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Bilis amarilla 2.0

—¿Conoces la antigua teoría de los humores del cuerpo humano? Se decía que había cuatro: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla. Esta última era la que predominaba en las personas de temperamento colérico, hombres y mujeres fácilmente irritables y con propensión a la furia, la violencia y la ira. La bilis negra, por su parte, marcaba el carácter de los melancólicos, así como la flema el de los impasibles y la sangre el de los audaces y enamoradizos. Pues bien, por lo visto, la bilis amarilla, pero amarilla canario, es la que impera en el orbe digital.

—Cierto. Ahí tienes el reciente caso del cantante Francisco diciendo burradas sobre Mónica Oltra (corderito, cómo se ha suavizado cuando ha visto que su actitud de bravucón le afectaba a la butxaca y se quedaba sin conciertos…) o el de los tuiteros haciendo escarnio de la muerte de un torero.

—La cuestión es que las redes sociales otorgan un altavoz a gente que, hasta hace cuatro días, solo podía escupir barbaridades ante su familia en casa o con sus amigos en la barra del bar. Ahora las puede lanzar a los cuatro vientos digitales y quedarse tan pancho.

—Claro, porque nuestra actual plaza pública de ajusticiamiento es Internet. Sacamos lo peor de nuestra especie, lo más primitivo, a través comentarios irreflexivos, por el mero placer de evacuar esa bilis amarilla que tú mentas. Una porción de gente necesita vomitar inmediatamente su reacción visceral ante cualquier cosa. Sin meditar, sin pararse un solo segundo a cuestionar su metralla, los dedos escriben veloces al dictado de las vísceras. Los comentarios que pueblan las noticias de los periódicos digitales así lo evidencian. Y luego está Twitter, ese mentidero del siglo XXI, esa feria de las banalidades.

—Pero no me negarás que, si al emisor le produce placer salivar salvajadas, hay mucho de morbo enfermizo en todos los que las leen relamiéndose… ¿Sabes qué opino? Que hay más gente violenta y radical en esta sociedad de lo que a priori parece, lo que pasa es que lo disimulan bien en el día a día y luego se amparan en la lejanía de las pantallas para mostrar su auténtico yo, muchas veces bajo pseudónimo.

—Precisamente es esa facilidad que otorga la lejanía de los receptores la espita por donde mana el odio. Antes de escribir cualquier tontería en foros o en la web de un periódico o en Facebook todo el mundo debería pararse a pensar si diría exactamente lo mismo ante un atril y en una sala con treinta personas de toda índole muy atentas a sus palabras. Si te atreves a sostener lo mismo, es porque detrás de tus razones hay argumentos suficientes y no las encuentras ni descabelladas ni insultivas. Pero la mayoría de la gente se avergonzaría de proclamar su vomitona ante un público de carne y hueso a escasos metros.

—Ante el público virtual todo es más sencillo. Es la sencillez en la que se encuentran cómodos los cobardes.

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