Las pieles fílmicas del teatro

Video Killed the Radio Star cantaba en 1979 el grupo The Buggles. El temor a que un nuevo medio de comunicación devore al anterior y lo condene a una lenta agonía es extensible a la competencia entre las expresiones artísticas de masas. A lo largo del siglo XX, las poderosas tablas han visto como su papel en el imaginario colectivo mermaba a medida que el celuloide crecía. Al mismo tiempo, el teatro ha ido nutriendo al cine con técnicas interpretativas, recursos escenográficos, argumentos o personajes.

No vamos a referirnos aquí a las innumerables adaptaciones cinematográficas que se han filmado a partir de los mejores textos dramáticos de todas las épocas, desde los clásicos de Shakespeare hasta los dramas de Tennessee Williams que tan míticos films han propiciado, pasando por todo el teatro español llevado a la gran pantalla y que el investigador Juan de Mata Moncho Aguirre recoge en su completa tesis Las adaptaciones de obras de teatro español en el cine y el influjo de éste en los dramaturgos. Mejor observemos el uso del teatro como recurso de ambiente y potente marco de la acción tal como se emplea en dos películas con el objetivo (alcanzado) de fascinar a los cinéfilos.

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En la adaptación cinematográfica de la novela Anna Karenina de León Tolstói dirigida por Joe Wright en 2012 y protagonizada por Keira Knightley y Jude Law, la acción se sumerge en un decorado teatral de enorme suntuosidad y belleza. Los cambios espaciales permiten ver a los técnicos trasladar elementos de atrezzo o introducir tabiques mientras derriban otros con presteza. Este recurso agiliza con extrema elegancia el traslado a la pantalla de una novela de más de mil páginas. Además, deja al descubierto las costuras de la construcción artística que estamos disfrutando. Como en un ejercicio de distanciamiento brechtiano, se nos recuerda una y otra vez que estamos ante un artefacto de ficción. Es, quizá por esto, la adaptación más juguetonamente literaria de las realizadas sobre el texto original.

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No en vano el guión viene firmado por el dramaturgo británico Tom Stoppard, quien ya fusionó magistralmente el teatro con el cine en el film Shakespeare in Love (la película que todavía le falta a nuestro Lope, pese al loable intento de Andrucha Waddington en 2010). En esta Anna Karenina se consigue que todas las escenas queden teñidas de un halo teatral en su estética antirrealista. En consonancia, y tal como han censurado algunos críticos, la profundidad psicológica de los personajes se resiente. Es cierto que la historia pierde en dramatismo mediante este recurso lúdico del teatro desmontable, pero también que gana en ritmo y que resulta una gozada para los sentidos. Por otro lado, ¿no son como títeres los personajes enredados en la pasión de Anna? Algo de ello se percibe en la novela de Tolstói: aunque lejos del determinismo decimonónico francés, el ruso no deja de señalar que la vida es un teatro donde todos interpretamos nuestro papel condicionados por la sociedad y por nuestro propio sino.

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Otra película que apela al recurso de la ambientación teatral llega de la mano del maestro Roman Polanski y se titula igual que la obra de teatro del dramaturgo David Ives en la que se basa: La Venus de las pieles. La pieza dramática está, a su vez, inspirada en la novela homónima del austriaco Leopold von Sacher-Masoch, padre literario del masoquismo. En esta novela de 1870, se presenta la retorcida relación del noble Severin von Kusiemski con la “dominatrix” Wanda von Dunajew. Una potente historia sobre la dominación sexual, la humillación y el placer menos conocida, quizás, que las obras de temática hermana (Juliette, Justine, Los 120 días en Sodoma) del marqués de Sade. Polanski regresa sobre el teatro tras su versión cinematográfica de Un dios salvaje (2011), de Yasmina Reza. Pero La Venus de las pieles y sus jugosas implicaciones van más allá de la ácida crítica a la sociedad del bienestar que propone el texto de la francesa.

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De hecho, esta película debería diseccionarse cuidadosamente en las escuelas de Arte Dramático. De manera implícita, invita a reflexionar sobre las claves de interpretación de un personaje teatral, los castings de actores, la correcta lectura de un guión, los fantasmas que hay detrás de los hombres y mujeres de teatro, el exorcismo de esos fantasmas a través del arte… Todo un cúmulo de sugerentes cuestiones para los amantes de la escena pueblan este largometraje. Sin olvidar la camaleónica personalidad de la actriz protagonista, un torbellino al que resulta imposible decir no y cuya actitud procaz deja boquiabierto al espectador desde el primer segundo.

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El film, estrenado en 2014, está protagonizado por la actriz Emmanuelle Seigner, esposa del director, y Mathieu Amalric, de significativo (y deliberado) parecido físico con Roman Polanski. ¿Cómo se sostiene una trama con dos personajes que no abandonan una sala teatral vacía en hora y media? Con un guión vibrante, en el que no sobra ni falta una coma, sobre el que flota el magnetismo del extrañamiento y el morbo. A ello se añade el constante juego entre realidad y ficción, que brinda múltiples planos de interpretación para el espectador. Sin olvidar que estamos ante una película profundamente feminista en su dialéctica, pero sin dejarse llevar por tópicos manidos. Y, en este línea, con un final solo calificable de mítico… Un trabajo tan sencillo en su formato como complejo en su contenido que, no obstante, pasó sin mucho ruido por las carteleras.

¿El cine mata a la estrella del teatro? A estas alturas ya sabemos que no, que la convivencia es posible porque ambos ofrecen experiencias distintas y complementarias, y que el enemigo del teatro no es el cine (o viceversa), pues el antagonista es compartido: los gadgets, las redes sociales y las pequeñas pantallas de los móviles que nos absorben y consumen nuestro tiempo para el ocio y/o la reflexión. Mientras tanto, el cine y el teatro contemporáneos siguen retroalimentándose, pugnando por crear tan sugestivos lazos como los que dibujan las relaciones adúlteras o masoquistas de Karenina y Sacher-Masoch.

Purificació Mascarell

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