Ollantay

A principios de junio viajé a Perú para participar en el Congreso “Teatro y fiesta popular y religiosa”. Con el fin de conocer algo del país, compré dos guías. Antes de ir leí una, la cual me regaló unas horas de insomnio con su lista de prevenciones para mujeres en Perú (la valentía suelo dejársela a los valientes). Entre las páginas de la otra figuraba esto:

Un drama mestizo: Ollantay

La obra de teatro escenifica los legendarios amores del glorioso general Ollantay con una hija de Pachacútec, Cusi Coyllur, consagrada en la Casa del Sol. Eran unos amores doblemente sacrílegos, pues Ollantay, que  no era inca de nacimiento, no podía aspirar a casarse con una princesa inca, y  menos con una virgen consagrada al sol. Ante esta prohibición, Ollantay se rebeló… […] Puesto que los incas no conocían la escritura, Ollantay es un drama transmitido oralmente y escrito por primera vez en 1640, en quechua, por el párroco de Sicuani, Antonio Valdés. Es de suponer que entonces se le añadieron elementos del teatro barroco español, como el gracioso Pichi Quiqui, el final feliz, el personaje de la hija, Ima Súmac… 

La curiosidad ya está azuzada. Necesito una fuente de información fiable: Wikipedia sitúa a Antonio Valdés en el siglo XVIII. Parece que tiene razón, según esta otra web  fue el único suscriptor cuzqueño del “Mercurio peruano” de 1791. Es igual, mi historia ya está en pie, la fantasía va más rápido que el ADSL.

Antonio Valdés, definitivamente, pertenece al siglo XVII, pongamos 1649, un año antes del terremoto que destruyó Cuzco.  Quizá viviese en el convento de la Merced

 

o en el de Santo Domingo, construido sobre el basamento del antiguo templo inca del Sol, el Korikancha;

pero no: es jesuita. En sus ratos libres escribe comedias en latín de carácter escolar. Hace unos meses solicitó a una imprenta española varios tomos de Diferentes, pero todavía no han llegado. Mientras tanto, relee los libros de comedias que trajo consigo. Antonio Valdés es curioso e ingenuo. En Sevilla le habían dicho que las calles de Cuzco estaban pavimentadas con oro y se lo había creído…

Cuándo, dónde y cómo conoció al indio Diego Itibamba, no lo sé y, en fin, creo que no hace falta contarlo. Sin embargo estoy segura de que este personaje aprendió a pintar con un italiano y que algunos de sus óleos cuelgan en las paredes de la iglesia de… A Antonio Valdés  le disgusta que las alas de sus ángeles parezcan de papagayo, pero no se lo dice para no ofenderle. Antes de coger los pinceles, el indio siempre le enseña sus bosquejos: trazos de grafito, rayas aquí y allá, el paso intermedio entre la imaginación y la obra definitiva. Tiene la mirada de un chico que la víspera del Corpus Christi portaba la peana de un santo o una virgen, no recuerdo…

El momento es el día del Corpus. ¿Y cómo presentar multitud, jaleo, colores, fiesta, música, baile, incienso, bullicio, sol, devoción, religiosidad? ¿La procesión de peanas, sacerdotes, músicos, franciscanos, dominicos, jesuitas, mestizos, negros, zambos, blancos, indios? Niños que aprovechan despistes para hurgar en faltriqueras, perros dormidos en cualquier esquina sin gente, viejas mascando coca, mujeres dobladas por el peso de sus criaturas a la espalda.

En medio de todo están Antonio Valdés y Diego Itibamba.

Baja de lo alto un iris, y en él sentada la Paz, con un ramo de azucenas en la mano.

Al dar vuelta en corro, húndese la Hermosura en un escotillón, y todos se quedan en su acción suspensos.

Sale el Demonio, vestido de pieles, y en la cabeza una media visera, en forma de testa de león, de quien penderá un mano también de pieles, asidas las garras a los hombros.

Diego Itibamba tiene fija la mirada en los carros, imposible de distraer. Antonio Valdés piensa que el paso del auto ya está hecho, pero no le aburre. Tocan chirimías, termina la obra, ellos huyen de la muchedumbre. El indio cuenta que asistió a algo parecido, si bien protagonizado por guerreros y vírgenes del Sol, mucho más largo, una vez, allá en Chinchero. Le impactó tanto que recuerda la historia de principio a fin.

Luz de la vela, olor de tinta y de cera, de papel. Los diálogos en quechua fluyen sin esfuerzo. Pachakutiq, Ullanta, Kusi Quyllur: el dramatis personae le sueña extraño al jesuita. Ha leído tantas comedias de Lope y Calderón que no puede pensar en el drama inca sino desde las ideas del Arte Nuevo. Diego Itibamba le ha regalado el argumento: suyas son las palabras definitivas. De su propio magín salen un gracioso, tres actos, un final feliz. Preso de la furia creadora, Antonio Valdés agota la noche sobre su escritorio.

Mucho tiempo más tarde, en 1926, un grupo de teatro constituido por indígenas representaría Ollantay en Celendín, Perú. Hay fotografías de este espectáculo enmarcadas en las paredes de una casa colonial cuzqueña. Quizá, como otros, actores y director de escena creyesen que Ollantay no era más que una invención decimonónica. Pudo ser así.

Pero mi historia termina a la mañana siguiente, cuando alguien le entrega un fardo a Antonio Valdés, que luce marcadas ojeras. Todo ha vuelto a la calma en Cuzco: en la calle algunos hombres hablan bajo y una muchacha camina con una lenta alpaca. El jesuita mira al cielo y sonríe. Se apoya algo aturdido en las piedras del muro precolombino ¿Es la altura o la emoción? Por fin tiene en sus manos los volúmenes de Diferentes que tanto tiempo había esperado.

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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