La controversia sobre la licitud del teatro

Madrid, 1630 y algo. Una mañana a esa hora en que casi no hay sombra. Cielo azul,  golondrinas y mucha gente en el mentidero de las Gradas de San Felipe. Mosqueteros, pobres, lisiados, vendedores, hidalgos, pícaros. Hablan de lo humano y lo divino, mienten, a veces dicen verdades, inventan historias, se elogian o se envidian. Don Luis de Villagrande (noble, vago, golilla siempre impecable y andar pausado)  y el Padre  Tamargo (franciscano, serio, hábito siempre impecable y andar grácil) conversan mientras caminan, se detienen, caminan.

– Le digo, don Luis – el Padre Tamargo juega con el cordón que le ciñe la cintura- que las comedias, en fin, son espectáculo bochornoso. Solo hallo en ellas deshonestidad, casos de amores ilícitos, adulterios y jóvenes licenciosas. ¡Cuánta inmoralidad, don Luis, cuánta…!

– El pueblo necesita divertirse, Padre, y gusta de ver sobre las tablas esos lances, representantes jóvenes, bailes… Como dice Santo Tomás, “Ludus est necesarius…”

– “Ludus est necesarius ad conservationem vitae humanae” – le interrumpe el Padre – Lo sé. Pero ¡cuánta inmoralidad en esos corrales! Abandono a las leyes infames de Venus.

Esquivan un grupo de pilluelos que se interpone en su camino. Don Luis carraspea:

– No sea tan severo. A la humilde tabernera, al desdichado mosquetero, a la aburrida mocita, el teatro les sirve de distracción y de enseñanza…

– ¡De enseñanza de vicios! ¡De enseñanza, de enseñanza…! ¿Qué pueden enseñar los recitantes? ¿Con qué propiedad una vil mujercilla finge ser la Virgen María? ¡Ay, los farsantes! Los farsantes están hechos a la ociosidad y a la vida gallofa. Y los bailes ¿qué me dice Vuesa Merced de los bailes? Los bailes arrojan fuego de torpe lascivia.

Don Luis sonríe: le divierte la elocuencia de su buen amigo franciscano.

– No le digo yo que ese que llaman escarramán…

– ¡El escarramán! – el Padre Tamargo alza los brazos, sobresaltado – ¡No me hable del escarramán! Y no solo el escarramán. También las caponas, las chaconas, los guiños…

– Los bailes son alegría. Y la música. Son la sal del teatro. Repare, Padre, en la música, en la poesía, en los conceptos.

El Padre Tamargo baja la vista al suelo. Un hombre que avanza con muletas les pide limosna.

– Repare Vuesa Merced, don Luis, en las mujeres vestidas de hombre. ¡Cuánta inmoralidad!

– Y bien que reparo en las mujeres vestidas de hombre – sonríe don Luis – Con los bailes, son la sal del teatro.

– Las comedias tratan cosas torpes, infames y sujetas al pecado.

– Las comedias, Padre, son lucimiento del ingenio de los poetas. Son agrado de los que saben de letras y de los que no. Es necesario algún juego para la vida humana…

– Me vuelve Vuesa Merced con Santo Tomás.

– Gracias a las comedias se pagan los hospitales.

El franciscano enreda los dedos en el cordón del hábito, mira hacia un aguador encorvado por el peso de los cántaros, luego a un grupo de mosqueteros que discuten cada vez más enardecidamente, las manos en el puño de las espadas, y que llaman la atención de los curiosos… que son casi todos los allí presentes. Al fin vuelve la vista hacia su compañero, quien le pregunta:

– ¿Qué me dice, Padre? ¿No reconoce la necesidad del teatro…?

– ¡El teatro…! – Toma aire con un gran aspaviento- ¡Asuntos impuros, mil artificiosos enredos, rondas, músicas, paseos, dádivas, escondidos, tapadas, burlas, visitas, mentiras, engaños! ¡Y cuántas cosas dejo de referir por su deshonestidad! – Mira con los ojos muy abiertos a don Luis- Autores, representantes, poetas… ¡Deberían negárseles los Santos Sacramentos de la Iglesia!

Se quedan en silencio. Caminan un rato sin hablar. Una golondrina vuela piando muy cerca de ellos, confiada. El grupo de mosqueteros, encedidos hacía un momento, se separa, apartando las manos de las armas. El aguador llena despacio el jícaro de un muchacho. Solo un murmullo tranquilo en San Felipe. Don Luis sonríe:

– Hermosa mañana.

– Sin duda – el padre Tamargo mira alrededor.

– Corren cañas esta tarde, Padre.

Silencio.

– Y también representan en el corral del Príncipe -comenta al fin el franciscano, mirando al suelo -Un estreno. Buen título. Parece… interesante.

Don Luis le mira divertido:

– Es de Calderón, Padre.

– Tal vez… – enreda los dedos en la cuerda tosca con tanta fuerza que se le enrojecen las yemas- tal vez… acepte Vuesa Merced acompañarme esta tarde al corral.

Don Luis reprime una carcajada:

– Como guste, Padre.

– Para observar las inmoralidades y la torpeza del asunto, don Luis.

– Lo sé, Padre… Lo sé.

– Pues bien… Veremos qué obscenidades muestran al vulgo, qué bailes desgarrados y mujercillas vestidas de hombre.

Siguen caminando, confundidos entre la multitud, dos hombres más entre tantos que en aquel mentidero hablan de lo humano y lo divino, que dicen la verdad, que mienten a veces, que inventan historias, que conversan.

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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