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Gulags

—Me preocupa. Me preocupa mucho que los alumnos de último curso de carrera, de cualquier carrera, no sepan qué es un gulag. Porque allí se encerró tanto a poetas como a ingenieros.

—Es preocupante, sí. ¿Lo has podido comprobar?

—Así es. Y eso quiere decir muchas cosas. La primera es que han podido llegar hasta ese último curso sin saberlo. La segunda es que el título que van a obtener encubre serias taras. La tercera es un tanto shakesperiana: algo huele a podrido en la enseñanza. La cuarta ha de ver con el nulo autodidactismo que reina entre los más jóvenes, frente al frecuente en generaciones anteriores que no pudieron estudiar…

—Bueno, ahora también son muy autodidactas. Todas las cuestiones tecnológicas las aprenden solitos y rápidamente…

—En este país nunca se ha sabido qué hacer exactamente con la educación. Siempre se ha jugado a lanzar las culpas del fracaso colectivo: los padres y el contexto familiar, los propios niños, los profesores, el sistema educativo, la sociedad, la televisión, qué sé yo, ¿dónde está la clave del desbarajuste? ¿En qué punto sale uno de la universidad sin saber qué es un gulag?

—Oye, ¿has visto una serie nueva en La Sexta, Merlí? La protagoniza un profesor de filosofía de instituto. El tío atrapa a los chavales con su particular carisma e impartiendo una clases transgresoras y participativas. Pretende que, más allá de los contenidos, aprendan a pensar por sí mismos, a ser autónomos, a tener interés y a superarse.

Sí, he visto la serie. Y creo que fuerza demasiado el tópico del profesor “especial” versus el profesor “ladrillo”. Además, la realidad en las aulas tiene más matices, es más compleja…

—La ficción televisiva tiende a simplificar, sí, pero a mí me parece pertinente el cuestionamiento que realiza Merlí de los docentes acomodados y sin personalidad.

—Pues entonces te interesará el último libro de Ricardo Moreno Castillo, titulado La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza (Pasos Perdidos). En él se disecciona el lenguaje hueco de la pedagogía, esa cháchara teórica…

—… ese humo terminológico que de nada sirve para, pongamos por caso, fascinar a treinta adolescentes una mañana de febrero con los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, y su tenebrosa experiencia en los gulags soviéticos: una maquinaria de asesinar y torturar bajo la égida del comunismo que, incuestionada durante décadas por la gauche divine europea, nunca cobró el relieve público de los campos de exterminio nazis, con víctimas que han tenido mejor gabinete de prensa. Pero volvamos a los docentes…

—Moreno Castillo, en su libro, también realiza una defensa del docente clásico: con talento, profesionalidad, ganas de trabajar y espíritu crítico.

—Fantástico. Ese es el maestro ideal. Pero estamos hablando de características que no se mesuran en unas simples oposiciones…

—En las oposiciones saca plaza el loro que mejor repite los temas memorizados en cualquier academia… Es absurdo que el sistema público no capte a los mejores de cada promoción para dar clase. Pero, bueno, no nos pongamos tan exquisitos. ¿Existe el “docente ideal”? No, es una falacia. Sería una especie de Frankestein costruido con cientos de fragmentos distintos y cambiantes. Y, como mucho, hay aproximaciones más o menos buenas. Porque se trata de un oficio que no se aprende en los libros de pedagogía, sino a base de mucha práctica sumada a aptitudes que se tienen de serie.

—¿Sabes qué otros presos fueron célebres en los gulags? Los profesores.

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