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Ocho apellidos clásicos

—¿Sabes que van a rodar Ocho apellidos clásicos?

—¡No me digas!

—Sí, señora. Calderón, de Vega, Rojas, Amescua, de Castro, Moreto, de Molina y Zayas.

—¡Venga ya! Estás chalao.

—Es que… Es que los ingleses lo han vuelto a hacer.

—¿El qué?

—Pues eso. Una película buena sobre una obra de Shakespeare. Con presupuesto, grandes profesionales detrás de las cámaras, reconocidos actores delante y un resultado excelente.

—¿Te refieres al Macbeth de Justin Kurzel?

—Al Macbeth interpretado por el actor de moda, Michael Fassbender.

—Tengo que verla.

—Vale la pena. La fotografía es magnífica, Escocia en estado puro. Tiene la dosis adecuada de sangre y violencia. Y nada de estridencias actorales, todos muy sobrios. Además, la mujer de Macbeth tiene el protagonismo justo y no exagera su maldad. Logra que empaticemos con ella, que ya es decir.

—¿Es Marion Cotillard, no?

—La misma.

—Entonces, ¿mejor que el Macbeth del Palau de la Música de València, no? El de Plácido Domingo, digo.

—¡Qué maja! Lo dirás por el cuerpazo del Fassbender, ¿eh? ¡Pillina! Y te diré que esas cosas también atraen gente al cine. Si fichas actores y actrices atractivos para interpretar a los clásicos, parece una tontería, pero…

—Y ahora me dirás que ya toca que el cine español se atreva con El castigo sin venganza de Lope de Vega, que ahí hay filón para una peli alucinante, ¿a qué sí?

El castigo y otras comedias barrocas. Que nadie las quiera adaptar al cine, ¿qué es?: ¿Falta de cultura en general?, ¿desconfianza hacia el público?, ¿miedo a no estar a la altura?, ¿desinterés?…

—Todo junto, será.

—Viendo esta peli te das cuenta de que todas las tramas posibles en torno al ser humano ya las hicieron los clásicos hace un montón de años. Que luego, los modernos, solo han hecho variaciones, digresiones, sobre esos mismos temas.

—Ale, ya salió el defensor de los clásicos a escena.

—Bueno, bueno. Me callo. Y sigamos soñando, que me parece que nos quedan apellidos para rato…

—¿Soñando? Te voy a contar lo que soñé yo el otro día. Que Pablo Iglesias era Macbeth, y que las Fatídicas le anunciaban que iba a ser presidente de España, y que se iba cargando a todos los que se ponían en su camino. Pero su saga política resultaba estéril, sin continuidad, como también le predijeron las Fatídicas. Y resulta que Alberto Garzón era Banquo, que no sería nunca presidente, pero sí posibilitaría una estirpe de presidentes que…

—Guapa, ¿eso lo soñaste despierta o dormida?

—“Te falta la sal de la vida, el sueño”. Lady Macbeth dixit.

—Anda que…

 

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