Cuestión de espacios

“Amor loco, yo por vos y vos por otro”.

“Amor loco, yo por vos y vos por otro”.

“Amor loco, yo por vos y vos por otro”.

Este refrán popular es el leitmotiv musicalizado que resonaba entre las gradas de la cavea del teatro de Sagunto en Valencia el sábado 6 de agosto. Recurrentemente aparecía acompañando los versos de un Lope, que escribió Los locos de Valencia a raíz de su estancia en la ciudad desde la que escribo entre 1589 y 1590. ¿Quién hubiera dicho a tan afamado ingenio que una versión de su comedia iba a subir a las tablas, de la mano de un hombre de teatro como Antoni Tordera, nada menos que entre las polémicas piedras rehabilitadas de un antiguo teatro romano? En palabras del mismo director del montaje, la obra del Fénix resulta ser “un juego escénico muy divertido y carnavalesco”; es un texto “socarrón y acelerado”. Así es, y uno de los mayores aciertos del montaje es, a mi modo de ver, las intercalaciones musicales que agilizan y amenizan la representación, dotándola de una mayor carga burlesca.

En una de esas escenas, los únicos personajes que aparentemente no fingen su locura y se encargan de mantener cierto orden en un hospital plagado de locos (de amor) muy cuerdos, se marcan un simpático baile que el público agradeció con un espontáneo aplauso, lo cual, debo reconocerlo, me sorprendió bastante. Mi acompañante en esa velada de orates, viendo que yo no me sumaba a la ovación, me lanzó con una chispa de sorna un “No seas purista” que me hizo pensar en el modo en que generalmente nos acercamos a la alta cultura.

Veámonos entre las enormes paredes de un museo cualquiera, no caminando bulliciosa y ágilmente, sino avanzando a pasos ralentizados, casi ceremoniales, hasta llegar al lienzo que pende en lo que parece un imaginario altar. Veámonos en una sala de conciertos, con el mismo gesto de contención, susurrando incluso antes de que comience la música y mirando con desaprobación al que osa romper la divina armonía orquestal. Veámonos, por fin, en un teatro importante, asistiendo a una representación de Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea,  o  cualquier otra de nuestras joyas dramáticas, se diría que casi nos cuesta hasta reír las chanzas del gracioso de turno. Tendemos a sacralizar las manifestaciones artísticas, ciertamente, y mientras estamos expuestos a su influjo directo, como si estuviesen recubiertas por una pátina sagrada, no dudamos en adoptar una actitud reverencial que establece un tipo de relación con ese particular objeto.

Así andaba yo pensando mientras los actores recitaban sus versos, cuando reparé en que los espectadores que tenía a mi izquierda sacaban sus viandas y se disponían a cenar (bueno, lo habían hecho momentos antes de que empezase la función, permitidme la licencia), y así andaba yo pensando, cuando vi que los espectadores que tenía tres filas por delante iban y venían en busca de unos mojitos, dispensados, sin duda, por un alojero del siglo XXI (aquí no hay licencia que valga). Los aplausos fuera de turno, los cócteles y los bocadillos… ¿se explican por tratarse de un teatro al descubierto, como el de los corrales? ¿por unas localidades extremadamente incómodas, como debían ser las del público que tuviese la suerte de no ver la representación de pie en los corrales? No sabría decirlo, pero el caso es que seguro que, al menos en cuanto al talante del público se refiere, la noche saguntina se asemejó más a la atmósfera de una tarde de comedia en cualquier corral del XVII que a las representaciones en nuestros teatros a la italiana, lo que no quiere decir que yo no agradezca sentarme en una mullida butaca en vez de hacerlo en un incómodo banco cerca de los vivarachos mosqueteros, cosa que, como sabéis, sería del todo imposible.

Rosa Durá // Universitat de València

5 comentarios en “Cuestión de espacios

  1. Rosa, la simpática reconvención de tu acompañante debería lanzarse más de una vez sobre (o contra) los filólogos de toda índole, es una recomendación muy racional y sanísima… A veces perdemos de vista que nuestro objeto de estudio, la literatura, es para la mayoría de la gente del mundo un artefacto lingüístico con el que entretenerse, pasar un rato de ocio agradable, evadirse, ser feliz, ¿qué hay de malo en ello? ¿El ocio es malo? Lo verdaderamente enfermizo es considerar que la literatura es sagrada, un recinto donde sólo pueden acceder los elegidos, autores y lectores “de verdad”, no lo “otros”, ¿quién pone la línea entre “alta” y “baja”? Y ¿qué intereses o miedos hay detrás?

    A veces me da la impresión de que los intelectuales utilizan la etiqueta “alta cultura” (“no, no, no, yo sólo leo a Kafka y a Pynchon”) como un parapeto o un mecanismo de distanciamiento entre la plebe, la gente normal y corriente, y “ellos”. Consideran, quizá, que esa distancia los hará intocables o imprescindibles socialmente, pero la realidad es que sólo sirve para crear una brecha cultural dañina para todo el mundo. ¿Por qué para muchos es aún un rebajamiento intelectual reconocer que, como a todo quisqui, te apasiona la novela decimonónica, una trama bien estructurada o una historia bien contada? ¿Cuántos prejuicios tendremos que romper todavía hasta darnos cuenta de que todos los jóvenes leen más muros de facebook que novelas o poesía, y poder actuar en consecuencia?

    El caso del teatro es el más evidente: es un arte que necesita a esa gente de bocadillo y cubata, porque si no, directamente, no existe.

    Siempre me ha sorprendido que la única área de investigación literaria que estudia un fenómeno cultural vinculado al éxito entre las clases populares sea el teatro áureo. Se considera una de las cumbres de la expresión literaria española, pero en su momento fue literatura de masas, de consumo, es decir, ocio puro y duro. No era “alta cultura”, apasionaba tanto a las élites como a los más bajos estratos sociales, y los dramaturgos eran plenamente conscientes de ello a la vez que realizaban productos de gran calidad. Total, que sí, que no hay nada más contradictorio con el espíritu del teatro clásico que permanecer horrorizado ante el natural aplauso de la concurrencia. ¿No le dio Lope la razón en su “Arte Nuevo” hace 402 años? ¿Vamos ahora a enmendarle la plana al Fénix? Mejor, aplaudimos y a pasarlo bien.

  2. No aplaudirás, pero a la vez sabes que, en cierto modo, hacen bien las gentes en ser pueblo. ¡Cómo nos cuesta desprendernos de esa intocabilidad de la literatura! A mí también me cuesta aplaudir, Rosa, pero en el fondo estoy deseando hasta que me saquen a bailar!

  3. Si me lo permitís, tengo una opinión distinta. Me parece estupendo que cada quien disfrute de las obras que quiera y como quiera, lo importante es que se acerque a la literatura (al arte en general) y que se recree con él; ahora bien, no sé hasta qué punto eso de comer durante una obra de teatro o beber unos mojitos no es más una falta de educación que otra cosa. Sé que es una exageración, pero no quiero que en las salas del Museo del Prado se acaben abriendo barras de bar “porque es lo que le gusta a la gente”, o en la exposición de Antonio López alguien le quite el papel albal al bocata que se trae de casa. Queda bonito eso de “revivir el ambiente del corral de comedias”, pero si nos exigimos apagar los móviles para no molestar, también debemos ser respetuosos en todos los aspectos con la experiencia artística que están viviendo los demás.
    Siento el tono pedantesco y elitista de este comentario, amigos, pero es lo que pienso🙂

  4. Estamos de acuerdo en parte, Isabel. Yo es que no me refería al hecho literal de comer o no un bocata en el teatro (el caso de Sagunto es particular, pues al ser un teatro enorme a cielo abierto permite ciertas licencias que en el de caja italiana serían un poco más complicadas por molestas), hacía una reflexión más allá del caso concreto.

    En todo caso, me interesaba la cuestión del aplauso espontáneo y natural del público común ante una escena que causó entusiasmo, una reacción que para Rosa supuso un rompimiento de sus expectativas sobre el comportamiento adecuado ante una obra clásica, según deducimos de su post. Yo sólo digo que prefiero ese aplauso a que al teatro sólo vayamos los cuatro especialistas frikis de turno, vaya, por decirlo coloquialmente (y que conste que para mí friki es sinónimo de hiper apasionado por algo, para nada tiene un sentido negativo, ojo). Añado (no quiero ser más prolija) una cita de Brecht: “El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento”.

    • Queridos amigos y compañeros, estoy encantada con vuestros comentarios y veo que he tocado un tema delicado que ha despertado vuestro interés. Mi entrada, creo, es susceptible de interpretarse desde ambos puntos de vista, y era lo que perseguía: ser ambigua (si se lee atentamente se encuentran pruebas para las dos posturas) ¿En realidad? Primero autocrítica, por mi “elitismo”, algo de lo que a veces cuesta más desprenderse que de esos quilos que se cogen en verano; segundo, poner sobre el tapete la peliaguda dificultad de encontrar cierto equilibrio entre un “excesivo” respeto, y/o veneración hacia el arte, que en demasiadas ocasiones se convierte en un podio sobre el que alzarse por encima de la “media”, y un “excesivo” respeto hacia los distintos modos de experiencia artística –irrespetuosos muchas veces– que perturban la nuestra propia.

      Rosa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s