p baroja 1950 nicolas muller copia

Cementerio de almas

—El jueves fui a la exposición del Museu del Carme sobre antiguas fotografías de escritores españoles, ¿sabes cuál digo?

—¿“El rostro de las letras”? ¿La que organiza Acción Cultural Española? Yo también la he visto, está muy bien.

—¿Verdad? Y vale la pena visitarla sin prisas, deteniéndose en los rostros de los autores y tratando de detectar en ellos la personalidad que sus coétaneos les atribuían: la melancolía en Juan Ramón Jiménez, la gallardía en José Zorrilla, la tozudez en Emilia Pardo Bazán, la bonhomía en Antonio Machado, la perspicacia en Miguel de Unamuno, la elegancia en Alejandro Sawa…

—A mí me encantaron las instantáneas de las tertulias de época. Las de finales del XIX, en esos salones adamascados y repletos de bibelots; y las de después, entre las estrechuras de los veladores de mármol en esos cafés borrosos por el humo de mil cigarros.

—Imagínate cómo debían oler las ropas de los contertulios. Ríete tú de nuestras discotecas antes de la ley antitabaco…

—¿Viste la fotografía de Ramón Gómez de la Serna, colgado de un trapecio en el Circo Price de Madrid?

—Brutal. Fíjate qué sitio eligió para leer un discurso. Me impactó lo bajito que era, ¿no? Con las piernas cortas y regordetas, como un par de jamones. Por eso decían que a Ramón, para tomárselo en serio, había que escucharlo sentado en su querido Café Pombo.

—Y luego están las fotos clásicas de Valle-Inclán, con la luenga barba y la manga vacía bien doblada sobre el regazo. Qué crack.

—¿Y la imagen de Blasco Ibáñez?

—¿La de cuándo llega a Argentina y le rodea una nube de fotógrafos antes incluso de bajar del barco?

—No, la de su rostro justo después de morir. ¿Sabes qué impresión me dio? Que el tío se había muerto contento y satisfecho. Que no es poco.

—Ese también era un crack.

—Y luego hay dos grandes fotografías que me hicieron pensar. En una, Pío Baroja pasea por el Retiro. En otra, Azorín regresa del cine por una calle de Madrid.

—Sí, ya estaban muy viejecitos. Con esos abrigos enormes de entonces. En ese Madrid del pleno franquismo.

—La cartela explicaba que, en sus últimos años de vida, ambos se encerraron como ostras en su concha, sin vínculos con la realidad social y política. No querían saber nada del mundo que les rodeaba. ¿No resulta un final decepcionante para tan grandes figuras?

—No, es un final humano. Se volvieron egoístas, que es inclinación natural en niños y viejos. Somos seres volubles. Ya lo dijo Unamuno: “Nuestro cuerpo es un cementerio de almas”.

—Aunque algunos, más que un cementerio, sean una fosa común.

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