La investigación en tiempos de crisis

“Por una ciencia de calidad y sin complejos”

Por Cristina Garmendia, ministra de Ciencia e Innovación (EL MUNDO, 24/02/11):

En ‘La peste’, de Albert Camus, el Dr. Bernard Rieux, protagonista y cronista de la novela, reúne todos los medios a su alcance para luchar contra la terrible enfermedad que asola Orán. En un episodio memorable, Tarrou, un esforzado voluntario, confiesa a Rieux las razones íntimas que le han llevado a trabajar en silencio y sin descanso por una causa que muchos dan por perdida. El monólogo de Tarrou, que destila algunas de las preocupaciones existenciales del propio Camus, es toda una declaración de principios: no importan tanto los fines como la actitud; no es necesaria una fe trascendente, sino la convicción de trabajar del lado de quienes lo necesitan.

En situaciones de crisis como la actual, el compromiso activo de la comunidad científica con esta tarea es tan vital como la determinación del personaje de Camus. Los científicos españoles han encontrado en los dos últimos años motivos para la desesperanza. Tras la progresión sin precedentes de la inversión pública en I+D, que se duplicó entre 2005 y 2009, el crecimiento se ha frenado como consecuencia de las políticas de reducción del déficit.

En los dos últimos años se han tomado decisiones muy difíciles para garantizar la sostenibilidad de las cuentas públicas. No es posible, ni sería razonable, que la política científica permaneciera ajena a esas decisiones. La austeridad es aplicable a todos los ámbitos de la Administración, y mantener la inversión en I+D con la progresión de años anteriores sólo habría sido posible a costa de socavar otros pilares del Estado del Bienestar, como la sanidad, las pensiones o la educación.

Nuestra ciencia, nuestros investigadores, merecen mucho, pero no todo ni a cualquier precio. Aspiramos a situarles al frente de la sociedad, pero no por encima.

El Gobierno, pese a todo, ha dado prioridad en los Presupuestos de 2011 a las políticas del Ministerio de Ciencia e Innovación, con el objetivo de mantener todas las capacidades científicas desarrolladas en los últimos años. Los programas del Ministerio, principal vía de financiación de las actividades de I+D de universidades y centros de investigación, mantienen una dotación muy similar a la de 2010. Y esto ocurre cuando la reducción media de los presupuestos del conjunto de ministerios supera el 12%. Otras políticas se han tenido que sacrificar para preservar la ciencia.

Conviene, no obstante, mirar más allá de los Presupuestos. La evolución de la investigación española es una de las mayores historias de éxito de la democracia. En solo tres décadas España ha ascendido desde el puesto trigésimo en producción científica mundial hasta ubicarse en el top 10. El número de trabajadores en I+D creció un 36% entre 2005 y 2009, y ese año, el de mayor destrucción de empleo de la Historia reciente, el trabajo en I+D siguió al alza.

Contamos con más personas que nunca trabajando en I+D y con más recursos que nunca por investigador. Hemos situado a varios de nuestros centros entre los mejores de Europa en su especialidad. Uno de cada cinco científicos contratados con cargo a programas del Ministerio procede de otros países, atraído por las condiciones que ofrece España.

Pese a todo, no hemos superado la percepción pública negativa que buena parte de la sociedad tiene sobre el estado de nuestra I+D. Pesan demasiado los victimismos, los complejos y los prejuicios sobre la situación de nuestra ciencia, como la idea de que hay que emigrar del país para hacer ciencia de calidad. España padece un problema de paro del que no se escapa la profesión de científico, pero denunciar una fuga de cerebros es insultar a los miles de investigadores de prestigio internacional que trabajan aquí.

El pesimismo acompaña a la mentalidad española desde el origen de nuestra ciencia moderna. Santiago Ramón y Cajal, que además de eminente científico es uno de los padres de la política científica española, escribía a principios del siglo XX: «Durante algún tiempo todavía (…) la investigación científica en España será obra de abnegación y sacrificio».

Este pronóstico es aún enarbolado por algunos miembros de la comunidad científica y asumido como propio por buena parte de la prensa. Pero añadía Cajal: «Con todo eso, fuerza es declarar que se han exagerado mucho las resistencias morales y materiales opuestas al trabajo científico. Nuestros Jeremías de la Universidad deploran, a veces con razón, la falta de medios, pero más a menudo se quejan un poco teatralmente, adoptando posturas retóricas de abandono y persecución».

Creo sinceramente que cuando la peste de la crisis hostiga nuestra sociedad, cuando más de un millón de familias tiene todavía a todos sus miembros en paro, la dicotomía es simple: podemos trabajar con los recursos a nuestro alcance para que la investigación española sea de la máxima calidad -y contribuya a generar conocimiento de frontera, riqueza económica y empleo para el país- o podemos refugiarnos en la rémora del victimismo; podemos encontrar en cada éxito una motivación para seguir avanzando, o lamentarnos a diario por aquello que todavía no hemos conseguido.

El pesimismo patrio se estrella, como en otras ocasiones, contra los reconocimientos que vienen del exterior. El pasado 26 de enero la Comisión Europea invitó a España a participar en un seminario en Bruselas para presentar, ante todos los Estados miembros, sus estrategias para preservar con éxito el Presupuesto público de Ciencia e Innovación en este periodo de crisis. Días después, la comisaria europea del ramo, Máire Geoghegan-Quinn, felicitaba al presidente del Gobierno por los ambiciosos objetivos españoles en materia de I+D. Nadie espera que nuestra ciencia se concentre sólo en resolver problemas del corto plazo, porque hay investigaciones cuyos frutos pueden tardar muchos años en producirse. Pero sí necesitamos una actitud de implicación con la sociedad que se traduzca en hacer ciencia de la máxima calidad.

Como ministra de Ciencia e Innovación he tenido el privilegio de sentir de cerca ese compromiso de muchos de nuestros investigadores.

Pienso en Francisco Guinea y en María Blasco, que desde el CSIC y el CNIO han trabajado codo con codo, respectivamente, junto a los galardonados con los premios Nobel de Física y Medicina 2010. Pienso en Lluis Torner e Ignacio Cirac, que desde dentro y fuera de España han hecho del Instituto de Ciencias Fotónicas un centro de referencia mundial, capaz de atraer talento y mecenazgo privado de una forma que no conocíamos. Pienso en Carlos López Otín y Joan Oleza, que desde las universidades de Oviedo y de Valencia demuestran que es posible combinar, con la mayor excelencia, una intensa actividad docente con el trabajo investigador. Pienso en Avelino Corma, que además de ser el científico español más citado de la última década, cuenta con más de 100 patentes que generan importantes ingresos al CSIC y, por extensión, a la sociedad española que financia su trabajo. Pienso en las decenas de investigadores de todo el mundo embarcados ahora mismo en la Expedición Malaspina, un proyecto con el que la investigación española en oceanografía y cambio global pone el listón a una altura difícil de superar por otros países.

Ellos también querrían tener más recursos a su disposición -¿hay alguien que no?-. Sin embargo, después de cada premio, de cada publicación de prestigio, de cada patente o de cada nuevo contrato que firman con una empresa, vuelven al laboratorio para investigar con la misma tenacidad y discreción. Y lo hacen porque saben que su trabajo es un ejemplo, como el de Tarrou combatiendo la peste, de lo que ahora más necesitamos: compromiso con el futuro de España.

5 comentarios en “La investigación en tiempos de crisis

  1. Alguien debería decirle a la chica de “El coste de las becas” que se deje de victimismo, complejos y prejuicios…

    http://www.elpais.com/articulo/espana/coste/becas/elpepuesp/20100929elpepunac_32/Tes

    Y a los chicos de “Precariedad, fuente de la eterna juventud”, también…

    http://www.elpais.com/articulo/espana/Precariedad/fuente/eterna/juventud/elpepuesp/20100920elpepinac_10/Tes

    Porque deben dar ejemplo. Porque deben ser patriotas… ¿No? Sí es cierto que en ese intervalo se ha multiplicado la inversión en I+D, que no podemos tener un rango privilegiado. Sin embargo, este llamamiento a la abnegación me inquieta.

    -Por cierto, enhorabuenas a los citados como ejemplo. Especialmente Joan Oleza y Avel·lí Corma, a quienes tengo el gusto de conocer y tratar.

  2. Si, por una parte, es cierto que como miembros de un proyecto que ha sido aceptado en el programa Ingenio-Consolider, debemos estar agradecidos porque esta política de promoción de la investigación no haya sido drásticamente reducida en tiempos de crisis -y máxime cuando nuestro proyecto es de Humanidades y no de ciencia o tecnología, por lo que no ofrece un rendimiento claro de capital económico, aunque sí simbólico-, no es menos cierto que tampoco todo es tan bonito como lo plantea la ministra. Además, me parece un poco cínico que un miembro del gobierno el argumento de que bueno, hay que estar satisfecho, total hay no sé cuántos millones de parados: no airee usted tanto el número de parados, que alguna responsabilidad tendrá su gobierno. Y más allá de este o aquel gobierno, el modelo productivo y laboral español, que ningún gobierno se ha metido a fondo a reformar, y en el que está claro que lo que mueve la economía española no es la innovación ni la apuesta por la tecnología y la mejora de la productividad, sino el clásico ladrillazo, la especulación y el pelotazo.
    De todos modos, como decía al principio, se agradece que la partida para investigación se haya mantenido, dentro de los lógicos recortes, y que se haya apostado por proyectos solventes e innovadores como -modestia aparte- es este del TC/12, que a través de la mención a Joan Oleza la ministra reconoce en su artículo.

  3. Hola José:
    Mire qué curioso, alguien me lo ha dicho. Soy la autora de “El coste de las becas” y, la verdad, le agradezco que haya leído mi texto. No hubiera querido entrar en ninguna polémica con usted sobre mis supuestos “victimismo”, “complejos” y “prejuicios” porque no creo que nos llevara a ninguna parte. Quizá con su comentario pretenda quedar bien con alguien y no seré yo quien se interponga en su labor de buscarse un mejor lugar desde el que observar el mundo, especialmente si lo hace con la bandera de patriota en la mano.
    Le voy a dar un ejemplo ilustrativo de lo que sería ser prejuiciosa. Si yo ahora mismo le dijera que no conozco a ninguna persona en España que viva de la investigación de menos de 35 y que no cumpla una de las siguientes condiciones a) ser becario, b) entrar por enchufe o c) sufrir terriblemente a manos de los que sí entraron por enchufe y, en base a esto, concluyera que ya que usted no se queja, o es becario o enchufado, entonces estaría siendo prejuiciosa. Claro, también está la posibilidad de que usted sea mayor de 35 años, en cuyo caso tengo que poner en su conocimiento -y discúlpeme la brusquedad- que se ha quedado usted un tanto desconectado de lo que nos pasa a los menores de 35.
    Se da la casualidad de que no soy prejuiciosa, mire por dónde, y que a pesar de lo que su comentarios me haya podido hacer pensar, le agradezco su consejo de que debo dar ejemplo y lo seguiré. Así que, víctima de su comentario, no voy a decirle a usted lo que merece sobre los suyos -así dejaré de ser victimista a sus ojos- y, en busca de una solución a los supuestos complejos que usted me atribuye, me voy un rato a la biblioteca en busca de un conocimiento que me aleje, para siempre, de emitir juicios de valor indiscriminados para congraciarme con el poder.

  4. Querida compañera, ¿qué ha pasado?
    Siento haber dado pie a confusión sobre mis planteamientos, pie a interpretaciones sobre mi voluntad de quedar bien con alguien y ganar (con una entrada de un blog) un puesto en la universidad (por ejemplo), y pie a conjeturas sobre mi estatus de becario, de patriota y de mayor de 35 años…

    Me alegra decirte que estamos más de acuerdo de lo que piensas. Voy a ello. Precisamente es la ministra la que habla de victimismo, prejuicio y patriotismo en su artículo. Yo, recogiendo sus palabras, decía que alguien debería decirte a ti que te dejaras de tales vicios… pero ¡¡mujer!! lo digo porque NO son argumentos con los que mejorar y dignificar la investigación, ni con los que reconocer un trabajo necesario, lo digo porque me parecen argumentos absurdos, lo digo porque (parece que) no son conscientes del estado de inestabilidad de los investigadores y especialmente de los becarios.

    ¿¿Cómo voy a decirles también a los chicos de “Precariedad, fuente de la eterna juventud” que no se quejen?? Quejémonos, por supuesto, y hagamos cambiar las cosas. Lo repito: “Este llamamiento (de la ministra) a la abnegación me inquieta”…

    Espero haberte dado una alegría al aclararlo, y lamento no haber sido suficientemente irónico. Créeme que te entiendo…

    Por cierto, enhorabuena por tu artículo.

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