El “gochujang” del teatro

¿Se puede opinar sobre el sabor y la textura de la gastronomía coreana sin haberla probado nunca? Uno podría documentarse exhaustivamente, leer todos los tratados y monografías sobre la comida en Corea, convertirse en un auténtico erudito en la materia, y ofrecer, entonces, una opinión fundada en su amplísimo bagaje libresco. Pero sin haber sentido jamás, en la punta de su lengua, el intenso sabor del gochujang.

¿Es lícito dar nuestro punto de vista sobre algo de lo que sólo se tiene un conocimiento indirecto? Yo me preguntaba cómo podía ser capaz de escribir una tesis sobre puesta en escena sin haber nunca participado personalmente en un montaje ni subido a un escenario para interpretar un papel. ¿Se puede hablar de la práctica desde la más pura teoría sin conocimiento de causa en primera persona? Claro que sí, todo el mundo lo hace continuamente. Pero a mí me provocaba un ligero chirrido interior, algo así como vergüenza ante la polvorienta erudición de butaca. ¿Para qué se hace una tesis, si no es para aprender de la forma más intensa y profunda posible?

Adolfo Marsillach se mofaba de los críticos y estudiosos del teatro que opinaban cómodamente desde la platea, pero eran incapaces de enfrentarse al teatro desde el sudor y el riesgo. Juzgar el trabajo de los demás, en realidad, es una tarea bastante agradable. Porque, aunque está claro que tanto el artista como el crítico “se mojan”, uno lo hace bastante más que el otro. Cuando Eduardo Vasco lanzaba su desafiante eslogan “pues hazlo tú” ante las críticas del público en las mesas de debate de Almagro, detrás del tono un tanto agresivo vibraba una reflexión: “Yo me he mojado, y el resultado me ha podido salir mejor o peor porque he corrido un riesgo artístico… Pero, ¿qué has hecho tú?”.

El filósofo George Steiner imagina un país donde no existe la crítica y todo el mundo se dedica a la creación. En esa sociedad, no hay teorías estéticas para acercarse analíticamente a la obra de arte, hay obras de arte y gente que pinta, escribe, compone, baila, interpreta, dirige, esculpe… Está claro que, en ese país imaginario, la tarea de los filólogos tendría todavía menos sentido que en el mundo real. Particularmente, adoro la crítica y la teoría literaria o teatral, y valoro todas y cada una de sus funciones sociales y culturales. Pero esto no obsta para reconocer que nos (mal) ganamos la vida cual insectos parásitos de los artistas, juzgando sin llegar nunca (o pocas veces) a experimentar y a exponernos.

El pasado septiembre me inscribí en el Taller de Teatre de la Universitat de València y la semana pasada estrenamos la obra “Ara ja puc dir que ho sé”. Y, efectivamente, ahora ya puedo decir que sé (desde mis modestísimas posibilidades) lo que es el teatro, porque hasta ahora lo único que sabía estaba en los libros, justo donde difícilmente se halla el teatro, que es lo más parecido a la vida, como afirma David Mamet.

La principal lección que he obtenido es que el objetivo del teatro es tan humilde y sencillo como extraordinario: hacer feliz a la gente. El arte no cura el cáncer, ni reactiva Bankia, ni soluciona la vida de los millones de habitantes del planeta que ni siquiera tienen agua potable. Por eso, trascendentalizar el arte desde la teoría le otorga un aire falsamente sagrado y contribuye a esconder un objetivo tan prosaico como fascinante: proporcionar un rato agradable a otro ser humano, hacerle sentir vivo y, a la vez, evadirlo de la grisura que le envuelve.

La segunda lección está ligada a la primera: el teatro está al servicio del espectador. No de los filólogos, ni de los divos, sino de la gente que se sienta frente a un escenario durante una hora y media de sorpresas, risas, emociones o reflexión. Y si para ello se debe coger Tres sombreros de copa y traducirlo al valenciano, recortarlo, adaptarlo, fragmentarlo e insertarle monólogos de creación propia reiventando las posibilidades de la obra, se hace. Porque el texto, la dirección, los actores, todo debe estar al servicio del receptor con la finalidad de ofrecerle un producto de calidad y consumible. Y porque, sin ese compromiso para con el público, no tiene ningún sentido hacer teatro, vale la pena invertir tiempo y esfuerzo en los miles de onanismos posibles.

Hay tercera y cuarta y quinta lección, hay toma de conciencia de lo terriblemente complicado que resulta parecerse en una ínfima parte a cualquiera de los actores que admiras, o de la técnica y el talento que cabe poseer para hacer algo mínimamente digno sobre las tablas, o del extraordinario proceso que supone poner en pie una obra, observar su evolución desde el estado embrionario hasta el día del estreno y más allá, hay conocimiento sobre cómo la energía del público condiciona la representación, y hay, por fin, comprensión directa, tangible, de las ideas teatrales leídas en Brook o en Vitez

Pero si he de escoger uno de los aprendizajes asumidos a lo largo de estos meses, me quedo sin dudarlo con el del trabajo en equipo, porque el teatro es el arte colectivo por antonomasia. En él, cada sinergia con los compañeros es la única forma de crecer y aprender, la única posibilidad de crear una magia que atrape al espectador. Por eso doy las gracias a Raúl, Ángela, Ana, Natalia, Carlos, Sara, Mónica, Iñaki, Marta, Betty y Pep. Y a Eva Zapico, por ser la mejor maestra que podíamos tener para exclamar “ara ja puc dir que ho sé”.

Purificació Mascarell // Universitat de València

2 comentarios en “El “gochujang” del teatro

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