Barroco Quiteño

Bautismo de indígenas. Convento de San Francisco. Quito.

«La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta».

Estupendo arranque para un ensayo peleón del año 71 (los años de la batalla…) que con el título elocuente de Las venas abiertas de América Latina consagró un lamento continental que todavía se actualiza y se amortiza en la región. Se llamaba Galeano. Reinaldo Arenas lo había nombrado “el testaferro de Fidel”. Aquí tenemos para todos…

El caso es que sí, que los europeos del Renacimiento llegaron (3ª pers. pl.) con la cruz y la espada, y sometieron a los pueblos indígenas, haciéndolos especialistas en la derrota y el expolio. Y a lo largo de los siglos esa identidad latinoamericana ha basculado entre lo local y lo foráneo, lo indígena y lo criollo, el tamal y la cocacola, Evo Morales y Shakira, el Che Guevara y Cantinflas, Vargas Llosa y Wendy SulcaCada pueblo tiene sus propios demonios, y lo siento mucho.

El caso es la combinación Agosto+Iberia me llevó a más de 8000 kilómetros este verano hasta dar conmigo en la Plaza de San Francisco de Quito. Había esos días un VII Congreso Internacional de Literatura: memoria e imaginación en Latinoamérica y el Caribe, lo cual, aparte de enriquecedor en lo personal y en lo profesional principalmente, se convirtió en la excusa idonea para conocer la tierra de Atahualpa, de Santa Mariana de Jesús y de Pablo Palacio.

Quito es un lugar fantástico, y eso no lo dice la Wikipedia. El centro histórico es todo un alarde de racionalidad renacentista, matemática pura aplicada al urbanismo: plazas mayores, puertas con escudos en el frontispicio que se abren a patios castellanos donde pudo haber hasta comedias, calles perpendiculares, paralelas, ascendiendo vertiginosamente por las montañas que circundan la ciudad y que dejan un reguero de casitas bajas ordenadas hasta perderse entre las nieblas andinas, que ocultan la amenaza dormida del Cotopaxi.

La conquista, una vez Pizarro engañó y asesinó al emperador inca, acabó con la antigua ciudad y convirtió a la Real Audiencia de Quito en uno de los territorios más importantes y ricos del Imperio. Enseguida a la capital llegaron los franciscanos, los mercedarios, los jesuitas, los dominicos y los agustinos a rescatar almas, y con ellos traspasó el Atlántico toda la imaginería religiosa del barroco español.

Para propagar la fe y educar en los dogmas, el arte sirvió como foco de admiración y de temor, de conmoción y de asombro, para hacer entrar a los nativos en los nuevos esquemas ideológicos y teológicos de los conquistadores. El arte sereno y tranquilo del Renacimiento se quedaba atrás frente a un barroco que exhibía el poder y la ostentación de una Corona excesiva y excedida. La Iglesia de San Francisco (1550-1680) o la impensable Iglesia de la Compañía (1605-1765) son el culmen de la fascinación barroca, la demostración inapelable de un poder forjado a base de fanatismo y recubierto con pan de oro.

La pura ostentación del movimiento se combinó con temas y tonos propios de la región andina: rostros indígenas, paisajes autóctonos, colores brillantes, animales como llamas o cuys –en vez de cordero pascual…-, iconos como el sol para los incas, estampados de dudosa aceptación en Toledo, etc.; mestizaje que dio lugar a lo que se conoce como “barroco quiteño”, que contó incluso con su propia escuela de artes y oficios.

La mañana que llegué a Quito bajé del taxi –me había recogido un taxista que acababa de llegar de 11 años de trabajo en Madrid- en la congestionada plaza de San Francisco, entre limpiabotas y autobuses, vendedores de hojas de coca y turistas que paseaban en medio de una exposición fotográfica al aire libre. Merodeé por los alrededores, saqué unas cuantas fotos y me dirigí ingenuamente al convento de los franciscanos. En la entrada, antes de pagar 2 dólares, la imagen que encabeza esta entrada ya avisaba de que aquel lugar atraparía para siempre al visitante. Y así fue. El amplio claustro se punteaba con palmeras tísicas que sobresalían por los tejados, verde sobre verde de las colinas ecuatorianas; los corredores, bajo los arcos, resguardaban pinturas de capitanes y señores castellanos al lado de sus tumbas; de vez en cuando algún retablo carcomido; en algún rincón una exposición de pasos de Semana Santa, de cuadros evangelizadores; en algún momento una escalera que subía hasta el coro de la Iglesia… y allá en lo alto, abismando la mirada, todo un templo que se cerraba sobre el ingenuo turista, yo, aplastado por la prolijidad y por el brillo de las naves, por la acumulación de formas, por la estridencia, por la excesividad.

Salí abrumado y callejeando llegué a la Iglesia de la Compañía. No había decidido ser el típico turista religioso que parece que se lleva ahora…, aunque compartamos el mismo entusiasmo, y sin embargo entré en este segundo templo. 3 dólares. El paraíso barroco. Si la admiración del primer templo fue grande, aquí se redobló, encerrado como estaba en un templo de oro y cedro que no parece lo que es detrás de su fachada de piedra volcánica. Una chica me acompañó durante media hora y me dio todo tipo de explicaciones técnicas sobre las capillas, las campanas, los querubines, el incendio del siglo pasado, el traslado del colegio de los jesuitas a otro colegio, la próxima reconstrucción de la antigua torre… Había viajado ocho mil kilómetros para llegar a un mundo de hace cuatrocientos años.

El resto de días los pasé entre sesiones de literatura latinoamericana y escapadas al centro colonial para recuperar esas emociones iniciales. En el viaje de vuelta me encontré con bastantes ecuatorianos que volvían a España (digo volvían, claro), unos cuantos ya con pasaporte español. No sé si la fascinación es de ida y vuelta, imagino que no. La señora que se sentó a mi lado en la sala de embarque del Mariscal Sucre en cierto momento me preguntó si me había gustado su ciudad. Le dije que ni se podía imaginar, que al llegar a España iba a escribir algo sobre Quito, que me parecía un lugar fascinante. Creo que se pensó que yo era alguien interesante o importante, algún escritor quizá, sobre todo cuando saqué mi portátil y pregunté si conocían la clave wi-fi…

Los españoles llegamos medio mintiendo y yo me fui medio mintiendo también, aunque visto con ecuanimidad, una media mentira contiene media verdad, y al final sí salió algo quiteño. Quien sabe si esa señora leerá este blog (lo dudo, o al menos dudo que escriba algún comentario, seguro, habida cuenta de la poca intervención de tanto lector que dicen las estadísticas que hay…). Quién sabe si está esperando que en España salga una buena novela sobre su ciudad. Quién sabe si está esperando que la “metrópoli” “descubra” de nuevo, más allá de los prototipos ecuatorianos a que reducimos esa colonia de trabajadores que viven aquí, la maravilla que es esa ciudad. Quito es un lugar fantástico. Deberían decirlo en Wikipedia.

José Martínez Rubio // Universitat de València

3 comentarios en “Barroco Quiteño

  1. Jose, qué bonita la entrada y qué interesante parece todo lo que viste en Quito. Simpáticos los links (todo pueblo tiene sus demonios, sí..).
    Quién sabe si esa señora del aeropuerto da alguna vez con este blog, la realidad supera muchas veces cualquier cosa que se pueda imaginar🙂

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