Habitación de un pequeño pueblo de la provincia de Soria, 1933

– Cuando digo eso de los maricones…

– Mujer…

– Cuando digo eso… (Se sienta en el borde de la cama) Pepe, esta cama es muy pequeña.

– Mujer, nos la dejan…

– Ya, nos la dejan. Vaya vida. (Se tumba. Él, sentado en una silla de cáñamo, la observa. Titila la luz de una vela).

– ¿Estás cansada?

– ¿Tú no?

– Hoy no mucho.

(Silencio)

– Catarina, has estado muy bien.

– Es lo de siempre… Hilanderas, maricones… Eso de los maricones, todos me miran mal.

– No, mujer…

– Todos me miran mal.

– ¿Y yo, qué tal he estado?

– Bah.

(Silencio)

– Eres la preferida de Federico.

– Federico, Federico… Os tiene bobos ese Federico.

(Él mira hacia la pared)

– Catarina, ¿sabes que me ha dicho un hombre cuando recogía el escenario?

– ¿El qué?

– Me ha dicho: cómo me gustaría irme con ustedes… irme con ustedes… por esos pueblos de Dios… ¡haciendo el tonto!

(Risas)

– Se lo he dicho a Federico y…

– Federico, Federico…

– Pues se lo he dicho a Federico y también se ha reído.

– Hombre, claro, no iba a llorar.

(Silencio. Ruido en otra habitación)

– Pepe, no me gusta dormir en casas de gente que no conozco.

– Catarina, Catarina. Mira que me pongo de Comendador y… (Se levanta enérgico).

– ¿Y qué? (Lo mira desganada).

– Y… y…

– Y… nada (Vuelve a sentarse).

– Anda que mandarte hacer a ti de Comendador. A ti, de oveja. De otra cosa…

(Él baja la cabeza)

– Pepe, tengo que contarte un secreto de la que hace de Jacinta.

– ¿De la Petrita?

(Silencio)

– Ahora no te lo cuento.

(Se escuchan golpes en la pared y alguien grita “¡cállense los cómicos!”).

– (Susurrando) Ves, Pepe, esto es lo que no me gusta.

– (Después de unos segundos) Pero piensa en la gente que viene a vernos… En los niños…

– Sí, los niños…

– Y esos campesinos, que no ven nada así en su vida. Imagina su vida: el campo, el frío… ¿No es verdad? El calor en verano.

– Hambre y miseria.

– Ellos… Y cómo aplauden. (Sonríe)

(Ella lo mira fingiendo interés)

– Pepe, ¿a ti quién te gusta más? ¿Lope o Calderón?

– Lope. ¿Y a ti?

– Calderón, por llevarte la contraria.

(Pepe ríe. De nuevo “¡cállense los cómicos!”. Silencio largo).

– (Susurrando) ¿Te acuerdas de aquel día en aquel pueblo…? ¿Cómo se llamaba? Catarina ¿Cómo se llamaba?

– ¿Pero es que lo voy a saber yo? Si no sé ni qué vas a contar.

– El caso es que Federico estaba presentando la obra y dijo “Amable pueblo de Segovia” y estábamos por Pamplona… por ahí.

(Risas)

– Sí que me acuerdo, sí.

– Entonces sí que lo miraron mal.

– Aguantó el chaparrón.

– Federico ha nacido para esto.

– Federico, Federico…

– Mujer…

– ¡Mujer, mujer…! (Alza los brazos)  Como para ser actor. ¡Cómo te repites!

(Él parece triste de pronto)

– Pepe…

– ¿Qué, Catarina?

– (Después de un silencio) Sí que haces bien de Comendador.

(Pepe la mira enternecido)

– A mí me gusta esta vida. Los pueblos, salir al escenario, y pensar que a la gente… Se olvidan del campo y la pobreza y de todo. La vida de esta gente… Pobre gente.

– Eso sí.

– Esto es luchar por la educación de la gente humilde. ¡La República…!

(“¡Cállense los cómicos!”. Pepe sopla débilmente. Oscuridad). Fin.

lorca

 

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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