Monólogo del secretario cómico

Casi consumida la vela a cuya luz escribo y todavía jornada y media por delante. Hay comprometida una comedia para las fiestas de una Virgen en la villa de… No recuerdo, estoy harto fatigado. Aquí de nuevo habla el gracioso, quince versos le ha dado el poeta, pues pongámosle treinta para que se luzca Melocotón. Es lo que más gusta; de lo demás, ni hablamos. Casi dos años llevo ya en la compañía: aún no he visto tarde en que la gente saliese contenta del corral; lo que veo son bostezos,  muecas de los mosqueteros, y, alguna vez, lluvia de cosas arrojadizas.

Recuerdo el día en que acudí a don Bartolomé con tres comedias recién escritas: se echó las manos a la cabeza, y que si andaba aún en tiempos del Rey Philipo II, que cómo cinco jornadas, y tantos teatros vacíos, y todo en octosílabos. Su reacción fue la misma que la de los otros cinco autores a los que les había enseñado mis papeles. Pero en lugar de despedirme deseándome mayor benevolencia de las musas, me dijo que necesitaba alguien de clara pluma para sacar traslado de los manuscritos que le vendían los poetas, y que, si no talento, sí que se me veían trazos limpios. Desde entonces he pasado muchas noches como esta, reescribiendo para la compañía de don Bartolomé comedias de tres jornadas, como han de ser.

Rosa, Estrella, Laura, Inés, Ángela y Marcela, seis que se van a quedar en tres, pues no hay aquí hembras para tanta persona. Llegan papeles tan cargados de mujeres que más parecen comitiva de Reina que comedia. Antonia hace siempre de tercera dama; aunque ya no es tan hermosa como Clara, primera dama, ni tan joven como Lucía, la segunda, ando perdido desde que la vi. Por eso le pongo más versos que a ninguna. Suena extraño cuando se recita la comedia entera, a don Bartolomé se lo llevan los demonios y Lucía sufre de envidia y de despecho… pero es mi hábito y no pienso mudarlo.

Otra vez habla el padre: tachón y ahora es hermano. Resulta que ni a don Bartolomé, que además de autor es recitante, ni a Félix, primer galán, les platean las sienes todavía, así que nadie puede hacer de viejo. Yo le digo a don Bartolomé que es más fácil comprar una barba postiza que trocar todos los padres en hermanos, que luego no sale bien el argumento… Imagino yo que esto lo hace para que tenga algún papel Pedrico, un mancebo imberbe que se nos unió en Fregenal de la Sierra. Pedrico sirve además de guardarropa, músico y apuntador, aunque voto a tal si sabe algo de eso. Una vez sacó un turco en cuello de cristiano; cuando apunta se le oye más que al que recita, y los pasos de chirimías y tambores hace tiempo los borro todos para no dar ocasión a su genio músico… Además de que chirimías tampoco hay en los baúles y en su lugar tocaba una flautilla; tampoco hay arcabuces, ni cadenas, ni bufete, y como me es imposible cambiar los versos en que se mientan sin dañar la fábula, algunas comedias parecen retablo de las maravillas y no gustan, que nadie entiende cómo se puede cumplir recado de escribir apoyando el billete en el aire.

El galán ha de hablar menos. Todo lo que Félix ha de buen mozo lo ha de poca memoria, y los sonetos se quedan siempre en ocho versos, las décimas en nueve y aun hubo redondilla que en tres, que es para más vergüenza. En el teatro ni se muda a sí ni mucho menos al oyente, y la misma cara tiene en pasos de amores que en duelos. Si hay espadas no oculta que todo es fingido y que no le va la vida en ello. Si le mandan esconderse en alacena, porque en ese momento llega el hermanico de la dama a vengar la honra de esta,  la parsimonia en persona. Dicen que bebe los vientos por Clara, primera dama, mujer de don Bartolomé; a este le toca muchas veces representar el amigo del galán, pero mejor hiciera de enemigo, con tal rencor lo mira cuando le confiesa amores en romance. Por mí, como si se arrancan las guedejas, con tal de que no se les pase por el magín mi Antonia. Melocotón no me preocupa, que más mira al patio que a la cazuela.

Llego casi al término del manuscrito. El final se acorta porque lo manda don Bartolomé, y es en lo poco en que le obedezco. Hay casi más tinta en mis dedos que en los papeles, pues algún borrón dejo caer. Luego se quejan de que no se entiende. Yo digo que poco importa, que tampoco se entiende qué son hipogrifos y crepúsculos y lo escriben los ingenios. Eso sí, yo cambio alegorías por burlas e hipogrifos por burros, aunque a veces me salga el verso corto. Y termino. En unos días oirán la comedia en un corral, y pienso yo que más le gustaría al vulgo si hablásemos en prosa de nosotros mismos y de por qué tantos desvaríos sobre las tablas, pues los recitantes somos personas y, en fin, todo tiene su explicación.

 

 Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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