Arriba, parias de la tierra

A pesar de los caprichos del poder y de las frivolidades de la Historia, el primero de mayo debería celebrar y reivindicar la dignidad en el trabajo. Sirva esta entrada como un aporte mínimo en un país que regresa de Semana Santa con cinco millones de parados…  La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, no bien acaba de penitenciar bajo la lluvia todo un año de abstinencia espiritual, y ya está mirando de reojo el calendario a ver por dónde asoma el verano. En cierto modo, somos un país que camina como como si portara un paso trianero, con toda su crueldad a cuestas.

Hay algunos textos en el teatro clásico que, lejos de la conciencia de clase, lejos de Marx (Karl…), recrean con gran delicadeza, como un cuadro de Millet, las labores del campo:

De las eras; que esta tarde
salí a mirar la labranza,
y están las parvas notables
de manojos y montones,
que parecen al mirarse
desde lejos montes de oro,
y aun oro de más quilates
pues de los granos de aqueste,
es todo el cielo el contraste.
Allí el bieldo, hiriendo a soplos
el viento en ellos süave,
deja en esta parte el grano
y la paja en la otra parte;
que aun allí lo más humilde
da el lugar a lo más grave.
¡Oh, quiera Dios, que en las trojes
yo llegue a encerrarlo, antes
que algún turbión me lo lleve
o algún viento me la tale! (vv. 424-442)

Pedro Crespo, labrador calderoniano, recita esta oda al campo y a la cosecha en El alcalde de Zalamea, con un lirismo que no se adecúa a la condición social del personaje. Es un canto a la dignidad de lo humilde, tema fundamental en esta comedia de Calderón, a la sencillez de la vida lejos del mundanal ruïdo.

Por las notas y comentarios de Cipriano Rivas Cheriff en Cómo hacer teatro; apuntes de orientación profesional en las artes y oficios del teatro español (ed. de Enrique Rivas, Valencia, Pretextos, 1991) nos podemos imaginar a unos actores exagerados, grandilocuentes, en busca de un Pedro Crespo intenso y dramático… Nada que ver; si se estudia la condición y la psicología del personaje, el cómico debe encarnar a un labrador llano, sobrio de ademanes, natural, en definitiva:

«Procuro, sin que desmerezca el lirismo de la poesía, que mi Pedro Crespo no desdiga la llaneza con que se ha de presentar el personaje. Y que, sobrio de ademán, no acompase con los brazos lo que los labios dicen. No es menester que avente y cribe».

El actor no debe acompañar sus palabras con aspavientos ni pretender representar con los gestos lo que dice, como es idea de Andrés Prieto (Teoría del arte cómico y elementos de oratoria y declamación para la enseñanza de los alumnos del Real Conservatorio de Madrid, 1835):

«se deben representar los sentimientos, no las palabras. Mirar al cielo cada vez que se hable de él es afectación […] No hay cosa más empalagosa que los actores que se empeñan en dar valor a todo lo que dice su papel».

Ya nos burlamos en otro momento de la declamación con los brazos en alto de buena parte de la tradición actoral que rehuía de la formación académica. No hurgaremos en la herida.

Ahora podríamos profundizar en esa reflexión calderoniana sobre la conveniencia y legitimidad de pararle los pies al tirano Don Álvaro de Ataide, con el argumento de que la dignidad es una cosa inalienable, que no entra en el mercadeo ni se puede negociar, que nadie por muy capitán que sea o por mucho poder que acumule puede pasar por encima de esta condición.

La relectura en clave laboral me parece directa y, por qué no decirlo, fácil. Las llamadas a la revolución, muy contenida y sujeta a la monarquía en El alcalde de Zalamea, sí tuvieron eco en otras épocas más convulsas de la Modernidad. Hoy sería conveniente recuperar ciertos discursos sociales, leer alguna verdad sobre la vida e incluso escribir una entrada sobre los derechos laborales en un blog sobre teatro de los siglos de oro, tema en un principio muy alejado del mundo…

José Martínez Rubio // Universitat de València

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