Mujeres y Strindberg y viceversa

“El amor entre los sexos no es más que lucha”, declara Laura en El padre. El agonismo forma parte del modo de entender las relaciones amorosas del dramaturgo August Strindberg (1849-1912), seguramente el sueco más brillante de la modernidad artística junto con el cineasta Ingmar Bergman. La muerte, las relaciones familiares destructivas y la búsqueda de un sentido a la existencia constituyen preocupaciones constantes en la obra de ambos creadores. Pero la condensación que impone el arte teatral convierte las obras de Strindberg en potentes cápsulas dramáticas que estallan ante el azorado espectador. Así ocurre en El padre, estrenada en Copenhague el año 1887, y recuperada ahora por la compañía Atelier del Drama bajo la dirección de Juan Prado.

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Enfermo de esquizofrenia paranoide, Strindberg usó la escritura dramática como terapia para exorcizar sus fantasmas, la mayoría cargados de curvas femeninas: las de las mujeres que marcaron su atormentada vida. Su célebre misoginia se plasma especialmente en los despiadados retratos maternales que pueblan su producción. No puede olvidarse que August fue el hijo involuntario del ama de llaves de su padre, un reputado comerciante, y que su ilícita concepción siempre le torturó. Fruto de estas obsesiones surge el texto de El padre, junto con toda una singular —y autobiográfica— dramaturgia en la que los personajes son proyecciones de la angustia vital del escritor.

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Compuesto en el ocaso del siglo XIX, el drama de El padre plantea un tema de interés para el público actual: ¿cómo educar a una hija? El progenitor, Adolf, es un librepensador que quiere enviar a la joven Bertha a la ciudad para que estudie la carrera de maestra. La madre no soporta la idea de que su niña, una vez transformada en una mujer culta, acabe rechazándola por ignorante y fracasada. Prefiere criarla a su manera, bajo el imperio de la religión, las supersticiones y la estrechez de miras. El conflicto está servido. El padre esgrimirá sus derechos legales sobre la hija, teóricamente superiores a los derechos naturales de la madre. Pero las certezas no tardarán en desplomarse porque “solo la mujer sabe si un hijo es suyo o no”, como se encarga de recordarle Laura. Las pruebas de ADN no existían en la época. Se debía confiar en la palabra de la mujer. De repente, se abre ante Adolf una perspectiva minada de horribles dudas. ¿Es Bertha su hija o no?

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Como ocurre en La señorita Julia o en La más fuerte, dramas del mismo autor, el personaje que, en apariencia, ostenta el poder es el que acaba por ser destruido. Porque, como se descubre poco a poco, es el más débil. Aquí, el padre, respetado militar y excelente científico, convencido de que la mujer cede sus derechos sobre los hijos al marido tras firmar el contrato matrimonial, verá mermar poco a poco sus fuerzas ante el avance estratégico de su inclemente esposa. Las redes femeninas atrapan en una espiral de mentiras a Adolf hasta volverlo loco, dejándolo fuera de juego para educar a su hija pero con la pensión que permite subsistir a la esposa. El matrimonio se revela como una institución castradora para el hombre. Y El padre funciona como la cara B de Casa de muñecas del noruego Henrik Ibsen: Adolf es Nora, pero a diferencia de ella no consigue huir del hogar opresor. Queda atrapado, metafórica y literalmente, en una camisa de fuerzas.

Si Strindberg representa la transición teatral entre el naturalismo y el simbolismo, el Atelier del Drama se decanta por la primera tendencia teatral para llevar a escena El padre. El decorado, historicista, representa el despacho del capitán en una mansión rural atiborrada de objetos de época. No faltan el brasero, los quinqués, los butacones forrados, el chaise longue, la gran luna de un espejo con el azogue oscurecido por los años y la mesa de trabajo del hombre de la casa. Por allí pululan las mujeres —esposa, hija y vieja ama de cría— y sus aliados —el cuñado clérigo y el médico dominado por la esposa—.

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También el naturalismo guía la interpretación actoral. El protagonista y director, Juan Prado, sobresale con diferencia del resto del elenco, el cual bascula, en demasiadas ocasiones, entre la inexpresividad y la traición de los nervios. El conjunto, en todo caso, no desentona con un Prado que llena el escenario y conduce con mano firme, sin altibajos, la pieza. La gestualidad está buscada, acertadamente, para semejar casual y espontánea. A ello ayudan los solapamientos del diálogo entre los personajes, que aportan un matiz de realismo al habla. Las dudas o correcciones sobre la marcha de lo que se está diciendo constituyen una apuesta que, tras los primeros segundos de extrañamiento, gusta, aunque no impide detectar algunos errores subsanables en la dicción de los parlamentos. La adaptación del texto original, eso sí, resulta fluida, fresca, y la rapidez con que se escupen las palabras impide que la tensión y el ritmo decaigan en momento alguno de las dos horas del espectáculo.

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La reivindicación valenciana de Strindberg ha pasado, en los últimos años, por la compañía Escena Cero y su director Tono Berti (El pelícano), o por el Proyecto Strindberg, de Jorge Affranchino, con La línea continua (La señorita Julia, La más fuerte…). Ahora, una nueva compañía valenciana, nacida con vocación de continuidad, escoge para su presentación en las tablas El padre. Juan Prado, actor y director que ha desarrollado su trayectoria en Madrid durante los últimos veinte años, vuelve a su tierra para montar un texto que empieza como una comedia de costumbres y deviene en Strindberg en estado puro. Un drama apasionante donde las fuerzas en oposición —matriarcado versus patriarcado, en definitiva— no se detienen hasta que una extermina a la otra, negando toda posibilidad de una pacífica convivencia.

Ficha artística: El padre, de August Strindberg. Compañía Atelier del Drama. Dirección y adaptación: Juan Prado. Reparto: Juan Prado, María Minaya, Begoña Navarro, Andrés Simarro, Vicente Soriano, Isabel Torrijo, Amparo Iserte y Carlos Banyuls. Sala Russafa, Valencia.

Purificació Mascarell

Un comentario en “Mujeres y Strindberg y viceversa

  1. Muy buena reseña, Purificación. Yo también estuve allí, claro. Strindberg es un alma que me atrae enormemente. Hay tantos Strindbergs en realidad que cada uno tenemos el nuestro. Como dijo Bergman sobre Strindberg, “me ha acompañado toda la vida. Lo he amado, lo he odiado y he lanzado sus libros contra la pared. Lo único que no he podido hacer nunca es deshacerme de él.” Ahí estamos. Pronto más noticias sobre Strindberg en Valencia…

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