“… pels carrers de Xàtiva”

El pasado mes de enero falleció Francisco Ruiz Ramón en Tampa, Florida, tras toda una vida dedicada al estudio del teatro español en Estados Unidos.

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Vista nocturna de la Basílica dedicada a la Mare de Déu de la Seu

De Xàtiva, mi pueblo, son conocidas personalidades como el cantautor Raimon, el pintor barroco Josep de Ribera, el médico judío Lluís Alcanyís, el compositor Lluís de Milà, el historiador Vicent Boix, el inventor de la pluma estilográfica Francesc Martí, el diputado de las Cortes de Cádiz Joaquim Villanueva o, ya más recientemente, el inimitable cantaor Pep Gimeno “Botifarra”. Me dejo muchos otros nombres en el tintero.

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Roderic de Borja (Papa Alexandre VI)

Pero los setabense (de Saetabis Augusta, nombre que recibía en la época romana la ciudad, procedente de la Sae-Tabis ibérica) más ilustres y con la fama peor administrada por sus enemigos son Calixte III y Alexandre VI, els papes Borja —que no Borgia, ojo, adaptado a la italiana, pues el apellido proviene del pueblo del Cristo tuneado por Cecilia Giménez—. Sin embargo, rara vez se menciona en la lista local de personajes relevantes a dos historiadores de la literatura fundamentales en el siglo XX y también socarrats: Paco Ruiz Ramón y José Antonio Maravall.

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Francisco Ruiz Ramón
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José Antonio Maravall i Casesnoves

La consiguiente broma podría ser: “Menudas eminencias… ¡A ver si estás a la altura, Puri!”. Pues ya os digo que no os hagáis ilusiones, que no voy a estarlo, claro. Pero me hace gracia tener tan ilustres predecesores profesionales en mi pueblo. Aunque, como somos discretamente chovinistas, tengo que reconocer que no me sorprende, porque en Xàtiva hi ha de tot i bo, así que no podían faltar tampoco excelentes filólogos.

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“L’antic Hospital”, probablemente la fachada del gótico laico más hermosa de Valencia, junto con la de la Llotja de la capital, Blasco Ibáñez dixit.

Soy una devota de Xàtiva, lo reconozco sin tapujos. No me cabe duda alguna al respecto: es el mejor sitio del mundo para vivir feliz. Pero si me preguntan qué es lo que más me gusta de Xàtiva, aunque podría decir los siglos de historia que caen sobre ti si estudias su pasado, todo el arte que ha inspirado en sus múltiples formas, monumentos únicos como el Hospital, la Seu, la ermita de San Feliu o el Castell, su enclave estratégico y bien comunicado, sus fiestas y sus habitantes —en broma decimos que no hay mes sin su fiesta correspondiente—, su personalidad distintiva con respecto al resto de pueblos que conozco o el paraje de la Cova Negra —que remonta el origen de asentamientos en la zona a los neandertales—, tengo que afirmar rotundamente: lo que más me gusta son sus calles.

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El carrer de les Santes

El privilegio no es coger un avión y visitar Viena, Nueva York o Pekín; el privilegio es pasear, pasear sin tregua y largamente por estas calles, una cálida mañana de invierno disfrutando del sol amarillo, una interminable tarde de primavera con aroma a jazmín en las esquinas o una estrellada y calurosa noche de verano buscando el fresco de la parte superior de la ciudad, la que se acuesta en declive sobre la loma del castillo y configura su casco antiguo, el más grande del Reino de Valencia después del de la capital.

Un auténtico sorracat siempre descubre algo nuevo en sus paseos por las calles viejas, aunque se las sepa de memoria, palmo a palmo, tras haberlas fatigado durante horas en soledad o acompañado. Sabe que en ellas está su ADN y, a la vez, el mapa que hace que no se pierda en el mundo. El recorrido de las antiguas murallas, el fascinante entramado de los barrios moros o judíos, las fuentes —“Xàtiva, ciudad de las mil fuentes”, se decía; y quizá se prodigaban por los rincones debido al calor proverbial que padece la población en julio y agosto—, los escudos nobiliarios de la calle Montcada y los numerosos conventos —por algo fue ciudad de nobles y de clero—, las plazas (Mercat, Sant Pere, Trinquet, Sant Jaume, Mercé, Galera, Bonaire…) y las calles populares y estrechas de los labradores, con nombres humildes que arrancan la sonrisa y hacen pensar en atardeceres con la silueta de los animales regresando del campo y en niños jugando a pilota contra las encaladas paredes.

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Vista lateral del casco antiguo de Xàtiva desde el Calvari Alt

Ya en la zona nueva de la ciudad, desarrollada a partir en el siglo XX, hay una calle que se llama Acadèmic Maravall. El colegio donde estudié está en esa calle, aunque de pequeña su nombre solo me sugería algo relacionado con el estudio y la seriedad. Acadèmic Maravall —con la doble ele pronunciada como una “y” al final de palabra en castellano, con el mismo fonema que “buey” o “hay”— era, claro, José Antonio, al que luego estudiaría en la facultad por su (ahora ya discutida) lectura del teatro barroco como propaganda ideológica del sistema monárquico y aristocrático… Su familia ha sido muy importante en Xàtiva y sus dos apellidos, Maravall i Casesnoves, han estado muy vinculados a la historia moderna de la ciudad. En una de mis calles favoritas para pasear, precisamente llamada Taquígraf Martí, hay una placa en una fachada con aires art déco de principios del siglo pasado que indica que allí nació y vivió José Antonio Maravall.

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Plaça del Mercat, la zona de ocio nocturno

Cuando en el Ayuntamiento de Xàtiva entren aires nuevos, me gustaría proponer una calle a nombre de Ruiz Ramón. Dicen que en Florida hace un clima muy similar al de Valencia, que también hay huertos de naranjos y a lo mejor también hay jazmín. Seguro que a Paco se le vendría la infancia a la cabeza con el olor del azahar. Sirva de homenaje esta entrada en el blog al maestro de filólogos que creció en las calles de mi pueblo y, según me han contado compañeros americanos, siempre llevó en su corazón. Como pequeña ofrenda, le dejo esta preciosa canción de Raimon donde las calles paseadas de nuestra infancia son las protagonistas:

Molt lluny,
en les butxaques d’uns pantalons
vells
que ma mare guardava
-ma mare ho guarda tot-,
he trobat
les nits que ens passàvem
caminant, amics,
pels carrers de Xàtiva.
Parlàvem de tot
i del bé i del mal.
Amb poques coses clares:
la incertesa del futur,
l’avidesa d’uns infants.
Les caminades nits d’estiu
les tinc avui al davant.
Amunt i avall…

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