Tías beatas y hermanas culteranas

“Galán conquista dama con una pasión fingida para ayudar a un amigo en la consecución de su amor”

Este sería el esquema argumental sobre el que se inscriben múltiples tramas (sobre todo, secundarias) del teatro áureo español.

He aquí dos ejemplos de dicho patrón con desenlaces muy distintos:

El acero de Madrid de Lope de Vega es una comedia urbana, de enredo. Belisa y Florencio se aman. Para verse en secreto y libremente, la joven idea una treta: se hace pasar por enferma de opilación y, para sanar, un falso doctor sirviente de Florencio le aconseja largos paseos campestres a la sombra de los árboles (“pasear el acero”, es decir, el jarabe mezcla de agua y hierro que se tomaba para curar la opilación). Durante estos paseos, sólo hay una barrera que impide a los dos enamorados gozar de sus cuerpos y espíritus sobre la frescura del soto: la dueña Teodora, una mujerona puritana hasta la médula y extremadamente perspicaz.

Florencio pide a su mejor amigo, Riselo, ya comprometido con Marcela, que seduzca  a Teodora falsamente con un claro objetivo: entretenerla mientras él y Belisa se esconden juguetonamente entre los arbustos (se esconden tanto y tan bien que Belisa quedará embarazada antes del matrimonio; sí, entonces estas cosas también pasaban). Gracias a Riselo, el carácter de Teodora da un giro de 180 grados, abandona circunspección y acritud, se convierte en un ser tolerante y compresivo con el amor de su sobrina. ¡Ella también está enamorada! El discurso de Riselo en medio de un escenario bucólico provoca un efecto dulcificador en el corazón de escapulario de Teodora. Se trata de un verdadero ejemplo de retórica amorosa en adaptación socarrona de la descriptio puellae clásica:

Ese monjil de estameña,
hábito beato y grave.
Ese donaire suave,
que hará manteca una peña.
Esa dulce gravedad,
ese claro entendimiento,
ese honroso fundamento
de virtud y honestidad.
Esos ojos regalados,
tan estrellas de mi empleo,
que cuando ayuna el deseo
se los da amor estrellados.
Esa boca ilustre y bella,
coral, sangre y pura rosa,
que jamás ha hablado cosa,
que no la echase por ella.
Esa nariz rubicunda,
que por única nariz,
merece hacerle un telliz,
que le sirviese de funda.
Esa bien puesta garganta,
donde de esa toca el punto,
tiene al amor todo junto,
con la argolla a la garganta.
Esos pechos a quien paga
pechos amor, cuando juega
del vocablo, y con que ciega,
tira, prende, mata y llaga…
¡Me tienen muerto de amor!

Sin embargo, parece que Lope no acaba de profundizar en la psicología del personaje de Teodora, ya que, tras descubrir el embuste amoroso de Riselo, la pobre tía beata, lejos de indignarse, parece aceptar el engaño sin más (¿pero qué clase de tía beata, después de estar entre la mieles de la pasión, se cae del burro sin lloros ni pataleos? ¿O es que ella también sabía que la cosa iba en broma y se dejaba llevar mientras durara?). En cualquier caso, la historia entre Riselo y Teodora no termina bien.

En No hay burlas con el amor, de Calderón de la Barca, otra comedia de enredo, sí hay happy end para una relación que comienza como una farsa por parte del galán con el único objetivo de ayudar a su amigo. Leonor y Beatriz son dos hermanas muy distintas. Leonor es bella e ingenua, el modelo ideal de mujer del sistema patriarcal, y Juan la pretende; Beatriz es un extraño ejemplar al margen de los patrones femeninos. Ciertamente, es tan hermosa como su dulce hermana, pero ella no adora los hombres, sino la lectura y la escritura. Es una joven docta de gran personalidad, sensible, inteligente y recta, como un Góngora con tirabuzones. No se come un rosco pero tampoco lo necesita ni lo busca, sus lecturas y sabiduría la hacen autosuficiente. Pero el amor, ay, el amor, ¿quién puede permanecerle ajeno? Lo que empieza siendo un encargo ingrato para Alonso, acaba en felicidad para él y Beatriz, uno de los personajes femeninos más singulares de Calderón. Así la describe Juan a Alonso:

Beatriz, de Leonor hermana,
es el más raro sujeto
que vio Madrid, porque en él,
siendo bellísima, y siendo
entendida, están echados
a perder, por los extremos
de una extraña condición,
belleza y entendimiento.
Es doña Beatriz tan vana
de su persona, que creo
que en su vida a ningún hombre m
iró a la cara, teniendo
por cierto que allí no hay más
que verle ella y caerse muerto;
de su ingenio es tan amante
que, por galantear su ingenio,
estudió latinidad
e hizo en castellano versos;
tan afectada en vestirse
que en todos los usos nuevos
entra, y de ninguno sale.
Cada día por lo menos
se riza dos o tres veces,
y ninguna a su contento.
Los melindres de Belisa,
que fingió con tanto acierto
Lope de Vega, con ella
son melindres muy pequeños;
y con ser tan enfadosa
en estas cosas, no es esto
lo peor, sino es hablar
con tan estudiado afecto
que critica impertinente
varios poetas leyendo;
no habla palabra jamás
sin frase y sin rodeos;
tanto que ninguno puede
entenderla sin comento.
La lisonja y el aplauso
que la dan algunos necios,
tan soberbia, tan ufana
la tienen que, en un desprecio
de la deidad del amor,
comunera es de su imperio.

Teodora y Beatriz son mujeres en el límite. No son el prototipo de dama conquistable y, precisamente por eso, queremos que las conquisten. Nos generan ternura porque están expuestas a la burla de los caballeros, porque las sabemos “defectuosas” según marca el canon. Pero también son seres humanos con derecho al amor.

Al esquema “Galán conquista dama con un amor fingido para ayudar a un amigo en la consecución de su amor” se le da una interesante vuelta de tuerca en El curioso impertinente de Guillem de Castro, basado en un cuento popular del que también bebe Cervantes para su novela ejemplar. Dos amigos y una mujer. Anselmo quiere poner a prueba el amor de su esposa y obliga a Lotario a seducirla para comprobar si ella cae o no… El amigo ha de simular amor por una dama, pero aquí la dama es la mujer del protagonista y el falso amor acaba convirtiéndose en verdadero a fuerza de fingir. Y es que ya se sabe, “tanto va el cántaro a la fuente…”.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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