¡Más madera!… e hilo

A día de hoy, nos encontramos en medio de las semanas penitenciales de la Cuaresma, y si viviésemos en el siglo XVII se exigiría de nosotros recogimiento, mortificación y austeridad. Como buenos cristianos deberíamos privarnos de cualquier gratificación y placer, incluido el regocijo y alborozo que suponía acudir a un corral de comedias a asistir a una representación teatral, lo que, por otra parte, nos hubiera sido imposible, puesto que desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, se suspendía cualquier obra de teatro o espectáculo público. ¡¿O quizá no?!

Mientras los autores de compañía aprovechaban el parón para gestionar la contratación de actores, formar nuevas asociaciones, etc., otros, los titiriteros, encontraban en la prohibición pingües beneficios ya que, curiosamente, se les permitía representar durante ese periodo. ¿Quizá porque sus actores no eran de carne y hueso? ¿Porque las damas de madera tallada eran menos turbadoras y sensuales que las Rosauras, las doñas Ángelas o las doñas Mencías representadas por actrices? ¿O por el hecho de que las marionetas no tuvieran alma? No lo sé, en cualquier caso el espectáculo continuaba y lo hacía, fundamentalmente, con la representación de un género bien querido por el público barroco como las comedias a lo divino o comedias de santos. Este género, ya de por sí potencialmente espectacular debido a las ascensiones y vuelos de personajes, a las apariciones celestiales y/o demoníacas, y a la dramatización de truculentos martirios, todavía lo era más en su puesta en escena mediante la máquina real, en donde la ilusión dramática y los efectos especiales alcanzaban cotas más altas y audaces.

Además, la máquina real ofrecía al espectador del corral la fascinante posibilidad de asistir a una representación, a pequeña escala, en la que se reproducía las espléndidas escenografías que se hacían en el teatro del Buen Retiro, con su característica organización visual en perspectiva importada del teatro italiano.

No cabe duda, por tanto, de que, sobre todo en tiempos de obligada abstinencia teatral, las posibilidades que ofrecía la máquina real convertían este tipo de espectáculo en un poderoso reclamo para el ávido público del barroco.

Así las cosas, en mis oídos vuelve a resonar la vieja cantinela en forma de queja en la que me lamento ante el hecho de no poder asistir nunca a una de esas representaciones con títeres ¡¿O quizá sí?!

Pues sí, porque el sintagma “máquina real” no solo designa una modalidad escénica basada en el teatro de marionetas que se representaba en retablos construidos ad hoc para esos peculiares actores, sino también el nombre de una compañía teatral de nuestro tiempo dirigida por Jesús Caballero que, en un trabajo que pude disfrutar en Almería el año pasado, me dejó admirada, sobre todo porque con las prisas del viaje llegué en último momento al teatro y ni siquiera había reparado en qué tipo de espectáculo iba a presenciar.

La puesta en escena de El esclavo del demonio, de Mira de Amescua, fue el que, en un trabajo casi arqueológico por parte de la compañía, se actualizó en ese momento. Se mantuvieron los materiales constructivos originales, utilizando la talla en madera y el policromado de los títeres, las sedas y los terciopelos en el vestuario, asimismo mantuvieron la iluminación simulando un escenario iluminado con candiles, como se hacía entonces. En definitiva, que resultó una propuesta interesantísima que, si tenéis ocasión, no os podéis perder.

Aquí os dejo una muestra para  ir abriendo boca.

Rosa Durá // Universitat de València

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