El canal

—¿El medio es el mensaje? El canal, el canal de Youtube es el mensaje. ¿Te acuerdas de cuando estudiábamos en literatura aquello de «forma» y «fondo», en lengua lo de «significado» y «significante»?

—No mucho.

—Normal. Pero sí sabrás que estamos en la era del significante, en la era de la forma sin contenido. Aquella caverna platónica donde, maniatados, los prisioneros veían desfilar sombras proyectadas en una pared… ¡Ah, qué felices nos hacen esas sombras, hoy más que nunca! ¡Cómo nos recreamos en sus formas sin cuestionar las cuerdas que nos atan!

—Cuéntame dónde quieres ir a parar…

—Nada. Un siempre ejemplo: resulta que una chica ha abierto un canal en Youtube con tutoriales sobre confección de encajes de bolillos. Por lo visto, las expertas en el tema se han echado las manos a la cabeza: la youtuber tiene unos conocimientos muy básicos en la materia, incluso a veces erróneos, pero ya le pagan por asistir a los encuentros de bolilleras como estrella invitada. Todos quieren ver a la chica que sale en los vídeos. Da igual si sabe o no enrollar un bolillo. Lo importante es que aparece por internet.

—Ya. Es el signo de los tiempos. Como esos periodistas o escritores que no son ni buenos ni malos, que son del montón, pero que suenan y resuenan, y obtienen recompensas por esa «fama» gracias a estar constantemente presentes en las redes sociales.

—Exacto. Porque lo importante no es la calidad de tu trabajo, o tu talento, o tu esfuerzo, qué va. Lo importante es tu gracia y salero a la hora de venderte por internet. Y como palmeros nunca le faltan ni al más mediocre en el mundillo digital…

—A mí lo que más me impacta es la sobredimensión que está adquiriendo Twitter a todos los niveles. Aparte de que los telediarios, las tertulias y demás ya se construyen a golpe de tuit (cómo fagocita la tele lo que gusta a la masa y se lo devuelve trituradito, en una espiral infinita de podredumbre), es que los políticos viven obsesionados con las redes sociales. Ahora solo faltaba el caso Cassandra para ensimismarse más en las pantallas.

—Las pantallas son las paredes de la nueva cueva de Platón. Los sombras que no dejamos de mirar son los tuits en cascada permanente…

—La misma semana de Cassandra arriba y abajo, el periodista Lucas de la Cal sacó a la luz, en un espléndido y arriesgado reportaje de denuncia, la realidad de los «menas» (menores extranjeros no acompañados) que se arraciman en un hangar abandonado de Ceuta a la espera de esconderse entre las ruedas de algún camión que les permita llegar hasta París. Son críos de entre diez y catorce años que pasan el día colocados con pegamento que les proporciona un indeseable que, además, abusa de ellos. Su historia de abandono y miseria no ha saltado al debate público, ni los políticos ni los tertulianos se han ocupado un minuto de estos chicos abocados a la desgracia. Mientras tanto, los tuits de Cassandra han sido motivo de profundas exégesis.

—Es triste pensar que, si los “mena” tuvieran un canal en Youtube, nos interesarían.

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