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Callejear

—Era de noche, en pleno invierno, y las calles del distrito de la Seu estaban desiertas y silenciosas. El eco de los pasos resonaba por Trinitaris. Parecía un viaje en el tiempo. Me dije: “Algún día quiero vivir por aquí”. Y, tras algunas noches de paseo y búsqueda, vimos el ansiado cartel de “se alquila”.

—Pues yo tenía claro quería estrenar un piso propio y en una zona nueva. Siempre me han gustado los edificios altos y las calles amplias. ¡Nueva York es mi ciudad favorita! Así que me vine a la Avinguda de les Corts Valencianes. Y estoy genial… Los bares por la tarde, el centro comercial al lado, gente joven con buen nivel de vida. Además, resulta tan práctico…

—No digo que no, pero es un espacio que carece de poesía. En Ciutat Vella tienes los metros cuadrados justos para vivir y muchos edificios están deteriorados. Pero la panorámica desde el terrat nunca defrauda. Y prefiero esa poesía a un hall minimalista cargado de ambientador frutal.

—Tú es que eres muy romántica… Mira, suerte que ambas hemos podido elegir. A muchos no les queda más opción que apañarse con el piso de protección oficial del franquismo, heredado del abuelo y en cualquier barrio de trabajadores.

—Totalmente cierto. Me has inyectado la dosis de realidad que me faltaba.

—Pero, sigue, sigue.

—Bueno, lo que intentaba decirte es que, si puedo, evito la despersonalización. Me gustan los lugares con identidad. ¡Ah! Y lo del buen nivel de vida de tus vecinos… Primero habría que ver sus deudas con el banco.

—Vale… Entonces, ¿cuál es la gran virtud de vivir en el barri de la Seu?

—El privilegio de conectar con el pasado. Mira, por ejemplo, Manuel González Martí tuvo allí su museo de cerámica antes de trasladarse al Palau de Dos Aigües. Y Pere Maria Orts, antes de dejarnos huérfanos de homenots, todavía recordaba a los niños de su calle jugando ante la enorme fachada del seminario.

—Bucólico. Pero ahora en los cascos históricos no se puede aparcar, faltan comercios y servicios básicos, la movilidad resulta muy incómoda, por no hablar de ciertas calles frecuentadas a altas horas, sucias y ruidosas…

—Tienes razón, pero en esas calles está lo que fuimos. Conocí a una profesora de Roma que vivía a las afueras de la ciudad y llevaba los domingos a su hijo de diez años a pasear por el núcleo histórico. No quería que la mirada del crío se educara en bloques de cemento y tramas cuadriculadas. Quería que las filigranas, los estucos y las volutas de las fachadas, sus colores siena, ocre y añil, penetraran en el cerebro del chaval enriqueciéndole y relatándole sus orígenes.

—Otros preferirán que sus hijos miren hacia el futuro a través de una arquitectura contemporánea y un modelo de ciudad que conecta con el resto del planeta.

—La arquitectura del pelotazo, precisamente, es la que nos ha reconducido al pasado, pero en su aspecto más miserable… Yo solo digo que pasear por Ciutat Vella debería ser obligatorio para cultivar nuestra sensibilidad histórica. Y, aquí en Valencia, que tenemos el privilegio de callejear sin el turismo masivo de Barcelona o Roma, no tenemos excusa. ¡Ah! Por cierto, mi ciudad favorita es Morella.

—Ya, ya me imaginaba que Shanghai no iba a ser…

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