Última edición

—Paseas, paseas y paseas y un día sucede. Otra vez más.

—¿Qué?

—Que ha cerrado de nuevo un quiosco. Que las hojas volantes que amanecían cada mañana colgadas de su fachada han levantado el vuelo por última vez. Como la última edición más triste que todo lector pueda imaginar: sin previo aviso, sin editoriales solemnes, sin suplemento conmemorativo y una triste carta del director.

—¿Y eso a qué viene hoy?

—Pues a que me ha pasado dos veces en el último mes. Primero, en el histórico quiosco España de la calle Barcelonina: el corazón de la València que todavía huele a Bar Torino y a pensión furtiva. Allí, donde era fácil encontrar casi cualquier revista y donde la prensa internacional llenaba de exotismo y aires cosmopolitas esta ciudad tantas veces a medias, todo lector de prensa hallaba un cálido refugio. El rosa de la Gazzeta dello Sport, el salmón del Financial Times, el marco rojo de la Time, las letras góticas de la cabecera de Le Monde. Era como la paleta Pantone de la industria periodística. El otro día, fui a pillar la revista Quimera de este mes (por cierto, muy recomendable: celebra ya 400 números hablando de literatura) y me quedé congelada.

—Ya no había prensa.

—Exacto. Ni rastro de las revistas especializadas, ni huella de la prensa internacional. Quedaba como un puesto de venta general con un puñado de diarios igualmente amenazados. Setenta años de historia esfumada. Y eso mismo me ocurrió esta semana en la calle Sant Vicent, en uno de los quioscos en los que olía a tinta extranjera transportada en avión de madrugada, cuando los poderosos temían antes al diario de la mañana siguiente.

—Hoy ya no hay poderoso que tema a la prensa: mira Trump, ha vencido en las urnas precisamente atacando a la prensa. Y del mismo modo que toda propaganda necesita unos gramos de verdad para ser engullida, algo habrá hecho el establishment periodístico yanqui para suscitar tan poca empatía y solidaridad del pueblo.

—Sí, pero yo te hablaba de los quioscos que cierran, de la prensa que a muchos pueblos ya no llega. Y hoy no quiero reflexionar sobre el cambio de modelo de una industria necesaria (aunque menos que los cirujanos y que los cooperantes, todo sea dicho, que abuela no les falta a los periodistas). No quiero ni entrar en por qué la gente pasa del papel a la pantalla: ¡demasiados doctores tiene ya esa Iglesia! Tampoco pienso hablar de si la realidad es que muchos lectores pasan del papel a la pérdida de tiempo en las redes y el móvil. Hoy solo quiero lamentar, a modo de epitafio amargo para el paisaje urbano, el goteo incesante de quioscos que cierran sus puertas. De las últimas ediciones que vuelan a la vuelta de la esquina. De los limpiabotas del siglo XXI, los quiosqueros, un cálido oficio amenazado por el gélido y mortal retuit.

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