El absurdo que no cesa

Eugène Ionesco y Samuel Beckett están considerados como los padres del teatro del absurdo. Si el teatro del absurdo fuera un monstruo bicéfalo, una cabeza sería la del rumano Ionesco con sus cantantes calvas riéndose de los convencionalismos pequeñoburgueses, de la frivolidad y la vacuidad de nuestras prosaicas existencias. Sería una cabeza cómica. En la otra, estaría el irlandés Beckett con sus basureros repletos de ancianos tullidos, exhibiendo las miserias, la soledad y el sinsentido de nuestra puerca condición humana. Sería una cabeza trágica. Aunque, eso sí, en ambos casos son perceptibles rasgos cómicos o trágicos, con lo cual, en ocasiones, sus obras dramáticas casi serían más bien tragicomedias, aplicando está eficaz etiqueta más allá del Barroco.

Eugene-Ionesco

En La cantante calva (1950), Ionesco nos presenta a los señores Smith y los señores Martin, dos matrimonios que viven en la periferia londinense y tienen una criada a la que no permiten participar en sus conversación porque “yo creo que una criada, en resumidas cuentas, y aunque ello no me incumbe, es siempre una criada” (señor Martin dixit), así como un amigo bombero que busca desesperadamente un fuego digno de ser apagado.

ionescoLas dos parejas pasan una apacible velada en casa de los Smith discutiendo acaloradamente sobre si cuando llaman a la puerta es normal que haya o no haya alguien detrás, y narrando entretenidas anécdotas como la que sigue:

 “Un ternero había comido demasiado vidrio molido. En consecuencia, tuvo que parir. Dio a luz una vaca. Sin embargo, como el becerro era varón, la vaca no podía llamarle ‘mamá’. Tampoco podía llamarle ‘papá’, porque el becerro era demasiado pequeño. Por lo tanto el becerro tuvo que casarse con una persona y la alcaldía tomó todas las medidas promulgadas por las circunstancias de moda”.

Cantatrice montaje
Montaje de 2009 dirigido por Catherine Delattres

Al final, se enfadan muchísimo y, unos a otros, se gritan frases que remedan las verdades absolutas que sustentan toda vida pequeñoburguesa y sin las cuales sería imposible su minúscula felicidad hogareña:

Sr Martin: El pan es un árbol, en tanto que el pan es también un árbol, y de la encina nace la encina, todas las mañanas, al alba.

Sra. Smith: Mi tío vive en el campo, pero eso no le atañe a la comadrona.

Sr. Martin: El papel es para escribir, el gato para la rata, y el queso para echarle la zarpa.

Sra. Smith: El automóvil corre mucho, pero la cocinera prepara mejor los platos.

Sr. Smith: No sean pavos y abracen al conspirador.

Conclusión: La vida moderna es profundamente absurda. La banalidad, la insipidez y la necedad se han instalado en nuestras existencias para no marcharse. Véase la programación televisiva o el consumismo inagotable de las variantes cada vez más absurdamente evolucionadas de móviles que entontecen al personal hasta niveles, de nuevo el adjetivo, absurdos (hay quien luce móvil de última generación, pero que debe pedir ayuda al acomodador del teatro para que silencie el volumen del aparato pues no sabe cómo hacerlo).

BECKETT

En Fin de partida (1957) no se sabe con certeza dónde están Clov y Hamm y qué historia hay detrás de ellos. Pero al menos algunas cosas parecen claras: que Hamm, ciego e inválido en una silla, es el jefe, y Clov, incapaz físicamente de sentarse, es el subalterno; que ambos mantienen una relación de necesidad-repulsión que les une desde siempre; y que Hamm oculta a sus dos progenitores, sin piernas por un accidente de tándem (genial), dentro de dos basureros desde los que se asoman para pedir dulces o discutir con un hijo que les acusa de haberlo engendrado. Fuera del cuartucho en el que viven, el paisaje desolado que observa Clov con su catalejo desde las ventanitas podría remitir a una extraña era postnuclear donde los sentimientos y las emociones humanas están tan muertos como un océano sin marea.

fin_de_partie_francon_2
Montaje de 2011 de Alain Françon

Hamm: Abre la ventana.

Clov: ¿Para qué?

Hamm: Quiero oír el mar.

Clov: No lo oirás.

Hamm: ¿Y si abrieras la ventana?

Clov: No.

Hamm: ¿Entonces no vale la pena abrirla?

Clov: No.

Hamm (violentamente): ¡Entonces, ábrela! (Clov sube a la escalerilla, abre la ventana. Pausa.) ¿La has abierto?

Clov: Sí.

(Pausa.)

Hamm: ¿Juras que la has abierto?

Clov: Sí.

(Pausa.)

Hamm: Bien… (Pausa.) Debe de estar en calma. (Pausa. Violentamente.) ¡Te pregunto si está en calma!

Clov: Sí.

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Puesta en escena de Charles Tordjman en 1992

Conclusión: Soledad, incapacidad (o falta de ganas, puro egoísmo) de estimar al otro, y más soledad. Véase el caso del anciano en estado de putrefacción durante más de cinco meses tras morir de forma natural en su propia casa y cuyos hijos no le habían echado en falta hasta el otro día… Si es triste morir solo, más aún debe serlo pudrirse en la anomia más brutal.

Corren tiempos en los que recuperar al teatro del absurdo está plenamente justificado. A veces parece que el guión del telediario lo han escrito a dos manos Ionesco y Beckett. No se explica de otra forma, por ejemplo, que el presidente de los empresarios españoles fuera capaz de aconsejar a los trabajadores apretarse el cinturón mientras él estaba metido en una trama de ocultación de bienes. Ahí detrás están los maestros del absurdo, riendo y llorando, llorando y riendo.

programajocs-de-masacreLa reconocida Escola Municipal de Teatre de Silla también ha considerado imprescindible recuperar a Ionesco para interpretar la época que estamos viviendo. Por eso han montado Jocs de masacre con un elenco que llama la atención, sobre todo, por su número (da gusto ver un espectáculo con tantos actores moviéndose en el escenario en tiempos de compañías forzadamente reducidas), para contar una historia no del todo absurda: la de una extraña epidemia que invade la ciudad y provoca la muerte de sus habitantes sin causa aparente. Una enfermedad que ha sobrevenido en el momento de mayor felicidad y bienestar social, justo cuando todos los ciudadanos creían que no había nada que temer… Son hechos que, según parece, se relatan también en los telediarios.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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