De una biblioteca oxoniense

Antes de venir a Oxford me atreví a preguntar si en sus bibliotecas encontraría el material necesario para proseguir mi Tesis. Pensaba que las estanterías de literatura española albergarían decenas de ejemplares de Todas las almas,  la novela de Javier Marías ambientada en Oxford de la que todo el mundo me había hablado, algún Quijote y, con suerte, una edición de La vida es sueño. Pese a mi preocupación por que bibliotecas tan ricas en fondos antiguos carecieran de bibliografía especializada, pasó un tiempo hasta que pisé la primera library. Hay excusas: al principio la ciudad me distrajo con sus Colleges y sus parques, y solo podía pasear y pasear, Turl Street, Worcester Gardens, High Street… Hasta que un día levanté la mirada, me encontré con la expresión terrible de una de las cabezas esculpidas en la entrada del Sheldonian Theater y me estremecí al notar que silenciosamente me decía: “Trabaja”. Y ahora, ay, casi todos mis paseos terminan en ese bello rincón de Broad Street.

La biblioteca Tayloriana me deslumbró nada más entrar. Me sentí como si hubiera coqueteado con varios sitios oxonienses llenos de encanto, pero por fin hubiera encontrado el mío. Los libros llegan hasta el altísimo techo en ornamentadas estanterías de madera; un corredor con barandilla al que se accede por escaleras de caracol circunda toda la estancia, y el suelo de moqueta, la mesa del centro y una señorial chimenea dan la sensación de que estás en el salón de la casa de alguien muy erudito y elegante. Al volver a la realidad le comenté a una chica muy sonriente del Main Desk que era mi primera visita, y la chica muy sonriente le pidió a una señora muy seria que me enseñara los fondos. La señora muy seria me llevó a otra sala, me preguntó qué me interesaba, le dije “Spanish literature, Golden Age”, me dijo “Quevedou!”, le dije: “¡Calderón!” y me dijo: “Lope de Vega!”. Terminada aquella profunda conversación literaria me condujo hasta los libros de literatura española, y al reconocer en los lomos la secuencia tan familiar Calderón Calderón Calderón Lope Lope Tirso me hubiera sentido en mi facultad de Santiago de no ser porque desde las ventanas se veía la fachada neoclásica del Ashmolean Museum.

La señora seguía hablándome muy seria mientras yo admiraba la cantidad de libros sobre teatro clásico español que abarrotaban las estanterías y en mis manos caía por mágico azar la edición centenaria de una obra que me interesa no poco últimamente. La señora seguía hablándome mientras yo asentía sin enterarme de nada y hojeaba aquel libro de tapas verdes. Salí de los fondos, hojeé a mi gusto el libro en la sala de lectura y me dirigí al Main Desk para pedirlo prestado. La señora seria me miró casi tan terriblemente como las testuces del Sheldonian, pues, al parecer, ya me lo había explicado antes. Dada la simplicidad de todos los hábitos anglosajones, el trámite no debía hacerlo en ese Main Desk, sino en otro desk, y me indicó dónde se hallaba con una prolija explicación de la que yo, dada mi facilidad para perder el hilo de las conversaciones, solo retuve la palabra upstairs o downstairs, y me quedé pensando si en español había un equivalente para tales vocablos, de modo que cuando terminó la explicación no sabía si el desk en cuestión se hallaba upstairs, downstairs ni  de qué stairs se trataban. Pero un “I don´t understand” hubiera acabado con la paciencia de aquella mujer y había que respetar el silencio de la sala, así que decidí descender las primeras escaleras que vi, deseando que la misma casualidad que había traído hasta mí el admirable libro que llevaba en las manos me hiciera esta vez acertar con el camino. De ese modo emprendí una catábasis en la biblioteca Tayloriana, por una escalera de caracol que bajaba varios pisos, todos llenos de libros.

Indagué en cada uno de ellos en busca del desk donde me harían el préstamo. Libros y libros, viejos, grandes, pequeños, gruesos, nuevos, minúsculos, libros y libros y libros. Como tengo cierta tendencia a pensar en cosas agradables y tranquilizadoras, imaginé qué pasaría si un incendio devastara todo aquel tesoro de conocimiento, si aquellas miles de páginas de arte y saber se redujeran un mal día a cenizas (y el pobre Sir Robert Taylor atrapado en el marco de su retrato en las escaleras del edificio, indefenso en medio de la tragedia); también pensé que si internet nos ofrece la posibilidad de conservar los libros de los avatares del tiempo y de acceder a ellos en cuestión de segundos, libre y gratuitamente, era obligado que nos tomásemos en serio la digitalización de las bibliotecas. Dentro de nada nos parecerá absurdo que para consultar un libro tengamos que desplazarnos a tal lugar o pedirlo prestado. Y así llegué hasta el último piso de la Tayloriana, y volví a subir, y volví al Main Desk, evité la mirada de la señora muy seria y me dirigí a la chica muy sonriente, que, casi de la mano, con maternal compasión, me condujo al mostrador de préstamos.

Uno de estos días, mientras caminaba con unos amigos por la orilla del río Cherwell, se me ocurrió una idea fantástica pero no por ello sensata para acelerar la digitalización de las libraries oxonienses y, a la vez, las cambrigenses, que no deben de ser más escuálidas. Ya que es célebre (pero no sé cuánto tiene de real y cuánto de teatral) la rivalidad entre Oxford y Cambridge, e igual que todos los años se organizan regatas entre estudiantes de ambas universidades, podría animárseles a competir en la digitalización de sus bibliotecas: a ver quién digitalizaba más y en menos tiempo.

Digitalizar para los lectores e investigadores –un tipo deformado de lector-, por los libros y la cultura, que en tiempos tan tormentosos como estos es al mismo tiempo barco que hay que salvar y tabla de salvación. Y digitalizar es deseo común a muchos; incluso me gustaría preguntarles un día a la chica sonriente y a la señora seria del Main Desk de la Tayloriana qué piensan del tema, y al respetable Sir Robert Taylor, que quizá esbozase una media sonrisa desde su cuadro… pues la imaginación anda encendida y traviesa por los encantos de la ciudad de Tolkien y Lewis Carroll, su arquitectura de cuento, sus parques amenos y los libros de sus bibliotecas.

 Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

5 comentarios en “De una biblioteca oxoniense

  1. Un consejo de amigo: si todavía estás a tiempo, pide que te sirvan los libros en la sala de lectura que es la antigua Duke Humphrey’s library.

    Abrazos desde Madrid

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s