Un episodio de la juventud de Calderón y un libro

Acostumbrados a ver en el retrato de Calderón el sacerdote anciano y en sus obras el decoro y gravedad del hombre maduro, nos cuesta trabajo imaginarlo joven, calavera y duelista, y persona, en fin, cuya mocedad fue de las más sueltas y borrascosas.


Con estas palabras se refería Cotarelo y Mori en su Ensayo sobre la vida y obras de D. Pedro Calderón de la Barca (1924) a un “suceso trágico” de la juventud de Calderón, el asesinato de Nicolás de Velasco, hijo de un criado del Duque de Frías, del cual se culpó al dramaturgo y sus hermanos. Menos árido es otro incidente de la temprana edad de don Pedro, un curioso caso con escondidos y persecuciones, como en la comedia de capa y espada, y donde no solo hay reyes y nobles sino también  cómicos y literatos de la época; además uno de los protagonistas es un pobre gracioso.  Una historia que bien podría inspirar el comienzo de una novela.

En 1629, uno de los hermanos de Calderón fue gravemente herido en una reyerta callejera (que no debían de ser infrecuentes en la época, y ahora no nos son totalmente extrañas).

Su atacante fue el actor Pedro de Villegas, comediante de la compañía de Antonio de Prados, quien salió por piernas y se refugió en el convento de las religiosas Trinitarias ubicado en la calle de Cantarranas, hoy calle de Lope de Vega.

El propio Calderón irrumpió en el convento, saltándose a la torera la clausura, acompañado de varios vecinos, ministros de la Justicia y otros cómicos, y en la búsqueda airada de Pedro de Villegas parece ser que no trató con el debido respeto a las monjas. Esto le contó en una carta al Duque de Sessa Lope de Vega, cuya hija Marcela había profesado en el convento en 1623.

El altercado llegó a oídos del famoso monje trinitario y predicador real Fray Hortensio Félix Paravicino, conocido por imitar el estilo de Góngora, de forma que sus discursos resultaban harto oscuros. Paravicino era amigo de Lope y eso puede explicar algunas cosas. El caso es que en el sermón que pronunció ante el Rey y la corte en la Capilla Real el 11 de febrero de 1629 denunció los desórdenes cometidos por los cómicos, entre ellos, claro, Calderón, en el convento de las Trinitarias. Cuando don Pedro se enteró de que lo habían mentado y no para colmarlo de elogios ante sus majestades, se agarró el consabido cabreo; por aquel entonces acababa de terminar una de sus obras maestras, El príncipe constante, y ni corto ni perezoso, aunque la obra ya había pasado la censura, decidió incluir en ella unos versos satíricos contra el trinitario: cinco endecasílabos y medio en los que Brito denomina al estilo de Paravicino “emponomio horténsico” al tiempo que lo imita, con lo que no se sabe muy bien qué quiere decir:

Una oración se fragua
fúnebre, que es sermón de Berbería:
panegírico es que digo al agua
y emponomio horténsico me quejo,
porque este enojo, desde que se fragua
con ella el vino, me quedó, y ya es viejo.
 

A Paravicino la burla le sentó como un jarro de agua fría y se quejó a los jueces de los teatros. Se acusó a Calderón de haber añadido los versos después de que la comedia hubiera pasado la censura y fue condenado a varios días de arresto en su casa; además tuvo que eliminar la dichosa puya de El príncipe constante. Pero mientras pasaba todo esto la obra ya había sido representada varias veces, incluso ante el propio Felipe IV.

En todo este tiempo la rabia del trinitario no había hecho sino crecer y, ofendidísimo, redactó un furibundo Memorial al Rey, el cual llegó al Presidente del Consejo de Castilla, el Cardenal de Trejo y Paniagua. Este preparó un Parecer en el que, si bien amonestaba la mofa de Calderón, tampoco escondía su parecer (nunca mejor dicho) de que la rabieta del monje le resultaba un poco exagerada.

Lo más curioso de todo es que los versos en cuestión, como se ha indicado, fueron suprimidos de la comedia, no aparecen en ninguna de las ediciones antiguas conservadas y, si los conocemos hoy, es solo gracias al Memorial que Paravicino dirigió al Rey.. Sin comentarios, ¿verdad?

Como decía al principio, todo este episodio resulta tan novelesco que podría constituir el principio de una novela. Y lo es. No sé bien si el principio, porque hace ya un tiempo que la leí y no la recuerdo bien, pero sí que se trata uno de los hilos argumentales de La lengua de Dios, de Santiago Miralles.

En ella se dan cita Calderón y Paravicino, pero también Lope, Velázquez, Quevedo, Olivares y Felipe IV. El Madrid de la época, los duelos, el teatro, las actrices. Las intrigas literarias y políticas del momento. El Siglo de Oro. Bien merece una lectura: seguro que a los TC-12 nos resulta amena, pues para nosotros tiene cierto encanto toparnos con todos estos señores del diecisiete en el mundo de la ficción.

Por cierto, en la portada de La lengua de Dios aparece el retrato de Paravicino realizado por El Greco en 1609. Aparenta ser un hombre inteligente y culto (tiene un libro entre las manos). Una espléndida pintura que inspiró el poema de Luis Cernuda “Retrato de poeta” al que pertenecen estos versos:

Tú no puedes hablarme, y yo apenas
si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
como si a ver un pensamiento me llamaran.

 

Una cadena de inspiraciones, en fin, entre el teatro, la pintura, la novela, la poesía y, claro, siempre, la realidad.

 

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

7 comentarios en “Un episodio de la juventud de Calderón y un libro

  1. Pues no lo sabía, Jose. No sé cuánto de verdad o ficción hay en los Alatristes (¿habrá una tesis ya en marcha sobre ello..? jeje). De esta saga revertiana solo recuerdo buenos ratos. Desconozco cuántos escritores le han hecho el favor a nuestro Siglo de Oro de dedicarle una obra, y qué pena, porque la época bien lo merece.

  2. No entiendo, Jose, ¿preguntas si El lazarillo es mejor que Reverte? ¿Es eso? ¿O que para conocer la época es mejor leer directamente una que la retrate como es El Lazarillo?

  3. Mm. No sé si debería pronunciarme sobre si El lazarillo es mejor que Reverte, por si don Arturo se ha aficionado a nuestro blog (sin hacerlo manifiesto) y se molesta. En fin, Jose, tanto el pícaro de Tormes como Diego Alatriste me hicieron amenas las horas que pasé con ellos, pero, claro, por utilizar un argumento inexpugnable.. El lazarillo es El lazarillo. Por otra parte, para conocer la época qué mejor que una obra contemporánea, tienes razón, aunque no poco útil resulta una novela posterior en el tiempo pero bien documentada.
    Lo que yo quería decir es que el XVII es un siglo muy interesante y que bien podría dar lugar a más ficción que la que da en este momento, y por eso “agradecía” a Reverte su saga alatristiana.

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