Marsillach o el juego de las distancias

El género de la autobiografía resulta, como mínimo, un tanto desconcertante. ¿Cómo creer a pies juntillas lo que se nos cuenta en primera persona conociendo la común tendencia humana a “ponernos bien” a nosotros mismos y a “dejar mal” al enemigo? Leemos las autobiografías con cierta suspicacia, porque tendemos a cuestionar las versiones únicas sobre un hecho o una persona, porque necesitamos varios puntos de vista para “creer” en algo. Además, las autobiografías no dejan de ser artefactos literarios, narraciones armadas para cautivar y convencer de una visión particular que el lector está en su derecho de considerar “verdadera” o no (si es que la verdad existe, que ese es otro tema).

En conclusión, si en las célebres memorias del director y actor Adolfo Marsillach se afirma que Rafael Pérez Sierra es un zote, resulta difícil no pensar que Marsillach, más que definir asépticamente, mostraba una animadversión personal hacia Pérez Sierra que le lleva a etiquetarlo de este modo tan, por otra parte, desviado de la realidad.

De Tan lejos, tan cerca (Tusquets, 1998; XI Premio Comillas de Autobiografía) ya sabemos que se trata de un texto fundamental para conocer la evolución del teatro español del siglo XX, un documento imprescindible para aficionados, estudiosos y gentes varias del mundo teatral; también es notorio que constituye un reflejo audaz y sincrético del pasado siglo en todos sus niveles (cultural, social, político, etc.); y que, por si fuera poco, se trata de una obra fabulosamente bien escrita, que “engancha” por ser entretenida e instructiva a partes iguales. Pero es, probablemente, el sabio trenzado de aspectos íntimos de la vida del protagonista con otros de orden público y profesional lo que hace de Tan lejos, tan cerca una lectura apasionante.

Porque, en definitiva, una autobiografía se lee para conocer a quien la escribe. Y la pregunta surge inevitable: ¿qué personalidad rezuman cada una de las palabras de estas memorias teatrales? Marsillach se nos va dibujando como un hombre inseguro, narcisista, enamoradizo, débil, machista, solitario, paranoico (siempre temía ser traicionado por sus amigos, no confiaba en nadie, pero, ¿era él un buen amigo?), ególatra, escéptico, quizá rencoroso (si no, ¿por qué se empecina tanto en evitar parecerlo?), pero también un hombre leal al arte y a su oficio, comprometido con el buen teatro y su función social, progresista, ingenioso, culto, tremendamente trabajador, moderno, independiente, educado, un tanto misántropo (como su querido Alceste), que no duda en reconocer sus errores profesionales y sus taras de carácter aprovechando el disfraz distanciador de la ironía.

Un ser humano complejo y contradictorio, como todas las personas que merece la pena conocer, porque los personajes planos, tanto en la realidad como en la literatura, resultan sumamente aburridos.

Se ha dicho en ocasiones que a Adolfo no le gustaban los clásicos barrocos, y que por esta razón los aderezaba tanto sobre las tablas. Pero nadie puede negar que, en parte, gracias a sus formas de hacer, lúdicas, atrevidas, antimuseísticas, profundamente pegadas al presente sin perder el respeto al pasado, gracias a su apuesta por la teatralidad de los textos áureos, la vistosidad escenográfica, la naturalidad en la dicción del verso, gracias a su fórmula para quitar la naftalina a los clásicos y ofrecerlos plenos de vida a los espectadores de hoy, el teatro clásico español goza de buena salud en las tablas del siglo XXI. Y creo que si uno lee con atención Tan lejos, tan cerca se percata de que resulta imposible que alguien con el espíritu de Marsillach trabajase ocho años en la CNTC, pusiese tanto empeño en su labor (hasta sacrificar su propia salud) por algo que no le gustase y no le supusiese un reto artístico/personal satisfactorio.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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