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Nostalgia

—¿Qué haces esta tarde?

—Pues quiero pasarme por la casa de mis padres para revisar álbumes de fotos. Mi cole celebra los 50 años y ha pedido a los antiguos alumnos que enviemos recuerdos para hacer una exposición colectiva. Se avecina un festival de nostalgia.

—¡Ah, la infancia! Justo estos días estoy viviendo una fase regresiva…

—No me digas que has sacado los PinyPons del cuarto trastero y te has puesto a peinar a los Ponys.

—Pues casi. Me he comprado por Internet un viejo anuncio de Michelin. Tú dirás, ¿y eso? Pues por esa palabreja que has mencionado, por pura nostalgia. Nostalgia cara, no creas.

—Pero, ¿de Bibendum, del muñecote gordo y blanco de los neumáticos?

—Del mismo. Resulta que estaba en la entrada de mi pueblo en un taller y, siempre que pasaba de pequeña en el asiento de atrás del coche, le decía adiós. Luego tiraron abajo el taller e hicieron pisos. Del anuncio metálico nunca más se supo. Ahora he encontrado a mi amigo Bibendum en una tienda on line especializada en vintage. Tenerlo en casa será como volver a viajar en el viejo coche familiar.

—Los jóvenes cada vez empezamos antes a añorar nuestra infancia. Y eso que cada vez salimos más tarde de ella. Es un poco raro.

—Es un poco de sociedades que se pueden permitir ese lujo, el lujo de recrearse en el regreso al pasado porque el presente le da pocos problemas.

—Pues yo pienso al contrario. Creo que es un fenómeno que se produce, precisamente, en una generación que ha ido a peor respecto a su infancia. Las anteriores generaciones experimentaron un progreso. A nosotros nos ha tocado vivir un retroceso, con ruptura de expectativas incluida.

—La cuestión es que ya hay quien atesora clicks de Playmobil en su estantería del salón o quien decora su piso con las siete bolas del “drac Sharon”. Por no hablar del fenómeno del retro-fútbol entre los que leen y hacen la revista Panenka, nostálgicos del deporte que veían y admiraban de niños.

—Pues yo estoy viviendo un segundo enamoramiento por las aventuras de Celia, de Elena Fortún, y las de Sherlock Holmes, de Conan Doyle. Como cuando tenía diez años.

—¿Conoces la etimología griega de “nostalgia”? Viene de “nostos”, regreso, y de “algos”, dolor. Fue un neologismo acuñado por el suizo Johannes Hofer. En su tesis médica, a finales del XVII, la empleó para describir la depresión que sufría un joven estudiante. Se curó milagrosamente al regresar a su casa familiar.

—Muy curioso. A mí siempre me ha parecido una parida eso de “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. ¿Qué es la vida adulta si no ese regreso permanente al pasado? Aunque te hago una reflexión.

—¿Cuál?

—En esa tienda on line, ¿tendrán algo de pan negro, “garrofes” como sustituto del inalcanzable chocolate y una vieja regla de madera para azotar a los alumnos? Es para regalarle a mi abuelo un poco de su “nostalgia”. Me pillas, ¿no?

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