Una visita inesperada

Delante del ordenador pasaban las horas; parecía haberme vuelto árbol, como Dafne. Las variantes simulaban salirse de la pantalla, al principio para revolotear como mariposas juguetonas, luego como funestas aves.

Nada iba a ser distinto aquella noche y sin embargo lo fue. De pronto, la puerta se abrió despacio. La gata saltó de la mesa al suelo y se escondió debajo de la cama. Entonces oí unos pasos cautelosos, casi fantasmales. Volví la vista y no pude creer lo que tenía ante mis ojos.

Era un anciano de ademán severo, frente ancha, cabellera cana, solemne medallón en el pecho y capa negra con una cruz roja de Santiago. Sentí el corazón desbocado, los miembros rígidos, incapaz de articular palabra. Entonces habló él con una voz que parecía de otra época:

– Vengo en tu amparo y favor: / sé que editar es tu intento/ comedia que es mía, y siento/ que como fui yo su autor /  yo aún la recordaré/ y así  todo verso cojo / con valor, brío y arrojo / esta noche enmendaré.

No podía hablar.

– ¿Horror y miedo te doy? / Pues si en ciega confusión / no aprovechas la ocasión / luego al punto yo me voy.

– No, no, por favor. No se vaya, don Pedro – alcancé a decir por fin. Sería fantástico que resolviera algunas de mis dudas, de modo que, pese al horror y miedo, debía reaccionar – ¿De verdad me ayudaría a editar esta comedia suya? Considere que el texto está hecho un desastre y le va a llevar su tiempo…

– Cualquier comedia a su primero estado / he de volver; tray de escribir recado.

– ¿Sabrá utilizar esto? – mi índice apuntaba al portátil – El texto está ahí.

Don Pedro abrió los ojos y la boca y se cubrió el rostro con las manos. La gata lo miraba asomando un poco las orejas por debajo de la cama. Con su blanca mano, Calderón señaló mi ordenador:

– ¡Oh, fiera criatura!

–  Pero, don Pedro…

– ¡Oh, asombro cruel!

– Pero si no hace nada…

–  Ese terrible portento / ninguna especie en sí encierra: / agua, aire, fuego o tierra; / monstruo es sin elemento.

– Mire, don Pedro, es de plástico…  – intenté calmarle– pero, si lo prefiere, cogemos papel y boli.

Mientras yo buscaba un folio en blanco, él hojeó mis apuntes de la tesis.

– ¡Ay, mísera de ti, y ay, infelice! / Mala esta venida hice.

– ¿Por qué dice eso? – me asusté.

– Cuatro siglos tengo ya / estoy viejo y fatigado / para tan largo cuidado: / pues no puedo yo arreglar/ comedia tan castigada / si no la escribo de nuevo. / Mas a tanto no me atrevo / porque escribir tres jornadas / con la pluma que me das / que tiene dentro el tintero / y ese monstruo feo y fiero / que luego la comerá /mucho es para fantasma.

Decepcionada, con la mirada perdida en el suelo, comenté:

– Le ha quedado un verso suelto, don Pedro.

Se encogió de hombros y se encaminó a la puerta muy despacio. Antes de marcharse,  musitó:

– De mí ya no te despidas / solo soy una ilusión / que don Pedro Calderón / no vendrá nunca a esta vida.

Cerró la puerta con cuidado. La gata subió al escritorio. Sus ojos grandes y azules mostraban extrañeza. La acaricié y pasé un largo rato mirando la pantalla de mi ordenador, convenciéndome de que, al fin y al cabo, los sueños, sueños son.

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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