo un hijo, don Juan José de Austria, notable militar que llegó a ser virrey de Sicilia y de Cataluña. La gran afición de Felipe IV por el teatro de su época, que le estimulaba bastante más que las aburridas tareas de gobierno, era bien conocida, y sus «pequeños vicios» tanto teatrales como amorosos no eran ningún secreto para nadie en el Madrid de su tiempo. Lo mismo cabría decir, trasladándonos a tiempos más cercanos, de la agitada vida sexual de la reina Isabel II (la de España, pues de la actualmente reinante en Inglaterra no tenemos noticias hasta el momento), a quien los famosos encajes de su esposo don Francisco de Asís de Borbón no parecían satisfacer suficientemente y cuya larga lista de amantes era de sobras conocida.

 

Fragmento de un supuesto retrato de la Calderona

En definitiva, parece que la vida privada de los reyes en tiempos pasados no era tan íntima como parecía apuntar Javier Marías en su por otra parte interesante columna dominical. Al fin y al cabo, hay que tener en cuenta que esa división entre lo público y lo privado que, como bien señala el novelista, parece estar entrando en su crisis posmoderna debido a la proliferación incontrolable de medios de captación audiovisual y su consiguiente reproducción infinita en virtud de las nuevas tecnologías, esa división, decíamos, es hija de la mentalidad burguesa que arrumbó a la mentalidad cortesana, y era desconocida en los tiempos de Luis XIV, Felipe IV y compañía. Para ellos, también, la vida era puro teatro.

 

David Guinart Palomares // Universitat de València

7 comentarios en “Vidas (no tan) privadas

  1. Sí, jeje. Pero fíjate que eso hoy en día causa un escándalo que entonces no causaba. Habría mucho que hablar sobre la supuesta liberalización de costumbres actual. Dejo de lado, por supuesto, el presunto caso de Berlusconi con menores, que ya es harina de otro costal.

  2. Bueno, estamos de acuerdo en que sí ha habido una liberalización de costumbres en el plano sexual, David. (Imagino que estamos de acuerdo). Lo que en mi opinión ha influido es la concepción burguesa de matrimonio y familia que se instauró en el XIX, y esa (por consiguiente) fidelización del amor. De ahí a Madame Bovary y al escándalo hay sólo un paso.
    No sé si estoy desviando el tema.
    En cualquier caso, estoy de acuerdo contigo más que con Javier Marías, como es costumbre, y creo que, a pesar de todo y de tanto, hemos ganado terreno a la intimidad, vista la comparación que haces.
    Y por supuesto, Berlusconi sí es harina de otro costal, hay que darle de comer aparte…

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