Una comedia perdida

El año pasado la Biblioteca Nacional ofreció una exposición de manuscritos aljamiados, descubiertos la mayoría de ellos en el Valle del Jalón, en Aragón. Al hablarle a mi hermano sobre ella, me contó una anécdota familiar que desconocía: allá por mediados del siglo XX mi abuelo estaba trabajando en la estación de tren de su pueblo  (aldea morisca en el mil seiscientos a orillas del Jiloca, en el mismo Valle del Jalón) cuando encontró entre los muros del edificio unos papeles con extraños dibujos y garabatos. Mi abuelo, que era analfabeto, le enseñó al capataz de la obra aquel hallazgo y este le aseguró que aquello no valía nada, que lo echara a la hoguera. Y se acabó. Nos quedará siempre la duda de si esos papeles no serían un manuscrito aljamiado del siglo XVI.

El otro día tuve ocasión de asistir a una conferencia en mi facultad sobre las fiestas cortesanas en el s. XVII. Entre otras cosas se habló de una comedia perdida de Calderón, Don Quijote de la Mancha, representada según el cronista Sánchez Bermejo la noche de martes de Carnaval de 1637 en el Buen Retiro. Qué pena que no se haya conservado esa obra, que ya solo por el título enciende el interés, que hubiera revelado datos importantes sobre la recepción de la historia cervantina, que nos presentaría el amor de don Quijote por Dulcinea en sonetos, un Sancho Panza gracioso en octosílabos y un Rocinante seguramente despeñado en algún monte..

Pienso en la literatura que hemos perdido, en los libros devorados por la ignorancia, el descuido o el paso inmisericorde de los años. Es el vacío al que Alan Deyermond dedicó un libro, La literatura perdida en la Edad Media castellana (1995). Pienso también en la literatura que se ha salvado de milagro, como la Eneida, pues la intención de Virgilio era destruirla, o la producción de Kafka rescatada por un amigo de este, Max Brod. Estas creaciones universales recibieron por fortuna un indulto de última hora, pero me pregunto cuántas grandes obras no sobrevivieron al prurito perfeccionista de sus autores.

En fin, cualquiera que se haya enfrentado alguna vez a la edición de un texto clásico, por pocos problemas que este plantee, sabe lo que son las palabras perdidas: de pronto hallamos una décima de ocho versos en todos los testimonios y nos entristece la certeza de que no podremos conocer nunca esos dos octosílabos que faltan.

Así que editamos con lo que nos queda y el mejor criterio filológico posible, y con lo que nos queda escribimos la historia de la literatura y construimos el canon. Eso sí, siempre podemos soñar que aquello que sabemos que existió y que no tenemos no está perdido sino escondido. Cada cierto tiempo, por ejemplo, se encuentra en algún periódico del s. XIX un cuento nuevo de Emilia Pardo Bazán.  La casa de Barcarrota donde se mantuvo oculto varias centurias un Lazarillo no puede ser la única. Tal vez el Don Quijote de la Mancha calderoniano esté durmiendo en el rincón descatalogado de alguna biblioteca o en las estanterías polvorientas de un palacio moscovita, aguardando con paciencia a que alguien lo descubra.

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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