El dios Jano del honor

Tras semanas sobrecogida por la visión de la mano ensangrentada en la puerta de la casa de don Gutierre y doña Mencía, un antídoto entremesil ha logrado que me carcajee de la honra conyugal. ¿Por qué la mató Gutierre? ¿Es un monstruo frío y terrible o una pobre víctima del sistema? ¿Cuál era la posición de Calderón ante el uxoricidio? Como la crítica es absolutamente incapaz de ponerse de acuerdo sobre la interpretación de esta obra (estoy convencida de que esto es lo pretendía Calderón y, claro está, la causa de que El médico de su honra hoy continúe fascinándonos) y como esta hermenéutica irresoluble hace la pieza más tenebrosa si cabe, decidí desconectar con algo alegre durante un par de horas.

De las tinieblas del honor que rodean el montaje de El médico de su honra de Marsillach (1986), pasé al entremés de Los degollados del mismo dramaturgo y que el año pasado dirigió Pilar Valenciano para la CNTC.

Zoquete encuentra a su mujer liándose con otro hombre (qué light suenan, al lado de esta “explícita” escena, las amistosas palabras de doña Mencía al Infante) y los enrrolla a ambos en una alfombra para tenerlos bajo control mientras va a pedir justicia al alguacil (igual que don Gutierre va a pedírsela al rey y hermano del Infante). El alguacil decide que la justicia debe aplicarla a su gusto el marido burlado, y le entrega esposa y amante para que haga con ellos lo que le plazca. Cuando está a punto de degollar a la esposa, ésta exclama: “¡Hijo mío de mis ojos!”. Y Zoquete se detiene en seco: “¡Ay, señores, que me llama hijo suyo de sus ojos!”. Se enternece sin remedio… y la perdona (“Olalla, que yo ya te he perdonado, aunque no hay loa, las faltas”). ¡Prodigioso!

Pero lo más hilarante viene a continuación. De nuevo, cuando el marido está a punto de cortar el cuello del amante, éste proclama: “¡Zoquete del alma mía!”. Cuernudo y amante se abrazan como hermanos. El caso de honra conyugal tiene un final tan feliz que es el perfecto contrapunto al de El médico. Ambas obras calderonianas son la cara y la cruz de la misma moneda. La tragedia y el entremés, compartiendo como buenos amigos la misma temática, pero llevándola por derroteros completamente opuestos. Para que tradicionalmente se haya negado que el teatro barroco español no es pura polifonía…

El boletín número 53 de la CNTC dedicó su tema central al género breve del barroco. Y Javier Huerta Calvo lanzó unas reflexiones al respecto que reproduzco fragmentariamente aquí:

La locura festiva –sancionada por Erasmo en pleno Humanismo– y la risa son los pilares sobre los cuales se asienta el gran mundo del teatro breve, cuyo origen hay que buscar en la fiesta de fiestas, el carnaval o las carnestolendas. El resultado, tanto en el rito carnavalesco como en el espectáculo teatral, era el mismo: la construcción de un mundo al revés, en el cual los valores más sagrados del orden constituido quedaban alterados, degradados, invertidos, en una suerte de visión amoral a contracorriente de toda norma. Estamos ante “esas donosas burlas de cornudos” –Valle-Inclán dixit– que ponían contrapunto jocoso a los sangrientos asuntos de las tragedias de honor. En ninguna otra época histórica se les ha dado a los espectadores la posibilidad de escoger entre dos opciones tan enfrentadas.

Quien pretenda explicar la cosmovisión de nuestros clásicos a partir de una sola de las caras de ese dios Jano no entenderá nunca lo esencial. De hecho no son pocos los críticos y los teatristas que siguen interpretando de una manera alicorta e insuficiente la complejísima escena barroca. Y es que el orden al que aspira el teatro “serio” –piénsese en Fuente Ovejuna, El burlador de Sevilla o en El médico de su honra– no puede desvincularse nunca de la mirada irónica y sarcástica que los dramaturgos, a menudo metidos también a entremesistas, proyectan no sólo en las comedias de su invención sino fundamentalmente en los entremeses.

El montaje de Los degollados, insertado dentro del espectáculo Entremeses barrocos junto con otras piezas cortas de diferentes autores, transforma a los personajes áureos de clase baja en rockeros desmelenados, miembros de una tribu urbana con sus propios códigos de honor. Códigos que admiten una disparatada (pero humanísima) conmiseración hacia los pecadores. Mientras los nobles y gentes de pro acuchillan a sus inocentes esposas, los chulos de la calle demuestran que una moral más laxa y una actitud tolerante evitan muertes innecesarias. El mundo al revés, o no tanto.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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