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“Ex libris”

—¿Cuál es el último libro que has leído?

—¿Valen los de “aprende a cocinar sano y barato”?

—Sabes que no.

—Bueno… Pues, a ver… Chica, no sé.

—No me mentes al Paulo Coelho, eso sí que te lo pido.

—¿Por qué? ¡Con lo que me gustó El alquimista!

—Por favor, estoy hablando de libros, no de charlatanería para mediocres.

—¡Ale! Ya salió la exquisita.

—¿Sabes qué pasas? Que la gente no lee. Tú no lees. Es decir, lees los mails, los whatsapps, el twitter y el facebook. Lees mucho, pero lees banalidades.

—Mira, te confieso que me gustaría leer más libros, pero dime cómo hacer para que el día tenga más horas, porque no llego.

—Eso es mentira, para el móvil siempre tienes tiempo, ¿a qué sí?

—Vamos a ver, ¿a dónde quieres ir a parar?

—Mis padres terminaron el colegio a los 12 años y se pusieron a trabajar. Y en mi casa siempre ha habido libros: las completas de Blasco Ibáñez, las de Zola, Las mil y una noches, novelas de Agatha Christie, enciclopedias de historia y de ciencias…

—Y el periódico cada día, ¿verdad?

—Efectivamente. Y ahora, cuando visito las casas de mis amigos con niños, observo que sus estanterías están vacías. No hay un solo libro en su salón con wifi y home cinema.

—Y tus amigos tienen carrera.

—Todos tienen estudios y ninguno lee libros. ¿Qué ha pasado aquí?

—Pues que han cambiado los hábitos y los gustos de la gente.

—Pero para mal. Mientras compran a los críos libros infantiles carísimos, los padres se hacen selfies para cambiar cada semana su foto de perfil. Es de locos.

—No me digas que te crees el eslógan de “si tú lees, ellos leen”. Porque habrá de todo, digo yo.

—Lo que creo es que el “érase un hombre a un móvil pegado” no es un modelo cultural para los más pequeños, precisamente.

—Los niños maman tecnología desde que nacen. No se puede poner puertas analógicas al campo digital. Como tampoco imponer la lectura de manera obligatoria.

—Nos imponen otras aficiones sin que nos demos cuenta y acatamos sin rechistar el dictado de tendencias que enriquecen a tipos listos que se ríen de nosotros. ¿No es esto más cruel que la lectura obligatoria del Lazarillo?

—Siempre me convences, querida.

—No sé si sabes que Steve Jobs, el inventor del iPad, nunca dejaba la tableta a sus hijos. Les ponía libros entre las manos mientras vendía al resto del mundo su pantallita.

—Bueno, llegados a este punto, relájate. Creo que tengo el bálsamo ideal para tu desesperación.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

—¡El alquimista!

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