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Los hilos tras los titiriteros

—Buenas noches, titiriteros.

—A lo Juan Diego Botto, ¿eh?

—Tú igual no lo sabías, pero resulta que a toda España le interesa mucho el arte de los títeres.

—No creo. Tengo un amigo titiritero, que va con sus marionetas en una maleta allá donde le den unos pocos euros, y muchas noches cena tortitas de maíz.

—Entonces para él no son “buenas noches, titiritero”.

—No. Pero tienes razón. De repente, la gente se ha acordado de los titiriteros. Una lección para todos los olvidados por el mainstream: elaborad cartelitos subversivos, vinculaos a Ahora Madrid, y Antonio Ferreras os dará su apoyo incondicional en directo.

—En todo este ditirambo mediático, porque no se le puede llamar debate…

—No, no alcanza la altura intelectual mínima entre tanta víscera.

—…hay una cosa que no me cuadra.

—¿Sólo una?

—Nadie ha aludido a una cuestión fundamental: que el famoso cartelito con el eslógan de exaltación terrorista aparecía dentro de una representación teatral, dentro de un artefacto de ficción.

—Ya, que no lo enarbolaban los propios artistas con su nombre, apellidos y D.N.I., en plan “yo, Juan Gómez, afirmo que AlkaETA es lo mejorcito del mundo”, ¿no?

—Claro, porque si nos ponemos así de estupendos, hay millones de manifestaciones artísticas que muestran, e incluso postulan, causas violentas de toda índole. Pero lo hacen desde la ficción, un territorio donde supuestamente no hay límites. ¿O sí los hay?

—Me pregunto si también debería prohibirse cualquier novela o película que adopte el punto de vista de un ferviente yihadista. Más que nada porque ese personaje haría un continuo enaltecimiento del terrorismo…

—Exacto. ¿Por dónde empezamos a prohibir? En esta polémica provinciana no se habla de los límites de la verdad en el arte, de la frontera entre realidad y ficción, de la distinción entre el autor y su obra…

—Pues, si me permites, para mí lo más alucinante ha sido la preocupación por las criaturas que presenciaron el espectáculo.

—Ah, sí. Esos niños rodeados de ideología sexista, consumidores de videojuegos de guerra comprados por sus papis o practicantes descarados del bullying sin que el sistema se les oponga.

—Esos niños no percibían el escándalo. Domesticados con pantallas que les ofrecen estímulos mucho más potentes y brutales, un títere, con o sin pancarta, resulta irrisorio.

—En el fondo, titiriteros, niños y demás, estamos a merced de los demiurgos que mueven nuestros hilos de marionetas.

—Sí, señor. Por estas frases me gusta cenar contigo. ¿Sacamos ya las tortitas de maíz o qué?

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