En el lugar del buen teatro

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Cuando todo el patio de butacas se pone en pie entre vítores y aplausos tras una representación teatral —y no han actuado Concha Velasco o Núria Espert— es porque en esa sala acaba de pasar algo muy especial. Los aplausos enérgicos, cuando no van para divos de luenga trayectoria, son un gesto de puro agradecimiento del público hacia lo que ese equipo de profesionales le ha hecho sentir desde las tablas. Son el termómetro con el que se mide la conexión emocional que los actores han alcanzado con los espectadores. Son la constatación más contundente de que el público ha experimentado gozo colaborando en la concreción del hecho teatral. Vamos, como diría David Mamet, que “se lo han pasado bien”. Que no es poco.

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Lo que consigue Ron Lalá con sus montajes es muy grande. Y no solo por hacer reír con las notas al pie, con el aparato crítico y filológico que tan pocas sonrisas despierta entre los estudiantes y los lectores comunes, logro que ya tiene mérito en sí mismo. Ron Lalá sabe convertir al Siglo de Oro y a su literatura en algo próximo, tangible, en una fascinante realidad a la vuelta de la esquina, en patrimonio sentimental de todos. Presenciar sus espectáculos tendría que formar parte del programa curricular de secundaria.

Ya demostraron su pericia en un delicioso espectáculo anterior, Siglo de Oro, siglo de ahora (estupenda paranomasia), y siguen cosechan la más ferviente simpatía entre el público con En un lugar del Quijote. En Valencia, el Teatre Talia —de gestión privada desde hace un par de temporadas— lo ha programado durante tres semanas. En coproducción con la CNTC, este montaje es uno de los espectáculos apadrinados por la institución pública que más han rodado por España desde hace años.

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Los aciertos del montajes son numerosos. El primero y más llamativo es la escenografía. Si el Quijote remite inevitablemente a sus numerosas páginas de extensión, ¿qué mejor que tomar esas hojas como leitmotiv del decorado? Libros de encuadernación antigua de piel, apilados, rodean la escena, y al fondo, las hojas manuscritas de Cervantes configuran una cortina de pliegos de papel por donde entran y salen los personajes. Sancho y Quijote, además, lucen en su atuendo pedacitos de este papel con escritura, corroborando así su origen ficcional. Hasta la manta que sirve para tapar a Cervantes en su regreso dolorido a la aldea tras sus aventuras es una enorme hoja manuscrita. ¿Y las ovejas de la famosa batalla de carneros? Pues grandes ovillos de papel, las mismas páginas que Cervantes arruga una y otra vez, ante la duda, mientras escribe su obra.

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El uso de la iluminación es otro gran acierto. La magia de los libros de caballerías, las ilusiones que se forman en la mente de don Quijote, los momentos en que la realidad se ve superada por la quimera, se subrayan con focos de luz intensa en medio de la oscuridad. Las manos de los actores bajo esos focos sugieren que es posible construir otros mundos alternativos si le ponemos imaginación y ganas.

Más triunfos: los episodios escogidos; están los que deben estar y no sobra ninguno. Y la justificación final de esta selección —anticipándose a los listillos que puedan alegar quejas a la salida del teatro— resulta hilarante: se realiza mediante una divertida canción cuya letra recoge todos los personajes y episodios que, por falta de tiempo, no se han incluido (20 horas duraría representar todo el Quijote, nos advierten los actores cantando). Aquí enlazamos con la música, sello de la compañía y su mejor baza para acercarse a los espectadores más escépticos. Sin llegar a ser un espectáculo musical, porque no lo es, la música se convierte en el lazo que da coherencia y unifica el carácter y el tono del montaje. Por cierto, impagable Sancho ensartando refranes al compás de su guitarra…

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Dos inclusiones que merecen ser comentadas. La primera, la inclusión de Cervantes como un personaje más de la obra. El autor entra y sale de su creación, juguetonamente, y se transfigura en otros a lo largo de la escritura de su obra, proceso que presenciamos sobre las tablas. La segunda, la inclusión de alusiones a la actualidad del espectador (hasta el “discurso” de Rita se quema junto a los libros que escogen el cura y el barbero, entre las risas del público). Alusiones que se vuelven amargas cuando tiene lugar la descripción de la Edad de Oro en contraposición a la Hierro, aquella que padeció Cervantes, y que todavía parece no haber terminado… Asimismo, la declaración de honradez del siempre transparente Sancho al abandonar su gobierno de la ínsula Barataria —“Sin blanca entré y sin blanca salgo; al contrario que otros gobernantes de otras ínsulas Baratarias…”—, despertó los aplausos espontáneos del público, como en muchas otras ocasiones a lo largo de la función.

Ron Lalá, con tan solo cinco actores y bajo la batuta del director Yayo Cáceres, consigue recrear los principales ambientes y personajes del texto cervantino, sin por ello caer en el exceso de cambios de rol ni en la prolijidad de otras adaptaciones. Y es que en este espectáculo hay una simplicidad que proviene de haber comprendido perfectamente la obra y de haber asumido que, para trasladar a la escena toda la complejidad de la novela, hay que ser tan sincrético como inteligente.

Creo que desde el magnífico montaje Quijote de l’Om-Imprebís, no había disfrutado tanto con una adaptación de la obra capital de las letras hispanas (me dormí, sin poder evitarlo, con la reciente de José Sacristán, Yo soy Don Quijote de La Mancha). Al igual que Ron Lalá termina su espectáculo justo con las frases iniciales de la novela cervantina, en un bucle eterno de ficción, nuestro deseo es que esta compañía dé comienzo infinitamente a otras aventuras teatrales. Y se nos permita gozarlas como a Sancho su buen vino, su queso y su hogaza.

Purificació Mascarell

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