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Esperando el retuit

—La tiene que reescribir alguien, es absolutamente necesario.

—Ah…

—Alguien debe meterle mano a la obra de Beckett, a Esperando a Godot, para adaptarla al presente.

—Umh…

—¡Hay tanta gente que llena el vacío de sus absurdas existencias esperando, esperando y esperando!

—Ajá…

—¿Me estás escuchando? ¡Oye! ¿Entiendes lo que digo? Nada, no hay manera, no me escucha… Es como los zombis que van en el tren donde ya nadie dice “bon dia” al sentarse, donde ya nadie reposa su mirada en el paisaje y reflexiona. Es uno más de los alienados que esperan, los ojos fijos en la pantalla, los dedos prestos. Todos esperan. Son los fanáticos del retuit, los que se desmoralizan si al colgar una foto solo obtienen tres tristes “me gusta”, los de subir al instagram fragmentos de vida que pretenden componer un relato de plenitud, de gozo, de complacencia, y solo son radiografías de espectros, rastrojos de la vida auténtica que se están perdiendo. Los hay quienes propagan su cháchara baldía a los cuatro vientos digitales a la espera de hallar un eco que les insufle autoestima; los hay quienes vigilan y viven a través de esos retazos que sustituye la vida verdadera de los demás; los hay semióticos vertiginosos de la imagen y de la palabra, que consumen y emiten significantes sin cesar. ¿Para qué? Nadie lo sabe bien. Pero llenan el vacío. Y el vacío es enorme, negro, no tiene fondo y da mucho miedo. Así se consigue llenarlo por un instante. Solo por un instante. De ahí los ojos fijos, sin pestañear; los dedos ágiles, sin descanso. Hay que seguir llenándolo. Si te detienes, caes en el vacío. Y el vacío hace que dejes de existir. Solo unos pocos saben que esto es una falacia interesada que llena los bolsillos de algunas mentes privilegiadas. Pero es complicado convencer de ello a los alienados. Que siguen esperando el tuit. El comentario. El whatsapp. Ya casi ni el mail. Esperando eso que da sentido a la vida y nunca llega y, si llega, nunca acaba de darle el sentido esperado. Quizá porque no hay sentido alguno. Quizá porque debemos aprender a vivir sin ese sentido. Pero no. No desistimos, no nos resignamos a aceptar que no hay sentido. El Dios de la pantalla parece tener una respuesta, la Respuesta. Y a Él se consagran miles, millones de personas, todos los días, durante fugaces horas que escapan entre los dedos en perpetuo movimiento. ¡Ay! Por nuestra condición efímera solo poseemos tiempo. Y han logrado que lo dilapidemos en este nuevo opio… ¿Me escuchas? ¡Oye! ¿Me has comprendido?

—Ajá… Umh… Ah…

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