El veneno del teatro, segunda parte

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“No hi ha lladre que per bé no vinga”, Dario Fo

Leyendo para mi tesis sobre el montaje de La verdad sospechosa de Pilar Miró para la CNTC en 1991, he encontrado la opinión de una filóloga acerca de ciertas licencias que supuestamente se tomó Miró respecto a la interpretación académica del texto. La investigadora echa en cara a Miró que, a través del tono en falsete de voz que emplean las damas Jacinta y Lucrecia (Adriana Ozores y Eulalia Ramón), el público las perciba como rivales en vez de como amigas. También le disgusta que la interpretación de don Juan de Sosa (Enric Majó), competidor de don García (Carlos Hipólito) en el amor de Jacinta, otorgue un aire amanerado al galán. Al parecer, ninguno de estos dos modos de caracterizar a los personajes puede deducirse claramente del texto de Alarcón. Y el hecho de que Miró, como directora y artista, haya escogido este modo de presentarlos ante el espectador resulta, como mínimo, cuestionable para la moral filológica.

"La senyoreta Júlia", Strindberg
“La senyoreta Júlia”, Strindberg

No me explico cómo es posible que los filólogos perdamos de vista en tantas ocasiones una cuestión archisabida: Alarcón (como Lope o Calderón, o cualquier dramaturgo de cualquier época) escribe para las tablas y con la conciencia de que su texto debe pasar por el necesario filtro de otros profesionales con sus propios criterios. El texto teatral se escribe para ser interpretado por un equipo artístico con el fin de realizar un espectáculo que funcione y atrape a un público. Y, cuando se monta una obra, el director, a partir del texto y con la cooperación de los intérpretes, dibuja a los personajes en el escenario otorgándoles rasgos concretos de su propia cosecha, rasgos que no necesariamente se infieren de las palabras del texto, rasgos que incluso pueden entrar en discrepancia con la interpretación canónica. ¿Por qué? Porque la puesta en escena de un texto es una “lectura” personal del director, probablemente tan válida como cualquier otra “lectura”, escénica o no. Y porque el director y los actores también aportan su grano de arena al espectáculo, normalmente más que el autor dramático. Y ahí reside la gracia del teatro.

"La cantant calba", Ionesco
“La cantant calba”, Ionesco

El terreno de los filólogos es un terreno textual e historiográfico, su posición siempre es la fidelidad a la letra. El terreno del director es el del arte, la imaginación y la comunicación en vivo, su posición suele ser la fidelidad al público y a su proyecto artístico. Para un especialista en teatro clásico, el texto es el único todo. Para un teatrero, el texto es tan solo un parte más del complejísimo e imprevisible universo que conforma un espectáculo. Desde el patio de butacas, a veces, no se aprecia en su justa medida hasta qué punto la dicción, los movimientos, la iluminación o los efectos sonoros resultan tan vitales para un buen espectáculo, más allá del texto en sí.

"Les viudes", Mrozek
“Les viudes”, Mrozek

A este respecto, recupero un par de citas de Marsillach:

“Es muy chocante: se nos reprocha a los directores que nos empeñemos en convertir los textos en espectáculos como si no fuese ésta, precisamente, una de nuestra obligaciones. (…) Un creador –si se opina que los directores de escena no lo somos, rompamos la baraja- se distingue por lo que inventa y no por lo que copia.”

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“Mare Coratge i els seus fills”, Brecht

“No elegí mi profesión para llevarles el desayuno a la cama a los escritores. Ni siquiera a Shakespeare. Ni a Lope de Vega. Si el texto es el origen, el espectáculo es la consecuencia. Todos tenemos algo que decir. (Aunque a veces lo digamos mal).”

"Mare Coratge i els seus fills", Brecht
“Mare Coratge i els seus fills”, Brecht

Hace un año escribí aquí un post sobre mi experiencia en el Taller de Teatre de la Universitat de València y explique la razón de mi voluntad por vivir desde cero el montaje de una obra: ser honesta y consecuente con mi trabajo como investigadora de las puestas en escena del teatro clásico.

"No hi ha lladre que per bé no vinga", Dario Fo
“No hi ha lladre que per bé no vinga”, Dario Fo

Mi voluntad por aprender mínimamente los entresijos de la práctica escénica ha ido mutando en pasión, y este curso he repetido experiencia con un montaje mucho más denso y complicado, ideado a partir de un trabajo a fondo del grupo de teatro sobre la dramaturgia europea del siglo XX. De las múltiples lecturas realizas y analizadas durante los primeros meses de curso, escogimos seis obras de célebres dramaturgos y extraímos la escena más emblemática o atractiva de la pieza. Las obras elegidas han sido: No hay ladrón que por bien no venga, de Dario Fo; Madre Coraje y sus hijos, de Brecht; La señorita Julia, de Strindberg; La cantante calva, de Ionesco; Viejos tiempos, de Pinter y Las viudas, de Mrozek. Un norteamericano heredero del teatro europeo del absurdo, Christopher Durang y su pieza breve El funeral, cerraba el espectáculo.

Locutores del programa "Les nits d'Europa"
Locutores del programa “Les nits d’Europa”

Había que otorgar un hilo conductor a este batiburrillo de estilos dramáticos y autores, y la unidad vino dada por un programa de radio en escena. Los espectadores, durante los primeros minutos de la obra, escuchaban y veían a través de un fino cortinaje a los locutores del programa radiofónico Les nits d’Europa (título de nuestro montaje). Los locutores anunciaban que cada noche de la semana se iba a dedicar a un importante dramaturgo europeo del siglo XX. Y así iban dando pie, con sus explicaciones y comentarios, a cada una de las siete escenas seleccionadas que se representaban ante el público, incitando de forma indirecta a sumergirse en el texto completo al llegar a casa. De este modo, además del trabajo interpretativo, el grupo de actores nos hemos responsabilizado de la creación de una dramaturgia para albergar las escenas de Brecht, Pinter y compañía.

"Mare Coratge i els seus fills", Brecht
“Mare Coratge i els seus fills”, Brecht

La filología es un trabajo solitario. Aunque se forme parte de un grupo de investigación con un proyecto, al final, la tarea siempre es individual. Uno se ubica frente al ordenador, los manuscritos o la bibliografía, y se aisla del mundo. El teatro es colectivo o no es. Sin el otro, es inviable. Hacer teatro se parece mucho a un acto de generosidad. Tienes que ser generoso con el compañero, cuando tiene un mal día o está enfermo, cuando falla o se despista, cuando no te da lo que necesitas para brillar tú, cuando precisa tu colaboración y tu entrega. Tienes que ser generoso con el público, porque debes ofrecerle la mejor versión de tu trabajo, porque no puedes olvidar que, frente al escenario y durante una hora y media, hay personas deseando que no les defraudes. Creo que si existe un arte que, a nivel profesional o no, enseñe a desarrollar valores como la solidaridad, el compromiso y la empatía con el otro, ese es el teatro.

"El funeral", Durang
“El funeral”, Durang

Como la generosidad requiere de agradecimiento, es imprescindible dar las gracias. A Àngela (mi “mère courage”), a Andreu (un director en potencia), a David (el más tenaz de todos), a Carles (y nuestra conexión “clown”), a Bea (esa gitanilla rubia), a Carlos (juntos desde el primer día), a Àlvar (el locutor dicharachero), a Jordi (el mejor ayudante de dirección posible), a Jordi (el técnico que mejor baila), a Miquel (por sus traducciones y correcciones de los textos) y a Maria Josep y Carme (las viudas más juveniles de la tierra). Especialmente, gracias mil a Ricard, “el xiquet de Benigànim”, mi partenaire en El funeral de Durang, porque sin su autenticidad nada hubiera sido lo mismo. Y gracias sin fin a Pep Sanchis, nuestro director, por haber sacado el “200%” de nuestro amateurismo y conducir esta aventura hacia un espectáculo digno.

"El funeral", Durang
“El funeral”, Durang

El teatro es un arte que provoca cierta sensación de melancolía, estés sobre o frente al escenario. Su condición efímera es su razón de ser y también su lastre. Mientras una novela, una escultura o un film permanecen, el espectáculo muere y va a parar al remoto cajón de la memoria colectiva del público. Sin embargo, a cambio de esto, el teatro es el arte que mejor constata nuestra condición humana transitoria y, en consecuencia, el que más nos hace sentir profundamente vivos y dueños del valioso y fugaz presente.

Purificació Mascarell // Universitat de València

3 comentarios en “El veneno del teatro, segunda parte

  1. ¿”tan valida como cualquier otra lectura”? osea “de noche todos los gatos son pardos” y entonces ¿por qué leerte a ti y no a otro gato pardo? No se puede defender un criterio tan laxo como el tuyo

  2. Urganda, creo que has llevado al extremo el argumento de Puri para poder ridiculizarlo, y no creo que sea justo.
    A mi entender, lo que Puri ha querido explicar es que no debe juzgarse la puesta en escena usando como referencia únicamente el texto teatral del que parte, porque la dramaturgia es creación en sí y, por tanto, puede ser juzgada por sí misma. Es decir: criticar tal o cual puesta en escena porque no representa lo que el autor hubiera querido es injusto y es inapropiado. Si no es lo que el autor hubiera querido, que no hubiera publicado su texto, o que hubiera prohibido su representación. Desde el momento en que un autor saca a la luz un texto dramático sabe bien a lo que se expone, y creo que Puri lo ha explicado bastante bien.
    ¿Todos los gatos son pardos? Por supuesto que no. Retomando la cita de Marsillach que usa Puri, todos tienen algo que decir, aunque lo digan mal y, en tal caso, hay que hacérselo saber.
    El trabajo del dramaturgo (entendido como el de aquel que elabora el texto escénico a partir del texto dramático) es una tarea de (re)creación: es creación de una puesta en escena, es recreación de un texto teatral y, además, es recreo (es espectáculo). Como tal, su labor (re)creadora puede ser juzgada, y debe serlo. Pero por lo que es en sí, y no (o al menos no únicamente) por lo que de herencia tiene del texto original.
    Así, encontramos propuestas escénicas de autores clásicos muy fieles al original, pero que son verdaderas aberraciones desde el punto de vista teatral. Y, a la inversa, todos hemos podido asistir a propuestas “rompedoras” que, sin embargo, consiguen hacer entender, comprender y aprehender mucho mejor un texto clásico.
    En línea con lo que dice Puri, el texto teatral sin su despliegue escénico es poco más que una novela o un poema pensado para ser leído en la intimidad y no para ser recitado. No se inventó para esto el teatro, aunque optar por ello es lícito y así lo hacen numerosos autores contemporáneos, que presentan textos irrepresentables. Pero, desde luego, no me parece que sea el caso de los clásicos. En ellos, la condición “espectacular” del teatro es irrenunciable y, en consecuencia, el autor sabe que su texto es, desde su nacimiento, un bastardo de mil padres.

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