Desde las filas del teatro

Felipe Lluch Garín

Felipe Lluch fue un hombre de teatro fundamental para el siglo XX español, pero, por su biografía, más bien parece un personaje de esas novelas sobre la Guerra Civil que tanto se prodigan actualmente. Fue republicano y fue falangista. Yo creo que hubiera sido cualquier cosa con tal de poder dedicarse en paz a su gran pasión: el Teatro. Podría decirse que, a la manera de un Yuri Zhivago (el poeta y médico de la obra de Pasternak), los acontecimientos políticos y bélicos le arrastran mientras su espíritu se consagra a un ideal: renovar la situación del teatro en España, sobre todo, la del teatro clásico.

Lorca, Margarita Xirgu y Rivas Cherif

Antes de averiguar los orígenes familiares de este director que empezó su carrera junto a Cipriano Rivas Cherif en la compañía de teatro de arte “El Caracol” durante la Dictadura de Primo de Rivera, que dirigió con María Teresa León las Guerrillas del Teatro durante la Guerra Civil y que concibió a la manera de una fiesta barroca el espectáculo España: Una, grande y libre para mayor gloria del régimen franquista, ya me imaginaba que Lluch, con ese apellido, tenía que ser de mi tierra. Efectivamente, nació en Valencia en 1906 y a los 18 años se trasladó a Madrid para estudiar ingeniería. Entró en contacto con el mundo del teatro y quedó fascinado. Y esa fascinación obsesiva por el arte escénico nunca le abandonaría, ni siquiera en los segundos previos a su muerte.

Definido por Juan Aguilera Sastre como “uno de los primeros y más valiosos directores de escena de nuestro teatro y el hombre que con más firmeza y altura de miras artísticas luchó por la instauración de un Teatro Nacional en la España de la inmediata posguerra”, Felipe Lluch posee una trayectoria profesional y vital que es casi el trasunto de una época de nuestra historia.

Rivas Cherif rodeado de actores

En 1933, Rivas Cherif pone en marcha el Teatro Escuela de Arte, la TEA, con el objetivo de conseguir, mediante la formación rigurosa de los profesionales de la escena, una renovación del teatro español. Y un joven Lluch multifacético y meticuloso está a su lado, como segundo director, aprendiendo un oficio que vivía casi como un sacerdocio.

Sin embargo, frente al vanguardismo de sus ideas teatrales, Lluch mantuvo a lo largo de toda su vida una ideología conservadora fruto, probablemente, de un catolicismo vivido con fervor desde niño. Es cierto que militó durante tres meses en la CEDA de Gil Robles, pero también que abandonó el partido conservador por disconformidad con su postura; asimismo, es cierto que escribió artículos en el diario católico Ya, pero ninguno de esos artículos trató nunca de otro tema que no fuera el teatro. Siempre insistía en la necesaria modernización de la escena y en la reivindicación del teatro áureo.

El estallido de la guerra sitúa a Lluch en una situación personal complicada. Por sus simpatías ideológico-religiosas, a pesar de su nula actividad política, parecía adscrito al bando de los facciosos. No obstante, llegado el momento de elegir, Lluch se sumó a los esfuerzos de defensa de la legalidad republicana a través de lo único que, según parece, le interesaba en la vida: la actividad teatral. De este modo, su lealtad republicana se plasma en su colaboración con la TEA en los frentes y con la Alianza Intelectual Antifascista.

Rafael Alberti y María Teresa León

Pero su involucración artística en la actividad teatral republicana no impidió que fuese detenido absurdamente dentro del contexto de caos y suspicacias que reinaba en el Madrid republicano. María Teresa León, Rafael Alberti y otros muchos intelectuales de izquierdas no dudan en testificar a su favor. La documentación conservada recoge las palabras del autor de Marinero en tierra dirigidas a los responsables de la detención de Lluch:

“Me parece una idiotez lo que habéis hecho. Porque este muchacho, no es que sea fascista; es, simplemente, un muchacho católico, de derechas, que escribía en “El Debate” y nada más. Lo único que hay en su vida es el teatro y si le dejamos dirigir lo hará estupendamente y no nos perjudicará, que es lo único en que debemos fijarnos. No porque un señor crea en Dios va a merecer estar en la cárcel.”

Después de más de dos meses rodando por comisarías y prisiones, Lluch consigue la libertad. Aún seguira vinculado a la actividad teatral republicana hasta el final de la guerra pero, poco a poco, irá encerrándose en sí mismo, distanciándose de los compañeros y centrándose en estudiar e investigar por su cuenta, casi como preparándose para un futuro de trabajo tras la contienda.

El 4 de junio de 1938, mientras viaja por Guadalajara con las Guerrillas del Teatro, escribe en su diario:

“Media mi vida, y estoy perdido y solo en un pueblecillo de las tierras de la Alcarria. Empiezo a vivir ese año de madurez y plenitud en que se decide el destino del hombre [ese día cumplía 32 años], y me encuentro, como si soñara una absurda pesadilla, desorientado y ajeno. Todo lo que me liga a la vida, todo lo que me define y concreta, se halla lejos de mí, envuelto en sombras de nostalgia y en halagos de recuerdo”.

Representación de “El retablo Rojo. Altavoz del Frente”

Paulatinamente, y a medida que se hace evidente quien va a ganar la guerra, Lluch inicia una aproximación hacia aquellos que pronto van a otorgarle cargos desde los que poner en marcha su gran sueño: crear un teatro público en España (después de los innombrables intentos fallidos por parte de diferentes intelectuales durante la República). No en balde el máximo empeño de Lluch siempre fue la reordenación de la actividad teatral española mediante la creación de un Teatro Nacional (un proyecto cuyo texto original, desgraciadamente, se encuentra hoy perdido).

Una vez situado como Jefe Sindical de Espectáculos de Madrid, Lluch no tuvo el “honor” de ofrecer el espectáculo que debía acompañar la entrada de Franco en Madrid en mayo de 1939. Relegado a un segundo plano por su pasado artístico en el bando rojo, será sustituido en esta empresa por el director Luis Escobar, que ofrecerá su mítico montaje de El hospital de los locos de José de Valdivielso. Lluch tendrá que esperar al primer aniversario de la victoria franquista para lograr su primer éxito teatral: el espectáculo creado al estilo del teatro áureo, compuesto por loa, comedia y farsa, España: una, grande y libre, todo un ritual de afirmación ideológica al servicio del régimen.

Fachada del Teatro Español

Paralelamente a estos trabajos, el director valenciano no dejará nunca de luchar por la reorganización de los teatros, con la esperanza, siempre aplazada, de ver hecho realidad su proyecto de creació de un Instituto Dramático Nacional. Fruto del empeño de Lluch, el ayuntamiento de Madrid accede a ceder el Teatro Español para que, junto con el ya público teatro María Guerrero, sirviera de espacio para el Teatro Nacional. A Lluch se le encomienda la dirección del Español. En un escrito de agradecimiento a todo el equipo que le ha ayudado a poner en funcionamiento el teatro de la plaza de Santa Ana, y antes del estreno de la primera de las obras de esta nueva etapa, una adaptación de La Celestina, en un escrito Lluch pide a sus compañeros “fidelidad al Teatro, fidelidad a la Falange, fidelidad a España”. Fidelidad al Teatro, en mayúscula, y para empezar.

Pronto la crítica se mostró unánimemente esperanzada con el tono artístico que marcaba la experiencia renovadora de Lluch al frente del Español. Sin embargo, paradojas de la vida, el sueño recién realizado de Lluch se quebraba por una enfermedad pulmonar que acabaría con su vida a los 35 años, en 1941. Aún tuvo tiempo de ver el gran éxito que supuso su versión espectacular de Las mocedades del Cid de Guillén de Castro, durante el segundo aniversario de la victoria franquista, el 1 de abril de 1941, con la inhabitual asistencia del propio Franco (dicen que fue la única representación teatral que vio en su vida).

En una semblanza retrospectiva, Cayetano Luca de Tena, su sucesor en las funciones de director del Español, se refería así a su maestro:

“Felipe Lluch era un místico del teatro, un profeta lúcido y minucioso. Poca gente sabe que poseía una carrera de ingeniero industrial brillantemente conseguida. Quiso dar así satisfacción a los deseos familiares, pero una vez terminada la abandonó por el incierto y difícil camino del teatro. Asombra pensar en la claridad y la fuerza de una vocación capaz de semejante heroismo. Porque Lluch no amaba del teatro lo que puede tener de fácil, de bohemio, de desordenado. Al contrario, él quería dotarlo de método, de organización, de coherencia. Trabajaba ferozmente, llenando cuartillas y cuartillas de una letra clara y menuda, resolviendo los más insignificantes aspectos del montaje de obras que nunca llegaría a ver realizadas. Tenía una fe de las que mueven las montañas, y una capacidad de sacrificio y de ascetismo inusitada. Con un viejo texto clásico entre las manos era obsolutamente feliz, y los más pavorosos problemas personales [a principios de 1939 murieron su mujer y su hijo recién nacido] no podían robarle su entusiasmo infantil, purísimo, por todo lo que era el teatro. Y era, además, uno de los hombres más buenos que yo he conocido.”

“Las mocedades del Cid”

Cuenta Luca de Tena que, durante los ensayos de Las mocedades del Cid, la fiebre asaltaba a Lluch haciéndole temblar en su silla de director y que, cuando el equipo pretendió arrancarlo de la silla y llevarlo ante un médico, exclamó: “¡Dejadme morir aquí!”. Como un militar en las filas que mejor supo defender, las del teatro.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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