Corpus en Segovia, 1938

Dos meses después de que Max Aub, ante el presidente Manuel Azaña, presentara su proyecto para la creación de un Teatro Nacional cuyo primer objetivo debía ser la puesta en valor del patrimonio teatral áureo, estalla la Guerra Civil. El camino de los clásicos hacia la modernidad sufre un desvío. Su presencia en las carteleras madrileñas con montajes a cargo de grandes profesionales de la época (algunos vinculados a los grupos de vanguardia de la etapa anterior), como los directores Felipe Lluch, Luis Escobar y Cayetano Luca de Tena, los escenógrafos Sigfredo Burmann, Emilio Burgos y Víctor Cortezo, o los figurinistas José Caballero y Vicente Viudes, tiene su razón en un objetivo oficial: la tradición dramática española se pone al servicio de los valores patrióticos, morales y religiosos que el nuevo régimen instaurará para ofrecer al mundo la imagen de la “nueva España”. Así, los clásico bajo una lectura política imperialista serán la tónica general durante los primeros años de la posguerra.

Al finalizar la contienda, la idea de la creación de un teatro nacional que dependiera de la administración del Estado y apuntalara ideológicamente al nuevo sistema fue asumida por las altas instancias, y el proyecto fue puesto en marcha en muy pocos meses. El sueño republicano de un teatro nacional, solicitado por los intelectuales españoles desde la época de Moratín, será finalmente llevado a la práctica por el régimen dictatorial de Francisco Franco cuando, en marzo de 1940, se constituya el Consejo Nacional de Teatros para la regulación del funcionamiento de los Teatros Nacionales. Aunque debe recordarse que, dos años antes, ya se había fundado el Teatro Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS el cual, bajo la dirección de Escobar, había recorrido tanto los frentes de combate nacionales como las ciudades “liberadas” utilizando el teatro clásico como arma ideológica y representando clásicos como La verdad sospechosa o La vida es sueño bajo un tono didáctico-ejemplarizante. Del grupo se recuerda, como su máximo acto de exaltación patriótica, la exitosa representación del auto sacramental El hospital de los locos, de José de Valdivielso, frente a la catedral de Segovia durante las fiestas del Corpus de 1938.

Tras estos dos párrafos de mi tesis, de esa misma tesis que me ha alejado durante más de medio año de este blog, vienen las sensaciones que se experimentan al ver, gracias al archivo del NODO, una grabación muy mala de esa tarde de Corpus en plena Guerra Civil:

 

Nunca agradeceremos suficientemente al NODO, con toda su caspa franquista, el haber proporcionado para la posteridad imágenes como estas. Sus retratos de la realidad siempre eran sesgados, totalmente parciales, sí, pero también ofrecen claves indispensables para comprender una época y valiosa información histórica. Dice nuestro locutor, después de una musiquita algo siniestra, que la obra de Valdivielso se representó “a escasos kilómetros del frente”; y una imagina que, quizá, se oían las bombas estallando a lo lejos, mientras los intérpretes se desplazaban como fantasmas ante la puerta de la catedral. Y resulta inevitable pensar que la vida y la muerte, en aquellos instantes, estaban cosidas con el mismo tosco hilo que sirvió para componer el vestuario de espantajos de los actores.

Seguidamente, la voz en off resume con simplicidad el argumento del auto: “El Deleite, el Engaño, la Gula y las Pasiones se apoderan del alma y la llevan al hospital de los locos. La Razón y la Inspiración la salvan. Y el alma entra en el seno de la Iglesia”. Pero, ¿qué significaba para los asistentes a la representación esta historia? ¿Qué mensaje les llegaba de este clásico del siglo XVI, inmersos en un presente de guerra, miseria y desesperanza? Estudiar la recepción moderna de los autores áureos a veces supone un ejercicio de humana empatía. La Razón y la Inspiración no salvaron a los españoles de una larga dictadura. Aunque, eso sí, la dictadura les impelió a entrar de lleno en el seno de la Iglesia…

Pero volvamos a los fantasmas. A esas maneras interpretativas grandilocuentes, histriónicas, de mucho brazo abierto y mucha cabeza erguida hacia atrás, de aspavientos forzados, de gestos exagerados, de movimientos antinaturales, de aire inverosímil o inhumano, de autómata o de loco. Concluyamos: no hay duda de que la forma de abordar el teatro clásico en escena brinda las mejores pistas para conocer una sociedad. Pese a que la solemne alegría del Corpus nos abandonó hace un mes y ya nos adentramos en una etapa lúdica donde el Deleite y las Pasiones nos gobernarán a su gusto, tenía ganas de mostrar esta pequeña ventana teatral al pasado, este trocito de un clásico que pudo verse, hace muchas décadas, a escasos kilómetros de la muerte.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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