Última tragedia en Tívoli

Los actores perturban la paz de los jardines y las fuentes. Los actores se disgustan por el mosaico de la habitación que les ha tocado, piden que cese la música de los flautistas y se quejan de los perros que merodean por la Villa. Los actores dicen que no están acostumbrados a los teatros griegos y que ellos no actúan para públicos tan reducidos. Me gustaría que los oyera Adriano, pero solo escucho sus lamentos yo cuando los acompaño durante su estancia en Tívoli.

Adriano no disfruta de los actores como antes. Recuerdo la ilusión con la que mandó construir el pequeño teatro griego a las afueras de la Villa, más lejos aún que el templo circular y el gimnasio. Ha levantado todos esto para él: bibliotecas, termas, paredes de mármol, piscinas, estanques con peces, una torre para contemplar las estrellas y una isla artificial donde asilarse. Y un teatro.

Yo sé que Adriano alza la vista de los manuscritos y permanece mucho tiempo mirando las teselas o los capiteles. Yo observo su mueca triste. Yo sé que desde las gradas Adriano ya no se ríe con las bravatas de los soldados ni se compadece de las desgracias, ni siquiera atiende a los diálogos. Yo sé que Adriano antes se olvidaba en el teatro de las mil inquietudes de su Imperio. Yo sé que antes se encendía su mirada cuando veía llegar los actores. Allá quedaba el pueblo mísero, las traiciones que se gestaban a su sombra, las fronteras débiles del Norte.

A veces los actores se admiran de la grandeza de la Villa. Otras no. A veces los actores rinden culto a Baco y corren los vasos de vino y los esclavos traen ánforas y ánforas. Las lenguas se sueltan y los actores, más aún los trágicos que los cómicos, mencionan con osadía el nombre de Antinoo. Pero el Emperador no los oye.

Adriano ya no demanda nuevas obras como antes. Los actores refunfuñan: saben que el Emperador no se divierte pese a sus aspavientos, sus voces, sus máscaras, sus bromas. Los actores se sienten poco aplaudidos y se irritan y quieren volver pronto a Roma porque el esplendor de Roma no se puede comparar con la Villa de Tívoli. Adriano no los oye, pero yo sí, yo que los vigilo y aborrezco su vanidad.

Yo sé que a veces Adriano camina solo hasta el teatro griego y se sienta en sus gradas. Yo sé que sobre el escenario imagina la tragedia de Antinoo y la noche se vuelve más oscura. Yo sé que daría cualquier cosa por que no fuera más que otra fábula inventada.

Busto_Antino_3

Isabel Hernando Morata // Universidad de Santiago de Compostela

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