Vocación

—Una de las mejores profesoras que he tenido a lo largo de toda mi vida académica, que ha sido larga, aunque nunca lo sea demasiado (ella también me enseñó que el estado ideal es el de estudiante), no tenía vocación de profesora, no quería dedicarse a la docencia.

—Pero era una gran maestra, según dices.

—Excelente. Nunca he visto a nadie que se tomara tan en serio su trabajo en las aulas, nunca. Aquello era sagrado para ella. Pero no tenía vocación, ni falta que le hacía.

—¿Y qué tenía que la hacía tan especial?

—Tenía un sentido extremo de la profesionalidad. Porque ser profesional, te dediques a lo que te dediques, es lo que verdaderamente importa.

—Espera, espera, ¿y la vocación? ¿Dónde te la dejas?

—Prescindo de ella. Es muy simple. Tú no quieres que el médico que te opera tenga ilusión por ser cirujano, quieres que te opere a la perfección. Te da igual que el cocinero esté emocionado con preparar tu cena, lo que quieres es que le salga tan rica que te chupes los dedos. Qué más dará si el bombero soñaba o no con apagar fuegos de pequeño: que lo apague rápido y sin poner a nadie en peligro.

—Pero mejor será que se alíen vocación y profesionalidad en cada trabajador, ¿no? Quant més sucre, més dolç

—No sé si será mejor, pero lo que está claro es que la vocación por sí sola no sirve absolutamente para nada. Y que, sin embargo, un auténtico profesional de su oficio es idóneo en cualquier ámbito, incluido el de la educación, en la que el mito vocacional ha hecho tanto daño.

—Pues siempre se ha dicho que todo buen maestro…

—Mira, yo hice la carrera con gente que decía tener una gran vocación de profesor de secundaria y eran unos auténticos zoquetes sin curiosidad ni interés por aprender. ¡Pobres de los niños que estén en sus manos! Porque esa gente tiene mucha potra y acaba metiendo cabeza en las aulas, está comprobado.

—Bueno, esos no tienen vocación, esos tienen la cara muy dura y ya está. Pero, al hilo de lo que comentas: hace unas semanas vi en el cine la película La clase de esgrima, de Klaus Härö. Cuenta la historia del campeón de esgrima Endel Nelis. Para huir de la policía secreta rusa, el deportista ocupa un puesto de profesor de educación física en un pueblecito. El tío no tenía vocación alguna, él quería dedicarse a la esgrima y punto, pero su formalidad ante el compromiso adoptado con los niños hace que se convierta en el profesor más respetado y valorado del colegio. Y también en el enemigo del mediocre director del centro, de supuesta gran vocación.

—Otro ejemplo lo ofrece, magistralmente, la novela Juventud sin Dios, de Ödön von Horváth, escrita durante los años de auge del nazismo y todavía de actualidad. Cuenta la historia de un profesor de Geografía que, una vez perdida su vocación, acaba brindando a los alumnos una lección moral que siempre le agradecerán. No te doy más detalles porque en la novela hay un misterio y vale la pena resolverlo leyendo este clásico de la literatura en lengua alemana que fue mandado quemar públicamente por Goebbels.

—Goebbels… Un caso en el que se aliaron profesionalidad y vocación para terror del mundo entero. Pues, en realidad, ni la una ni la otra sirven de nada sin lo principal: una adecuada base ética, ¿no crees?

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