El lince y el error

Los bustos de mármol me miraban como quien va a revelar un secreto. Imaginé que de noche aquellas figuras reían, discutían, se declaraban amores, y al amanecer regresaban a su silencio hipócrita, a la quietud pétrea, al aburrimiento del largo pasillo custodiado. Subí una escalinata que conducía a una sala rodeada de grandes puertas de madera. Ninguna estaba abierta. Sobre una de ellas advertí el letrero “biblioteca”. La empujé: también estaba cerrada. “No es ahí”, dijo una voz a mi espalda. Al girarme encontré una mujer cuyo rostro me resultaba familiar. “No es ahí”, repitió, pero yo seguía absorta en sus facciones. Señaló otra puerta y se fue. Entonces caí: su cara era idéntica a la de uno de los bustos del pasillo.

El olor envolvente del papel viejo y las librerías decimonónicas me hicieron olvidar aquella asociación. Cubrí el formulario de solicitud y me senté a esperar.  Solo había una persona en aquella inmensa sala de lectura: un hombrecillo a quien la vetusta mesa llegaba casi a la altura del cuello, vestido de negro y armado con una lupa redonda. De pronto su mirada se cruzó con la mía y, para mi sorpresa, alzó el dedo índice. Al principio no entendí aquel gesto, pero después miré hacia donde apuntaba: un enorme lince con un antifaz negro pintado en el techo. Debajo, un lema en italiano: “no verás si no quieres ver”.

Para distraerme, hojeé mis papeles. Un compañero me había pedido que cotejase el manuscrito de una comedia datado en 1640 con otro sin fecha albergado en aquella biblioteca. El autor apenas era conocido; la obra, sin interés. Había dejado aquella tarea para el final de mi estancia predoctoral,  cuando –todavía no podía creerlo– ya había puesto el último punto a mi tesis.

Vi el manuscrito en el mostrador. Me acerqué a recogerlo. De repente, sin motivo alguno, noté cómo me palpitaba el corazón. Las manos me temblaron al recoger aquellos papeles resecos. Regresé a mi asiento a toda prisa. No entendía la causa de aquel nerviosismo. Mientras me sentaba, vi cómo el hombrecillo caminaba rápido hacia mí. De cerca parecía aún más diminuto. Me ofreció su lupa y volvió a su asiento. Volví la vista hacia el documento que tenía entre las manos. La signatura figuraba con letras rojas en la primera página. Había un error.

Aquel no era el manuscrito. Ya me había levantado para devolverlo, deseando terminar pronto aquella mañana tan extraña, cuando pasé casi por rutina las dos siguientes hojas, blancas, y llegué a la del título, escrito con letra decimonónica. Y vi algo raro. No era el título de la comedia que investigaba mi amigo. No. No, pero había algo todavía más extraño. Se trataba del título de la comedia cuya edición era el objeto de mi tesis doctoral.

No puede ser, me dije. Es imposible. No se conoce la existencia de este manuscrito. No figura en ninguna bibliografía. No consta en el catálogo de la biblioteca, reeditado hace dos años. Con la respiración entrecortada, pasé la página. Allí estaba el texto. Efectivamente, necesitaba la lupa, pues la letra era diminuta. La letra. La letra. ¿Podía ser cierto lo que veían mis ojos? Se trataba de un autógrafo del autor. ¿Un sueño? ¿Una ficción? ¿Una fantasía de una febril noche de trabajo, después de haber lidiado con variantes, errores, correcciones ope codicum y ope ingenii?

Empecé a leer. Y terminé de leer. Casi sin tomar aire. En el folio 38r figuraban la fecha y el lugar de redacción. Se trataba del manuscrito autógrafo de la comedia que yo había estado editando. El autógrafo, sin los errores del resto de ediciones. El manuscrito del dramaturgo, con todas sus lecturas originales.

Ni siquiera me di tiempo para sentir euforia. Mi tesis estaba terminada. Había dedicado años a estudiar la transmisión de aquella comedia en sus sucesivas ediciones. A fijar su texto. A seleccionar sus variantes. A enmendar sus errores. A anotarlo. A interpretarlo. A escribir su análisis teatral con todo el detalle posible. Mi edición había surgido de la filología, y, aquel manuscrito, de la casualidad. Considerarlo ahora significaba reescribir la tesis de principio a fin.

Miré los papeles por última vez y los dejé en el mostrador. Quería salir de aquel sitio cuanto antes. ¿Qué le diría a mi amigo? Le devolví la lupa al hombrecillo. Al fin y al cabo, su comedia no importaba tanto. La puerta de madera sonó con estruendo al cerrarse. Le pondría cualquier excusa. Bajé las escaleras atropelladamente. Una pena, había sido imposible. Los bustos guardaban silencio mientras yo corría por el pasillo, pero, jueces implacables, duros censores, parecían castigarme con sus miradas blancas.

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Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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De teatro a teatro, y tiro porque me toca

Leyendo el teatro de Cervantes, esos artefactos tan inclasificables que son sus comedias, con su arquitectura episódica, sus héroes de identidad ambigua y problemática, su gracioso atomizado o su tendencia a tomar recursos del teatro prelopesco, una se pregunta cómo serían las comedias La batalla naval, El bosque amoroso, La única o La bizarra Arsinda, que parece ser triunfaron antes del boom de Lope de Vega y de las que sólo conservamos su referencia en la Adjunta en prosa al Viaje del Parnaso.

ParnasoLa confusa. Cervantes estaba muy orgulloso de esta comedia. ¿Sobre qué trataría? Sabemos que la representaron Gaspar de Porres y Juan de Acacio, pues figuraba en sus repertorios. Sin embargo, el texto permanece perdido. Cervantes, que quiso triunfar en el teatro al margen de los principios de la Comedia Nueva, tomando algunos para su provecho, transgrediendo otros sin dudarlo en comedias como La entretenida, donde lo pone todo patas arriba hasta negar el matrimonio final a los personajes, nos deja con la miel en los labios ante sus otras comedias. Y fantaseando con que alguien las localice en algún insólito lugar, por qué no.

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En su época sí triunfó como autor dramático y como director de sus propias obras Jean-Baptiste Poquelin, es decir, Molière. Después de la nostalgia por lo desconocido, después de echar de menos la lectura de unas comedias que nunca disfrutaré, me marcho a ver un entrenamiento actoral a cargo de La Jove Companyia d’Entrenament Actoral, un proyecto que surge de la ESAD de Valencia para dar continuidad al trabajo y la formación de los actores recién graduados de la Escuela. Antes de presentarnos su particular visión del Tartuf de Molière, nos invitan a presenciar una de sus sesiones de entrenamiento donde, ante nuestros asombrados ojos, se hace evidente la multidisciplinariedad del proyecto formativo. No en balde los actores trabajan disciplinas técnicas tan variadas como la danza contemporánea, el clown, el bufón, la lucha escénica, la danza butoh, la manipulación de marionetas, el mimo, la acrobacia, el canto, la percursión corporal, el tai-txi (aquí es posible verlos en acción) o la commedia dell’arte. Precisamente, en clave de commedia dell’arte ponen en escena la obra de Molière.

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El trabajo físico de cada actor, dando vida a los archipersonajes de Pantaleón, Arlequín, la “serva” o el “innamorato” es brutal. Cada gesto, cada movimiento, es técnicamente perfecto y por ello, admirable. De hecho, el espectador se encuentra tan obnubilado por el juego escénico de las múltiples máscaras que, inevitablemente, la obra de Molière pasa a un segundo plano y se convierte en un pretexto para realizar un alarde, magnífico, sin duda, de técnica física. Pero, ¿y el Tartufo? Cabría preguntarse hasta qué punto resulta hoy potente la figura teatral del falso devoto tal como la dibujó el autor francés. Devotos quedan tan pocos (¿conseguirá el papa Francisco aumentar su número?)… Aunque hipócritas haya demasiados.

347px-LeMisanthropeAlceste, el misántropo, es quizá un personaje de mayor modernidad. Más que nunca apetece escapar, como hace él en la última escena de la obra: “Traicionado por todos, de injusticia abrumado, voy a salir de un mar donde triunfan los vicios. Y a buscar en la tierra algún lugar remoto donde tenga licencia de ser un hombre honesto”. Huir, quizá, con las comedias de Cervantes debajo del brazo, para tratar de aceptarlas tal cómo son y prescindir de siempre compararlas con las del Fénix. Y para seguir soñando con los versos y las aventuras de las que nunca podremos leer.

Alberto San Juan

El actor Alberto San Juan en plena lectura de “Rumbo a peor” de Beckett

PD: Si, por el momento, resistimos las ansias de huida y nos quedamos, a veces se puede gozar de representaciones teatrales de primera división. Un trozo invisible de este mundo, la obra escrita e interpretada por un soberbio Juan Diego Botto y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, está girando por España perseguida por un rotundo y totalmente merecido éxito (hacía tiempo que una obra de teatro no me dejaba un impacto mental tal prolongado). Y Rumbo a peor, texto de Beckett asumido por Alberto San Juan como un angustiante traje a medida y que confirma al maestro del absurdo existencial como el dramaturgo más lúcido del siglo XX.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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Habitación de un pequeño pueblo de la provincia de Soria, 1933

- Cuando digo eso de los maricones…

- Mujer…

- Cuando digo eso… (Se sienta en el borde de la cama) Pepe, esta cama es muy pequeña.

- Mujer, nos la dejan…

- Ya, nos la dejan. Vaya vida. (Se tumba. Él, sentado en una silla de cáñamo, la observa. Titila la luz de una vela).

- ¿Estás cansada?

- ¿Tú no?

- Hoy no mucho.

(Silencio)

- Catarina, has estado muy bien.

- Es lo de siempre… Hilanderas, maricones… Eso de los maricones, todos me miran mal.

- No, mujer…

- Todos me miran mal.

- ¿Y yo, qué tal he estado?

- Bah.

(Silencio)

- Eres la preferida de Federico.

- Federico, Federico… Os tiene bobos ese Federico.

(Él mira hacia la pared)

- Catarina, ¿sabes que me ha dicho un hombre cuando recogía el escenario?

- ¿El qué?

- Me ha dicho: cómo me gustaría irme con ustedes… irme con ustedes… por esos pueblos de Dios… ¡haciendo el tonto!

(Risas)

- Se lo he dicho a Federico y…

- Federico, Federico…

- Pues se lo he dicho a Federico y también se ha reído.

- Hombre, claro, no iba a llorar.

(Silencio. Ruido en otra habitación)

- Pepe, no me gusta dormir en casas de gente que no conozco.

- Catarina, Catarina. Mira que me pongo de Comendador y… (Se levanta enérgico).

- ¿Y qué? (Lo mira desganada).

- Y… y…

- Y… nada (Vuelve a sentarse).

- Anda que mandarte hacer a ti de Comendador. A ti, de oveja. De otra cosa…

(Él baja la cabeza)

- Pepe, tengo que contarte un secreto de la que hace de Jacinta.

- ¿De la Petrita?

(Silencio)

- Ahora no te lo cuento.

(Se escuchan golpes en la pared y alguien grita “¡cállense los cómicos!”).

- (Susurrando) Ves, Pepe, esto es lo que no me gusta.

- (Después de unos segundos) Pero piensa en la gente que viene a vernos… En los niños…

- Sí, los niños…

- Y esos campesinos, que no ven nada así en su vida. Imagina su vida: el campo, el frío… ¿No es verdad? El calor en verano.

- Hambre y miseria.

- Ellos… Y cómo aplauden. (Sonríe)

(Ella lo mira fingiendo interés)

- Pepe, ¿a ti quién te gusta más? ¿Lope o Calderón?

- Lope. ¿Y a ti?

- Calderón, por llevarte la contraria.

(Pepe ríe. De nuevo “¡cállense los cómicos!”. Silencio largo).

- (Susurrando) ¿Te acuerdas de aquel día en aquel pueblo…? ¿Cómo se llamaba? Catarina ¿Cómo se llamaba?

- ¿Pero es que lo voy a saber yo? Si no sé ni qué vas a contar.

- El caso es que Federico estaba presentando la obra y dijo “Amable pueblo de Segovia” y estábamos por Pamplona… por ahí.

(Risas)

- Sí que me acuerdo, sí.

- Entonces sí que lo miraron mal.

- Aguantó el chaparrón.

- Federico ha nacido para esto.

- Federico, Federico…

- Mujer…

- ¡Mujer, mujer…! (Alza los brazos)  Como para ser actor. ¡Cómo te repites!

(Él parece triste de pronto)

- Pepe…

- ¿Qué, Catarina?

- (Después de un silencio) Sí que haces bien de Comendador.

(Pepe la mira enternecido)

- A mí me gusta esta vida. Los pueblos, salir al escenario, y pensar que a la gente… Se olvidan del campo y la pobreza y de todo. La vida de esta gente… Pobre gente.

- Eso sí.

- Esto es luchar por la educación de la gente humilde. ¡La República…!

(“¡Cállense los cómicos!”. Pepe sopla débilmente. Oscuridad). Fin.

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Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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Vida y obra de un dramaturgo

El pasado septiembre, paseando sin rumbo fijo por el barrio del Marais de París, me topé con el Instituto Sueco y, a través de su pulcritud inmaculada a lo IKEA, llegué a una solitaria sala donde había una pequeña pero excelente exposición sobre la vida y obra de su dramaturgo más internacional: August Strindberg.

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La recepcionista, con un rostro digno de un primer plano de Bergman, me preguntó de dónde era yo y si conocía a Strindberg. Le dije que Strindberg me fascinaba y que venía de una ciudad donde, afortunadamente, se estaba representando a este autor por parte de varias compañías privadas (El Pelícano por Escena Cero, La señorita Julia y La más fuerte por La línea continua). También le señalé la excelente edición de la novela El salón rojo recién publicada por la editorial Acantilado. Y, quizá exagerando un poco mi opinión para hacer feliz a la chica, le dije que Strindberg era un autor con un gran futuro en España. Entonces ella me regaló un librito de La señorita Julia traducida a varias lenguas. Su gentil acto me impulsó a preguntarle si de pequeña había jugado con unos niños llamados Fanny y Alexander. Azorada, confesó que no mientras destapaba su merienda: un yoghurt de fresas silvestres.

El pelícano

“El pelícano” por Escena Cero

Acaba de caer entre mis manos La noche de las Tríbadas (Tibadernas natt, 1975), una pieza dramática de Per Olov Enquist, sueco que fija su mirada en el gran dramaturgo nacional para diseccionar su alma misógina y ególatra. En marzo de 1889, Strindberg, su esposa Siri (de la que se encuentra separado), la amante de Siri, Maria David, y Schiwe, un actor mediocre que se ha acostado algunas veces con la mujer del dramaturgo, se reúnen para ensayar La más fuerte. Pero la tensión entre los cuatro no permite que el trabajo avance. Pronto descubrimos que el espíritu de Strindberg se encuentra paralizado desde esa noche, bautizada por él mismo como “de las Tríbadas” (amantes lésbicas en la antigüedad clásica), en la que encontró a Siri en la cama con dos mujeres (Maria, una de ellas) capaces de proporcionarle toda la ternura y la autoestima que él le escamoteaba. Las opiniones que Per Olov Enquist coloca en la boca de Strindberg no tienen desperdicio:

“¿Sabe? Estamos en el año 1889. Y esta mierda de mujeres emancipadas hace la tira de años que hablan de libertad femenina. Pero no hacen nada. Más de la mitad de la población mundial son mujeres. Pero estas pobres desgraciadas no han conseguido liberarse de nada. La historia está llena de hombres oprimidos que se han levantado contra sus tiranos y han conseguido la libertad. Las mujeres únicamente parlotean, y eso me saca de quicio. Yo me sumerjo en el trabajo y, al medio año, reaparezco con un par de obras de teatro, una novela y decenas de artículos. Miro a mi alrededor y veo a las mismas mujeres que todavía parlotean sentadas en los mismos salones. ¿Han asesinado algún opresor? ¿Han cortado algún cuello? ¿Han hecho volar por los aires alguna prisión? ¿Han provocado alguna revuelta, algún pequeño movimiento? ¿Hay sangre salpicando las paredes? No. Las monas todavía cotorrean y cotorrean. El día que consigan la libertad, les tendré respeto.”

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Los hermanos Josep Lluís y Rodolf Sirera, con pasión hacia la obra brechtiana y, al mismo tiempo, capaces de obviar el mito para acercarse al ser humano que fue el dramaturgo alemán, escribieron El dia que Bertolt Brecht va morir a Finlàndia. La obra gira en torno a un episodio de la biografía del escritor: su huida de los nazis a través de los países nórdicos y su encuentro con una perspicaz y dulce campesina finlandesa, admiradora del autor desde que vio una de sus obras representadas en un pueblo cercano a su aldea. Brecht, como todos nosotros, es un ser contradictorio, repleto de defectos. Su genialidad artística no borra su misoginia, vanidad, egoísmo e insensibilidad, según indican algunos aspectos de su biografía (dicen que era un director de escena carente de la mínima piedad). Su relación utilitaria con las mujeres y, no obstante, la influencia de éstas en su obra planea en esta pieza que toma una figura mítica del teatro del siglo XX para hacernos reflexionar sobre esas pequeñas miserias que afean cualquier trayectoria vital.

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¿Para cuándo una dramaturgia sobre el hombre y el artista que fue Lope de Vega? Una obra que fusione la vertiente más íntima del personaje con su precursora dimensión pública, su ambición profesional y sus amoríos, sus relaciones con el poder, con el mundo cultural barroco y con sus seres queridos, y todo ello regado por sus versos en escena. Si no se ha hecho todavía, sería una propuesta tan necesaria como atractiva.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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El absurdo que no cesa

Eugène Ionesco y Samuel Beckett están considerados como los padres del teatro del absurdo. Si el teatro del absurdo fuera un monstruo bicéfalo, una cabeza sería la del rumano Ionesco con sus cantantes calvas riéndose de los convencionalismos pequeñoburgueses, de la frivolidad y la vacuidad de nuestras prosaicas existencias. Sería una cabeza cómica. En la otra, estaría el irlandés Beckett con sus basureros repletos de ancianos tullidos, exhibiendo las miserias, la soledad y el sinsentido de nuestra puerca condición humana. Sería una cabeza trágica. Aunque, eso sí, en ambos casos son perceptibles rasgos cómicos o trágicos, con lo cual, en ocasiones, sus obras dramáticas casi serían más bien tragicomedias, aplicando está eficaz etiqueta más allá del Barroco.

Eugene-Ionesco

En La cantante calva (1950), Ionesco nos presenta a los señores Smith y los señores Martin, dos matrimonios que viven en la periferia londinense y tienen una criada a la que no permiten participar en sus conversación porque “yo creo que una criada, en resumidas cuentas, y aunque ello no me incumbe, es siempre una criada” (señor Martin dixit), así como un amigo bombero que busca desesperadamente un fuego digno de ser apagado.

ionescoLas dos parejas pasan una apacible velada en casa de los Smith discutiendo acaloradamente sobre si cuando llaman a la puerta es normal que haya o no haya alguien detrás, y narrando entretenidas anécdotas como la que sigue:

 “Un ternero había comido demasiado vidrio molido. En consecuencia, tuvo que parir. Dio a luz una vaca. Sin embargo, como el becerro era varón, la vaca no podía llamarle ‘mamá’. Tampoco podía llamarle ‘papá’, porque el becerro era demasiado pequeño. Por lo tanto el becerro tuvo que casarse con una persona y la alcaldía tomó todas las medidas promulgadas por las circunstancias de moda”.

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Montaje de 2009 dirigido por Catherine Delattres

Al final, se enfadan muchísimo y, unos a otros, se gritan frases que remedan las verdades absolutas que sustentan toda vida pequeñoburguesa y sin las cuales sería imposible su minúscula felicidad hogareña:

Sr Martin: El pan es un árbol, en tanto que el pan es también un árbol, y de la encina nace la encina, todas las mañanas, al alba.

Sra. Smith: Mi tío vive en el campo, pero eso no le atañe a la comadrona.

Sr. Martin: El papel es para escribir, el gato para la rata, y el queso para echarle la zarpa.

Sra. Smith: El automóvil corre mucho, pero la cocinera prepara mejor los platos.

Sr. Smith: No sean pavos y abracen al conspirador.

Conclusión: La vida moderna es profundamente absurda. La banalidad, la insipidez y la necedad se han instalado en nuestras existencias para no marcharse. Véase la programación televisiva o el consumismo inagotable de las variantes cada vez más absurdamente evolucionadas de móviles que entontecen al personal hasta niveles, de nuevo el adjetivo, absurdos (hay quien luce móvil de última generación, pero que debe pedir ayuda al acomodador del teatro para que silencie el volumen del aparato pues no sabe cómo hacerlo).

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En Fin de partida (1957) no se sabe con certeza dónde están Clov y Hamm y qué historia hay detrás de ellos. Pero al menos algunas cosas parecen claras: que Hamm, ciego e inválido en una silla, es el jefe, y Clov, incapaz físicamente de sentarse, es el subalterno; que ambos mantienen una relación de necesidad-repulsión que les une desde siempre; y que Hamm oculta a sus dos progenitores, sin piernas por un accidente de tándem (genial), dentro de dos basureros desde los que se asoman para pedir dulces o discutir con un hijo que les acusa de haberlo engendrado. Fuera del cuartucho en el que viven, el paisaje desolado que observa Clov con su catalejo desde las ventanitas podría remitir a una extraña era postnuclear donde los sentimientos y las emociones humanas están tan muertos como un océano sin marea.

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Montaje de 2011 de Alain Françon

Hamm: Abre la ventana.

Clov: ¿Para qué?

Hamm: Quiero oír el mar.

Clov: No lo oirás.

Hamm: ¿Y si abrieras la ventana?

Clov: No.

Hamm: ¿Entonces no vale la pena abrirla?

Clov: No.

Hamm (violentamente): ¡Entonces, ábrela! (Clov sube a la escalerilla, abre la ventana. Pausa.) ¿La has abierto?

Clov: Sí.

(Pausa.)

Hamm: ¿Juras que la has abierto?

Clov: Sí.

(Pausa.)

Hamm: Bien… (Pausa.) Debe de estar en calma. (Pausa. Violentamente.) ¡Te pregunto si está en calma!

Clov: Sí.

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Puesta en escena de Charles Tordjman en 1992

Conclusión: Soledad, incapacidad (o falta de ganas, puro egoísmo) de estimar al otro, y más soledad. Véase el caso del anciano en estado de putrefacción durante más de cinco meses tras morir de forma natural en su propia casa y cuyos hijos no le habían echado en falta hasta el otro día… Si es triste morir solo, más aún debe serlo pudrirse en la anomia más brutal.

Corren tiempos en los que recuperar al teatro del absurdo está plenamente justificado. A veces parece que el guión del telediario lo han escrito a dos manos Ionesco y Beckett. No se explica de otra forma, por ejemplo, que el presidente de los empresarios españoles fuera capaz de aconsejar a los trabajadores apretarse el cinturón mientras él estaba metido en una trama de ocultación de bienes. Ahí detrás están los maestros del absurdo, riendo y llorando, llorando y riendo.

programajocs-de-masacreLa reconocida Escola Municipal de Teatre de Silla también ha considerado imprescindible recuperar a Ionesco para interpretar la época que estamos viviendo. Por eso han montado Jocs de masacre con un elenco que llama la atención, sobre todo, por su número (da gusto ver un espectáculo con tantos actores moviéndose en el escenario en tiempos de compañías forzadamente reducidas), para contar una historia no del todo absurda: la de una extraña epidemia que invade la ciudad y provoca la muerte de sus habitantes sin causa aparente. Una enfermedad que ha sobrevenido en el momento de mayor felicidad y bienestar social, justo cuando todos los ciudadanos creían que no había nada que temer… Son hechos que, según parece, se relatan también en los telediarios.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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Una visita inesperada

Delante del ordenador pasaban las horas; parecía haberme vuelto árbol, como Dafne. Las variantes simulaban salirse de la pantalla, al principio para revolotear como mariposas juguetonas, luego como funestas aves.

Nada iba a ser distinto aquella noche y sin embargo lo fue. De pronto, la puerta se abrió despacio. La gata saltó de la mesa al suelo y se escondió debajo de la cama. Entonces oí unos pasos cautelosos, casi fantasmales. Volví la vista y no pude creer lo que tenía ante mis ojos.

Era un anciano de ademán severo, frente ancha, cabellera cana, solemne medallón en el pecho y capa negra con una cruz roja de Santiago. Sentí el corazón desbocado, los miembros rígidos, incapaz de articular palabra. Entonces habló él con una voz que parecía de otra época:

- Vengo en tu amparo y favor: / sé que editar es tu intento/ comedia que es mía, y siento/ que como fui yo su autor /  yo aún la recordaré/ y así  todo verso cojo / con valor, brío y arrojo / esta noche enmendaré.

No podía hablar.

- ¿Horror y miedo te doy? / Pues si en ciega confusión / no aprovechas la ocasión / luego al punto yo me voy.

- No, no, por favor. No se vaya, don Pedro – alcancé a decir por fin. Sería fantástico que resolviera algunas de mis dudas, de modo que, pese al horror y miedo, debía reaccionar – ¿De verdad me ayudaría a editar esta comedia suya? Considere que el texto está hecho un desastre y le va a llevar su tiempo…

- Cualquier comedia a su primero estado / he de volver; tray de escribir recado.

- ¿Sabrá utilizar esto? – mi índice apuntaba al portátil – El texto está ahí.

Don Pedro abrió los ojos y la boca y se cubrió el rostro con las manos. La gata lo miraba asomando un poco las orejas por debajo de la cama. Con su blanca mano, Calderón señaló mi ordenador:

- ¡Oh, fiera criatura!

-  Pero, don Pedro…

- ¡Oh, asombro cruel!

- Pero si no hace nada…

-  Ese terrible portento / ninguna especie en sí encierra: / agua, aire, fuego o tierra; / monstruo es sin elemento.

- Mire, don Pedro, es de plástico…  – intenté calmarle– pero, si lo prefiere, cogemos papel y boli.

Mientras yo buscaba un folio en blanco, él hojeó mis apuntes de la tesis.

- ¡Ay, mísera de ti, y ay, infelice! / Mala esta venida hice.

- ¿Por qué dice eso? – me asusté.

- Cuatro siglos tengo ya / estoy viejo y fatigado / para tan largo cuidado: / pues no puedo yo arreglar/ comedia tan castigada / si no la escribo de nuevo. / Mas a tanto no me atrevo / porque escribir tres jornadas / con la pluma que me das / que tiene dentro el tintero / y ese monstruo feo y fiero / que luego la comerá /mucho es para fantasma.

Decepcionada, con la mirada perdida en el suelo, comenté:

- Le ha quedado un verso suelto, don Pedro.

Se encogió de hombros y se encaminó a la puerta muy despacio. Antes de marcharse,  musitó:

- De mí ya no te despidas / solo soy una ilusión / que don Pedro Calderón / no vendrá nunca a esta vida.

Cerró la puerta con cuidado. La gata subió al escritorio. Sus ojos grandes y azules mostraban extrañeza. La acaricié y pasé un largo rato mirando la pantalla de mi ordenador, convenciéndome de que, al fin y al cabo, los sueños, sueños son.

Isabel Hernando Morata // Universidade de Santiago de Compostela

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El dios Jano del honor

Tras semanas sobrecogida por la visión de la mano ensangrentada en la puerta de la casa de don Gutierre y doña Mencía, un antídoto entremesil ha logrado que me carcajee de la honra conyugal. ¿Por qué la mató Gutierre? ¿Es un monstruo frío y terrible o una pobre víctima del sistema? ¿Cuál era la posición de Calderón ante el uxoricidio? Como la crítica es absolutamente incapaz de ponerse de acuerdo sobre la interpretación de esta obra (estoy convencida de que esto es lo pretendía Calderón y, claro está, la causa de que El médico de su honra hoy continúe fascinándonos) y como esta hermenéutica irresoluble hace la pieza más tenebrosa si cabe, decidí desconectar con algo alegre durante un par de horas.

De las tinieblas del honor que rodean el montaje de El médico de su honra de Marsillach (1986), pasé al entremés de Los degollados del mismo dramaturgo y que el año pasado dirigió Pilar Valenciano para la CNTC.

Zoquete encuentra a su mujer liándose con otro hombre (qué light suenan, al lado de esta “explícita” escena, las amistosas palabras de doña Mencía al Infante) y los enrrolla a ambos en una alfombra para tenerlos bajo control mientras va a pedir justicia al alguacil (igual que don Gutierre va a pedírsela al rey y hermano del Infante). El alguacil decide que la justicia debe aplicarla a su gusto el marido burlado, y le entrega esposa y amante para que haga con ellos lo que le plazca. Cuando está a punto de degollar a la esposa, ésta exclama: “¡Hijo mío de mis ojos!”. Y Zoquete se detiene en seco: “¡Ay, señores, que me llama hijo suyo de sus ojos!”. Se enternece sin remedio… y la perdona (“Olalla, que yo ya te he perdonado, aunque no hay loa, las faltas”). ¡Prodigioso!

Pero lo más hilarante viene a continuación. De nuevo, cuando el marido está a punto de cortar el cuello del amante, éste proclama: “¡Zoquete del alma mía!”. Cuernudo y amante se abrazan como hermanos. El caso de honra conyugal tiene un final tan feliz que es el perfecto contrapunto al de El médico. Ambas obras calderonianas son la cara y la cruz de la misma moneda. La tragedia y el entremés, compartiendo como buenos amigos la misma temática, pero llevándola por derroteros completamente opuestos. Para que tradicionalmente se haya negado que el teatro barroco español no es pura polifonía…

El boletín número 53 de la CNTC dedicó su tema central al género breve del barroco. Y Javier Huerta Calvo lanzó unas reflexiones al respecto que reproduzco fragmentariamente aquí:

La locura festiva –sancionada por Erasmo en pleno Humanismo– y la risa son los pilares sobre los cuales se asienta el gran mundo del teatro breve, cuyo origen hay que buscar en la fiesta de fiestas, el carnaval o las carnestolendas. El resultado, tanto en el rito carnavalesco como en el espectáculo teatral, era el mismo: la construcción de un mundo al revés, en el cual los valores más sagrados del orden constituido quedaban alterados, degradados, invertidos, en una suerte de visión amoral a contracorriente de toda norma. Estamos ante “esas donosas burlas de cornudos” –Valle-Inclán dixit– que ponían contrapunto jocoso a los sangrientos asuntos de las tragedias de honor. En ninguna otra época histórica se les ha dado a los espectadores la posibilidad de escoger entre dos opciones tan enfrentadas.

Quien pretenda explicar la cosmovisión de nuestros clásicos a partir de una sola de las caras de ese dios Jano no entenderá nunca lo esencial. De hecho no son pocos los críticos y los teatristas que siguen interpretando de una manera alicorta e insuficiente la complejísima escena barroca. Y es que el orden al que aspira el teatro “serio” –piénsese en Fuente Ovejuna, El burlador de Sevilla o en El médico de su honra– no puede desvincularse nunca de la mirada irónica y sarcástica que los dramaturgos, a menudo metidos también a entremesistas, proyectan no sólo en las comedias de su invención sino fundamentalmente en los entremeses.

El montaje de Los degollados, insertado dentro del espectáculo Entremeses barrocos junto con otras piezas cortas de diferentes autores, transforma a los personajes áureos de clase baja en rockeros desmelenados, miembros de una tribu urbana con sus propios códigos de honor. Códigos que admiten una disparatada (pero humanísima) conmiseración hacia los pecadores. Mientras los nobles y gentes de pro acuchillan a sus inocentes esposas, los chulos de la calle demuestran que una moral más laxa y una actitud tolerante evitan muertes innecesarias. El mundo al revés, o no tanto.

Purificació Mascarell // Universitat de València

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