Once comedias y una más

Avanzó a pasos largos por la calle de Bauleros, dobló por el convento de santa Lucía, ascendió por la callejuela de Juboneros. Los puños cerrados, el ceño fruncido, al joven poeta lo llevaban los diablos: Antonio de Osuna, librero en la calle de Curtidores, tras rebuscar entre pliegos y volúmenes, se había declarado incapaz de hallar el manuscrito de su comedia. Antonio de Osuna recordaba haber pagado aquellos papeles al autor Alonso Manzano, pero de su comprador no guardaba ni rastro en la memoria. Mientras acariciaba un tomo en octavo, el librero le había ofrecido más detalles: el manuscrito no era original sino traslado, porque, según Alonso Manzano, el original se había empeñado en guardarlo su hija Dorotea, la joven representante de la compañía. Al escuchar su nombre, el poeta se había apoyado en la pared, a pique de desvanecerse.

Ahora caminaba por las calles de Madrid con fuerte desasosiego. Después de importunar a papelistas, visitar autores, acosar a libreros -y hasta a un memorión había acudido para que reprodujera los dos mil quinientos veintidós versos de su La traición más secreta-, por fin había recuperado once de sus comedias. Había visto cómo los empresarios abrían el arca del dinero donde guardaban los originales y cómo primeros y segundos galanes le devolvían sus papeles, si bien algunos regresaban a sus manos más estragados y con más remiendos que ropa de pordiosero. Pero le faltaba su mejor comedia, aquella con la que cerraría el volumen de su Primera parte, y estaba enfurecido por el disgusto.

– Detenga el paso, hipogrifo violento –le frenó un hombre de rostro serio, mirada inquisitiva y voz grave- ¿a qué tanta prisa, flor de los ingenios?

– Don Pedro… -el muchacho apenas pudo balbucear su nombre- don Pedro…

Se apartaron de los aguadores, rufianes, mendigos, monjas, dueñas y caballeros que pasaban por la calle y se acogieron al pórtico de la iglesia de san Marcos. El hombre quiso distraerlo hablándole de la censura anónima contra cierto poeta que corría por la villa, pero el joven no se apaciguaba:

– Fénix de los teatros –el apelativo le quedaba un poco grande al mozo- o mucho yerro o sufre vuesa merced algún melancólico accidente.

– Don Pedro… -tomó aire- No querría yo importunarle con mis cuidados.

– Pero ha de contarme vuesa merced –a lo lejos vio pasar a fray Hortensio Félix Paravicino, envuelto en el hábito de los Trinitarios, sumido en sus pensamientos; algo se agitó en su interior – Ha de contarme.

– Sucede que… busco mi comedia Darlo a otro para ofensa

– Bien aplaudida. Estrenada en el Príncipe el primer viernes después de Pascua de hace dos años por la compañía de Alonso Manzano.

– Así es, señor ¡Infeliz momento en que se la vendí! Y es la causa que… -sintió un arrebato de vergüenza, pero la mirada comprensiva de su interlocutor le animó a seguir- es la causa que me rendí a la hija del autor… Dorotea… -suspiró- ¡Qué ciego estuve! Hizo de mí un bufón, risible como gracioso, me engañó con mil mentiras y al tiempo se cansó y fuese con otro poeta.

– Manuel Estrada. Harto mediocre –apostilló don Pedro- Se casaron en la Merced antes de Carnestolendas.

– Sí, señor. Y ahora sé que una copia fue vendida por el librero de Curtidores, pero el original es posesión de Dorotea. De modo que… con bien vaya la comedia. Quiero decir que a Dios –miró al suelo- Que no habría maravedíes ni reales que ella quisiera a cambio, que todo lo que desea es hacerme el mal a mí, y esto es no devolverme lo que escribí.

Quiso don Pedro aplacar el ánimo de aquel discípulo a quien la fortuna había dado a beber vaso ponzoñoso. Que fuera la suya Parte de once comedias, que había de mantener el ánimo sereno, que no era tal la adversidad, que dos higas para moza y papeles, y cuando sus donaires y la doctrina de Lipsio mudaron por fin la desazón del chico en serenidad, se despidieron cortésmente y cada cual siguió su camino.

Pero tienen a veces las historias lamentables una segunda parte aún más amarga, y mal acaba uno si anda en tratos con quien halla placer en el herir y el ofender. Por eso acertó o desacertó a pasar unas semanas después el joven poeta por el establecimiento de Antonio de Osuna, en la calle de Curtidores. Había reescrito la décimosegunda comedia de su Parte, o más bien reinventado, porque los versos no los recordaba, y el argumento no por completo. Y ya estaba la Parte en el Consejo y dentro de no mucho en las prensas. En fin, recibió Antonio de Osuna con gesto poco contento al muchacho, pues no podía darle albricias. Sin tiento ni delicadeza le hizo saber que de Sevilla le habían llegado varias comedias sueltas. Una de ellas, bien lo sentía, pero era torpe al expresarlo, Darlo a otro para ofensa. El joven poeta no ocultó su extrañeza ¿pero si…? Pero sí, ese era el título, y debajo, en tipos más pequeños, Manuel Estrada, y hubo de apoyarse en la pared, a pique de desvanecerse.

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Isabel Hernando 

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