El loco empeño de doña Ángela

– Mire, señora Ángela, que esto de acudir al corral día sí, día también…

– Pronto viene la Cuaresma y adiós teatro.

– Entonces hará como otros años, allá en su cuarto de sol a sol, leyendo las Partes de este y aquel.

– Ya sé todas de corrido, Celia.

La tarde de marzo lucía un sol generoso. Las calles blancas daban paso a quienes, como Ángela y su criada, caminaban hacia el corral, ya con los maravedíes en la mano.

– Señora, vista una comedia, vistas todas.

– Celia, vive Dios que no te abunda la sal en la mollera.

Acomodáronse ambas en el aposento, salió un representante y dio la loa. La criada repasó a los hombres del patio y a las mujeres de la cazuela, con gesto mohíno unos y otros, porque la loa, a decir verdad, se alargaba más de lo necesario, y con menos se había encendido otras veces la cólera de tan ilustre senado.

– Señora, pregunto yo si esta es la compañía de Romero. Por aquel mancebico que hace siempre de galán.

– Celia, guarda silencio, que ya salen la dama y su sirvienta y otros dos que a fe mía han de perseguirlas.

– Y tan tapadas como siempre, que todas las tardes, si es de amores, hemos de ver los mismos pasos.

Con estas transcurría la comedia; después del baile, a recogerse, que ya empezaba a declinar la tarde. Doña Ángela volvía tan ensimismada que ni la amable bienvenida de su padre consiguió sacarla de sus pensamientos. Iba su imaginación con Silvia y Marcela, Lisardo y Calabazas.

Del mucho visitar el corral y del mucho leer los libros de comedias, así como, es de imaginar, del poco dormir, a doña Ángela se le secó el cerebro y vino a dar en la más peregrina idea que tuviera mujer de la Mancha. Y fue que ella, que a sus pocos años aún no había encontrado joven que la solicitase –ni lo había querido, absorta como estaba siempre en fantasías– habría de ser dama con amor secreto, criada enredadora y padre muy celoso de su honra.

Una tarde, cuando avanzaban con gentil compás de pies hacia la representación, le pidió a Celia que le entregara cierto billetico a un mosqueterillo.

– ¿Periquillo el Chapines?

– Le truecas el nombre, Celia, que yo lo conozco como don Pedro de los Cachupines de Laredo. Y, a partir de ahora, has de ir y venir entre ese mi enamorado y yo tantas veces como te pida.

Al oír esto, la sirvienta soltó una risotada que puso al descubierto dientes huérfanos y muelas viudas, y luego preguntó que desde cuando eran enamorados, que tal jornada se había perdido.

– Celia, fueron en mí recatados los favores de ese galán. Pero como la porfía del agua en las piedras suele hacer señal, vengo al fin a enternecerme. No preguntes más: yo te prometo que ese mancebo, su acompañante, te ha de requebrar, y que te dirá dos mil donaires y contará tres mil cuentecillos de esos que tanto te agradan.

Con tal ínsula de Barataria se fue Celia rauda hacia el mosquetero. Y le pareció que recibía el papel con aire poco mosqueteril, y aun diría, si le preguntasen, que afeminado. Lejos de hombruno, sonreía con dulzura doncellesca, y aquel mancebico que andaba con él no difería mucho en las maneras. Quiso el cielo que supiera leer, que no todos sabían en aquel patio. Pero tan pronto advirtió qué se le pedía lo rechazó, pues nada se le iba a él en damas linajudas, y, como dijo entre dientes, en llevando faldas, si no es mi madre, todo me cansa. Celia, empeñada en llevar a buen puerto aquel loco bajel de su señora y en tener trato con aquel imberbe cuyas gracias aumentaban con la cercanía, y como dinero y santos hacen milagros, le prometió a cambio de la visita un puñadico, sino dos, de reales, que en abundancia se hallaban en casa de su ama; luego al punto mudó la mueca de Periquillo, y con muchos perdone vuesa merced, otro negocio es aqueste, confirmó que todo se haría como quedaba concertado.

– ¿Y cuándo dice que lo citó en su casa?

– El martes poco después del alba, Celia.

– ¿Y por qué el martes, señora, que me desvelo por verme solicitada por ese barbilampiño, y no mañana?

– El martes mi padre regresa de Ciudad Real, de modo que, estando nosotras entretenidas, ha de sorprendernos y, para salir de tanta confusión, yo habré de ser mujer tramoyera y tú me has de ayudar en todo.

Celia quedó pensativa, pues no daba con el sentido de aquellas palabras de su señora. Incluso pensó que había perdido el juicio, porque poner en entredicho su honra no era alegre pasatiempo. Sin dormir pasó esa noche y aun las que vinieron después. Y por fin llegó el martes.

– Celia, antes de que venga mi enamorado, hemos de ensayar el verso. Pues no hemos de hablar sino así.

– ¿El verso, mi señora?

– El verso, Celia, mi amor / ha de llevar y traer, / que he de ser yo la mujer / letrada en verso mejor / que en Almagro se ha de ver.

Enmudeció Celia y al punto sonaron golpes en la puerta. Eran Periquillo o don Pedro, y el mancebico de fina tez. Traían gesto apresurado y desatento: poco les faltó para entrar con la mano extendida, llevarse lo prometido y Dios os guarde. Doña Ángela comenzó a hablar de la manera más suave, cuidadosa y lenta posible:

– Con bien venga, don Pedro, mi galán / a la casa donde yo tierna espero / y enamorada ciega desespero / desde la aurora con tan loco afán…

– Señora, Dios no me dio tanta paciencia, dígame a que hemos venido, cumplamos nosotros, désenos lo que esperamos y acabemos presto.

No tuvo tiempo doña Ángela de lamentarse por el soneto que, cuando nacía, había enviado al Limbo el amigo de su don Pedro, pues Celia, quien guardaba la puerta de la casa, irrumpió en ella sin aliento:

– ¡Ya llega su padre, señora, ya está de vuelta!

No quiso incomodarse doña Ángela por el poco respeto que su criada le tenía al verso, en el que debían expresarse ahora como damas de comedia, y tan rápido como pudo agarró a don Pedro del jubón, limpio y aun perfumado, y lo metió en un armario. Esperaba que su amigo, como todo gracioso, pues suponía que lo era, habría de correr en cualquier dirección con tal de escapar del peligro, pero, lejos de ello, se metió por sí solo en el armario. Preguntaban ambos qué demonios era todo aquello y que dónde estaban sus reales. Doña Ángela les demandó recato en una agilísima serie de redondillas.

Llegó el padre, abrazó a su hija y saludó a Celia. Doña Ángela le pidió que se sentase y escuchara en largo romance los sucesos ocurridos en Almagro, harto cotidianos, los días de su ausencia. Obedeció con el ceño fruncido, pues ni acababa de comprender aquellas manías de su hija ni tenía ánimo de oír todo aquello. Aguardaba la joven que, mientras, Celia se las ingeniase para sacar a los galanes del armario y hacerles salir de la casa, si bien no adivinaba por donde, pues otra puerta no había y pardiez que cada ventana tenía su reja. Cuando, las manos en las rodillas, el padre cogía aire para levantarse y retirarse a su aposento, se escuchó un ruido:

– ¿Quién anda ahí?- preguntó sobresaltado.

– ¡Periquillo!- respondió sin dudarlo el galán.

El padre de doña Ángela corrió hacia el armario, abrió la puerta y se encontró al enamorado y su fiel escudero, encogidos y asustados como niños. Ni el cruce de miradas entre los ocupantes del mueble, cuyo papel de escondidos mal se había resuelto, ni el rostro serio del padre de doña Ángela, que enseguida comprendió el propósito de su hija, pues amor de verdad no podía tener con Periquillo el Chapines, bien conocido en el lugar, ni el color de las mejillas de Celia al percatarse de que su Barataria se desbarataba, ni la melancolía súbita de la infortunada dama se avenían bien con el final de la comedia. Ni hubo perdón del padre ni se concertaron bodas, ni en fin nada de aquello salió al final como se debía al género de capa y espada.

almagro17

Aquesta historia se halló escrita en arábigo en un papel encontrado en el alcaná de Toledo, pero no hubo quien la tradujese al cristiano hasta nuestros días.

Isabel Hernando Morata / Universidad de Santiago de Compostela

2 comentarios en “El loco empeño de doña Ángela

  1. Un gusto, como siempre, leer tus ficciones áureas, querida Isa. Ya se echaban de menos, la verdad! Esta de la quijotesca doña Ángela es de las mejores que te he leído! Gracias por recrearnos el Siglo de Oro con tanta gracia y sabiduría. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s